Homilía del Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos durante la beatificación de Alphonse Marie (Élisabeth) Eppinger en Estrasburgo

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9 de septiembre de 2018.- A las 14.30 horas de hoy, en la Catedral de Notre Dame de Estrasburgo (Francia), el cardenal Giovanni Angelo Becciu, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, ha celebrado la Santa Misa de beatificación de Alphonse Maria (Élisabeth) Eppinger (1814-1867), fundadora de la Congregación de las Hermanas del Santísimo Salvador.

Ofrecemos a continuación el texto de la homilía que el cardenal Angelo Becciu ha pronunciado durante la celebración eucarística, después de la proclamación del Evangelio:

Homilía del cardenal Giovanni Angelo Becciu

Queridos hermanos y queridas hermanas,

La Iglesia de Estrasburgo se alegra hoy de ver inscrita en el libro de los beatos a una de sus hijas, sor Alphonse Marie Eppinger, y de proponerla como modelo de vida evangélica. Toda la comunidad diocesana -lo sabemos– ha emprendido un camino de preparación para esta jornada reflexionando sobre la vocación universal a la santidad e interrogándose sobre cómo hoy se  puede ser santo. El evento solemne de la beatificación es una oportunidad providencial para volver a descubrir, 150 años después de su muerte, la actualidad del mensaje y de la figura de esta mujer singular, que supo ofrecer un vivo testimonio cristiano y una profunda espiritualidad.

En vida, la beata Alphonse Marie despertaba el aprecio de cuántos la encontraban que reconocían en ella los rasgos de la santidad de la vida y del heroísmo de las virtudes cristianas.

Dos puntos ascéticos focales marcaron su vida: Conocer los deseos de Dios y seguir esos deseos cumpliendo su voluntad. Todavía era una niña, se llamaba Élisabeth, cuando un día, a lo largo del camino, vio una estación de la vía crucis. «¿Por qué crucificaron a Jesús?», le preguntó a su madre. «Hija mía, lo mataron por nuestros pecados», respondió la madre. «Pero, ¿qué es un pecado?» insistió Élisabeth. «Es una ofensa a Dios…». «¡Entonces yo no quiero ofenderlo más!» exclamó Élisabeth. «A partir de ese momento – escribió más tarde – creció en mí cada día el deseo de comprender lo que hay que hacer para amar a Dios y no ofenderlo… Esta idea me trastornaba y me empujaba a la obediencia».

Pero no debemos pensar que Élisabeth fuese una niña toda pía y dócil; tenía, en cambio, una personalidad fuerte, a menudo rebelde. Ella misma dice: «Durante la adolescencia, tuve que combatir una batalla difícil contra mi carácter irascible… Si alguien me contrariaba, me enfadaba. Y si mis padres me mandaban que hiciese un trabajo cuando tenía que salir, a menudo desobedecía… Entonces rezaba así: «Jesús, tú sabes lo que deseo. Quiero obedecer. Dame lo que anhela mi corazón: la gracia de conocerte y amarte «». Así comenzó un compromiso serio y difícil: Élisabeth aprende lentamente a escuchar la voz de Dios y crecer en la intimidad con Él, hasta darse cuenta de dos hechos impactantes: de lo mucho que Dios la ama y, al mismo tiempo, de cuantas personas son  indiferentes a tanto amor. Tocada profundamente por el amor de Dios, desea ardientemente que también los demás, de hecho, todos, experimenten el amor infinito de Dios. Nace en su corazón claro y presente el empuje de hacerse instrumento del amor de Dios: de que a través de ella todos puedan experimentar cuánto son amados por Dios.

El amor de Dios vivido con intensidad de vida y alegría desbordante no puede dejar indiferente a las personas que nos rodean. Su lema: «Recurrid con alegría a las fuentes de la salvación» sella su deseo de transmitir una fe gozosa. Atraída por su estilo de vida e inspirada por sus palabras, se forma a su alrededor una pequeña comunidad de amigas que con ella contempla en el Evangelio el corazón misericordioso de Jesús, su actitud hacia las personas que sufren en el cuerpo y el corazón, hacia la pecadores. Quiere moldear su corazón y el de sus amigas sobre el Corazón de Jesús para ser, como Él, el buen samaritano. Siente, como dirigida a sí misma la invitación de Jesús: «Ve y haz lo mismo» (Lc 10, 37). Así nació la familia religiosa de las Hermanas del Divino Redentor, para vivir el carisma de Élisabeth, que ahora ha cambiado su nombre en Alphonse Marie. Es un carisma centrado en la misericordia de Dios: ir a la casa de los pobres para responder a sus necesidades espirituales y materiales mediante la práctica de obras de misericordia.

