Encuentro y oración del Santo Padre con los jóvenes italianos

fran11082018

11 de agosto de 2018.- Hoy comenzó “Mil calles hacia Roma”, un evento de encuentro y oración del Santo Padre Francisco con jóvenes italianos, promovido por la Conferencia Episcopal Italiana en preparación para la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional” (3-28 de octubre de 2018).

A las 16.30 horas, tras la llegada durante la mañana de decenas de miles de jóvenes de casi 200 diócesis italianas y la bienvenida al Circo Máximo, se realizó un momento de animación en espera del Santo Padre Francisco.

A las 18.30 horas, el Papa Francisco llegó al Circus Maximus para el encuentro y la oración con los jóvenes. Después de algunas vueltas en el papamóvil por el recinto de la reunión y el saludo al Santo Padre por un representante de los jóvenes italianos, comenzó el diálogo del Papa con algunos jóvenes. Tras un momento de cantos, oraciones y testimonios, el Papa dirigió una reflexión a los jóvenes que continuarán la vigilia nocturna con una noche de celebración, música y testimonios, y luego se dirigirán desde el Circo Máximo a la Plaza de San Pedro parando en varias iglesias de Roma para la Notte Bianca, durante la cual participarán en diversos eventos de espiritualidad, arte y cultura, entretenimiento y animación.

Ofrecemos a continuación la reflexión del Santo Padre:

Saludo del Santo Padre
[traducción de Iglesiaactualidad]

Queridos jóvenes,

Gracias por este encuentro de oración, en preparación del próximo Sínodo de los Obispos.

También te agradezco porque esta cita fue precedida por una mezcla de muchos caminos en los que os habéis convertido en peregrinos, junto con vuestros obispos y sacerdotes, a lo largo de los caminos de Italia, en medio de los tesoros de la cultura y la fe que vuestros padres os dejaron como herencia. Habéis viajado por los lugares donde personas viven y trabajan, llenas de vitalidad y marcadas por las dificultades, tanto en las ciudades como en las aldeas y pueblos fuera de la ciudad. Espero que hayáis respirado profundamente en las alegrías y las dificultades, la vida y la fe del pueblo italiano.

En el pasaje del Evangelio que hemos escuchado (cf. Jn 20, 1-8), Juan nos cuenta una mañana inimaginable que cambió para siempre la historia de la humanidad. Imaginémoslo esa mañana: en la primera luz del amanecer del día después del sábado, alrededor de la tumba de Jesús, todos comienzan a correr. María de Magdalena corre para advertir a los discípulos; Pedro y Juan corren hacia la tumba… Todos corren, todos sienten la urgencia de moverse: no hay tiempo que perder, debemos apresurarnos… Como María había hecho -¿recordáis?- tras concebir a Jesús, para ir a ayudar a Isabel.

Tenemos muchas razones para correr, a menudo porque hay tantas cosas que hacer y el tiempo nunca es suficiente. A veces nos damos prisa porque nos atrae algo nuevo, hermoso e interesante. A veces, por el contrario, corremos para escapar de una amenaza, de un peligro…

Los discípulos de Jesús corren porque han recibido la noticia de que el cuerpo de Jesús ha desaparecido de la tumba. Los corazones de María Magdalena, Simón Pedro, Juan están llenos de amor y golpean violentamente después de la separación que parecía definitiva. ¡Tal vez se reaviva en ellos la esperanza de ver el rostro del Señor otra vez! Como en ese primer día cuando él había prometido: «Venid y veréis» (Jn 1, 39). El que corre más rápido es Juan, ciertamente porque es más joven, pero también porque no ha parado de esperar tras ver a Jesús morir en la cruz con sus propios ojos; y también porque él estaba cerca de María, y por esto fue “infectado” por su fe. Cuando sentimos que la fe es menos o tibia, vayamos a Ella, a María, y Ella nos enseñará, nos entenderá, nos hará sentir nuestra fe.

Desde esa mañana, queridos jóvenes, la historia ya no es la misma. Esa mañana cambió la historia. La hora en que parecía que la muerte triunfaba, en realidad se revela el momento de su derrota. Incluso esa roca pesada, colocada delante de la tumba, no pudo resistir. Y desde ese amanecer del primer día después del sábado, cada lugar donde la vida está oprimida, cada espacio en el que domina la violencia, la guerra, la miseria, donde el hombre es humillado y pisoteado, en ese lugar todavía se puede reavivar la esperanza de la vida.

Queridos amigos, habéis salido y habéis venido a esta reunión. Y ahora mi alegría es sentir vuestros corazones latiendo con amor por Jesús, como los de María Magdalena, Pedro y Juan. Y como sois jóvenes, yo, como Pedro, me alegra veros correr más rápido, como Juan, impulsados por el impulso de vuestro corazón, sensibles a la voz del Espíritu que anima vuestros sueños. Es por eso os digo: no os conforméis con el paso prudente de los que están en la cola al final de la fila. Se necesita valor para arriesgar un salto adelante, un salto atrevido y audaz para soñar y realizar como Jesús el Reino de Dios, y comprometerse con una humanidad más fraterna. Necesitamos fraternidad: ¡arriésgate, adelante!

Estaré feliz de verte correr más rápido hacia aquellos que en la Iglesia son un poco lentos y temerosos, atraídos por ese rostro tan querido, que adoramos en la Sagrada Eucaristía y reconocemos en la carne del hermano que sufre. El Espíritu Santo te conducirá en esta carrera hacia adelante. La Iglesia necesita tu impulso, tus intuiciones, tu fe. ¡Lo necesitamos! Y cuando llegues donde aún no hemos llegado, ten paciencia para esperarnos, como Juan esperaba a Pedro ante la tumba vacía. Y otra cosa: caminar juntos, estos días, habéis experimentado lo difícil que es dar la bienvenida al hermano o hermana que está a mi lado, pero también cuánta alegría puede darme su presencia si la recibo en mi vida sin prejuicios ni cierres. Caminar solo nos permite ser liberados de todo, tal vez más rápido, pero caminar juntos nos convierte en un pueblo, el pueblo de Dios. El pueblo de Dios que nos da seguridad, la seguridad de pertenecer al pueblo de Dios… Y con el pueblo de Dios te sientes seguro, en el pueblo de Dios, en tu pertenencia al pueblo de Dios tienes identidad. Un proverbio africano dice: “Si quieres ir rápido, corre solo. Si quieres llegar lejos, ve con alguien”.

El Evangelio dice que Pedro entró el primero en la tumba y vio las telas en el suelo y la mortaja envuelta en un lugar separado. Entonces el otro discípulo también entró, el cual -dice el Evangelio- «vio y creyó» (v. 8). Este par de verbos es muy importante: ver y creer. A lo largo del Evangelio de Juan se dice que los discípulos, al ver las señales que Jesús realizó, creyeron en Él. Ver y creer. ¿Cuáles son estos signos? Agua transformada en vino para la boda; algunas personas enfermas recuperadas; un ciego que recupera la vista; una gran multitud saciada con cinco panes y dos peces; la resurrección de su amigo Lázaro, que había murió hace cuatro días. En todas estas señales, Jesús revela el rostro invisible de Dios.

No es la representación de la sublime perfección divina, la que transpira de los signos de Jesús, sino la historia de la fragilidad humana que se encuentra con la Gracia que levanta. Hay una humanidad herida que se sana del encuentro con Él; allí está el hombre caído que encuentra una mano tendida para agarrarse; existe la pérdida de los derrotados que descubren una esperanza de redención. Y Juan, cuando entra al sepulcro de Jesús, trae a los ojos y en el corazón esas señales hechas por Jesús sumergiéndose en el drama humano para elevarlo. Jesucristo, queridos jóvenes, no es un héroe inmune a la muerte, sino que lo transforma con el don de su vida. Y esa hoja cuidadosamente doblada dice que ya no la necesitará: la muerte ya no tiene poder sobre él.

Queridos jóvenes, ¿es posible encontrarnos con la Vida en lugares donde reina la muerte? Sí, es posible. Sería un error responder que es mejor alejarse. Sin embargo, esta es la novedad revolucionaria del Evangelio: el sepulcro vacío de Cristo se convierte en el último signo en el que brilla la victoria definitiva de la vida. Entonces, ¡no tenemos miedo! No nos mantenemos alejados de los lugares de sufrimiento, de derrota, de muerte. Dios nos ha dado un poder mayor que todas las injusticias y la fragilidad de la historia, más grande que nuestro pecado: Jesús ha vencido a la muerte dando su vida por nosotros. Y nos envía a anunciar a nuestros hermanos que Él es el Resucitado, que Él es el Señor, y nos da Su Espíritu para sembrar el Reino de Dios con Él. Esa mañana del domingo de Pascua la historia ha cambiado: ¡tengamos coraje!

¡Cuántas tumbas -por así decirlo- hoy esperan nuestra visita! Cuántas personas heridas, incluso las más jóvenes, han sellado su sufrimiento “al poner, como dicen, una piedra encima”. Con el poder del Espíritu y la Palabra de Jesús podemos mover esos cantos rodados y dejar que rayos de luz entren en esos barrancos de la oscuridad.

El viaje a Roma fue hermoso y agotador; pensad, cuánto esfuerzo, pero ¡cuánta belleza! Pero el viaje de regreso a vuestros hogares, a vuestros países, a vuestras comunidades será igual de hermoso y desafiante. Seguidlo con la confianza y la energía de Juan, el “discípulo amado”. Sí, el secreto está en esto, en el ser y saberse “amado”, “amada” por Él, ¡Jesús, el Señor, nos ama! Y cada uno de nosotros, al regresar a casa, pone esto en su corazón y su mente: Jesús, el Señor, me ama. Soy amado. Soy amado. Sentir la ternura de que Jesús que me ama. Yendo por el camino a casa con valentía y alegría, siguiéndolo con la conciencia de ser amado por Jesús. Entonces, con este amor, la vida se convierte en algo bueno, sin ansiedad, sin miedo, esa palabra que nos destruye. Sin ansiedad y sin miedo. Una carrera hacia Jesús y los hermanos, con un corazón lleno de amor, fe y alegría. ¡Andad así!

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