Bajo la guía de Madre Alphonse Marie vemos a sus jóvenes hermanas realizar gestos simples y concretos para aliviar el sufrimiento, sin hacer distinción de religión o clase social. Se convierten en  misioneras de la caridad, enfrentándose valientemente incluso a las epidemias: algunas mueren contagiadas de la enfermedad, especialmente durante la terrible epidemia de cólera de 1854. Velan día y noche a la cabecera de los enfermos, dan pruebas de ingenio para salvar vidas y detener el contagio, asisten a los moribundos, consuelan a las familias, exhortan a no perder la esperanza. La guerra de Crimea las lleva a tratar a los heridos en los hospitales de campaña, a seguir al ejército en sus viajes. El Dr. Kuhn, el médico de Niederbronn, escribía: «Éstas jóvenes piadosas no velan simplemente por los enfermos, asegurándoles día y noche, la atención más asidua, exponiéndose a todos los riesgos del contagio y  superando el desagrado, también entran en las miserables casas de los pobres, llevándoles el consuelo de la religión. Se comportan con gracia frente a formas rudas, hacen que la limpieza rija donde esta cualidad no era conocida ni apreciada, y también dan lecciones a los niños de pueblos aislados, en los que hay ni maestro ni escuela».

¿De dónde venía  esta pasión apostólica que la beata Alphonse Marie Eppinger inculcaba a sus hermanas? Había aprendido el don de sí misma contemplando al Salvador moribundo en la cruz. Su ardiente deseo era vivir y actuar en nombre de Cristo, imitarlo en su dulzura, en su humildad, en su amor, tratando solamente de complacerle. Así, le gustaba repetir: «Ver a Dios en Dios, ver a Dios en el prójimo, ver a Dios en todos». Estas palabras, admirable síntesis del extraordinario testimonio evangélico de la nueva beata, están cargadas de actualidad, porque en nuestros días todavía hay mucha necesidad de testimoniar el auténtico amor cristiano: no es una idea abstracta, sino que se hace concreta en ayudar a los otros, en primer lugar  los débiles y los pobres, que son la carne de Cristo. Nos lo recuerda el Santo Padre Francisco, a quien le gusta repetir que «un amor que no reconoce que Jesús vino en la carne no es el amor que Dios nos manda. Reconocer que Dios ha enviado a su Hijo, se ha encarnado y ha llevado una vida como la nuestra, significa amar cómo amaba Jesús; amar como Jesús nos enseñó; amar caminando por el camino Jesús. Y el camino de Jesús es dar la vida» (Homilía Casa Santa Marta, 11 de noviembre de 2016).

En toda su vida, la beata Alphonse Marie Eppinger testimonió, de palabra y obra, que Jesús no vino solamente a hablarnos del amor del Padre, sino que encarnó, personalmente, su inmensa misericordia, curando a cuantos encontraba en su camino. Ella fue capaz de reconocer las heridas de Jesús en la humanidad pobre y necesitada y por ella se hizo instrumento del amor misericordioso de Dios. La experiencia de esta  beata nuestra, que la Iglesia reconoce como un modelo a imitar en el seguimiento de Jesús, es un estímulo para amar a las personas que nos encontramos todos los días, siendo para ellas instrumento del amor misericordioso de Dios.

Estamos celebrando este rito de beatificación en una ciudad que, de alguna manera, es el corazón de Europa, ya que aquí se encuentran instituciones fundamentales para la vida de sus ciudadanos. Desde aquí surge una llamada apremiante a todo el continente europeo, cada vez más tentado por el egoísmo y el repliegue en sí mismo. Esta es la llamada de la beata Alphonse Marie: esta mujer valiente y fuerte, con su extraordinario testimonio cristiano, exhorta a todos los europeos a tener un gran corazón, a demostrar un amor solícito y acogedor, que sepa salir al encuentro de  aquellos que lo necesitan: los débiles, los derrotados, los descartados, aquellos que huyen de situaciones de guerra, de violencia, persecución.

Junto con las Hermanas del Santísimo Salvador, las Hermanas del Redentor y las Hermanas del Divino Redentor, es decir, las tres familias religiosas que siguen inspirándose en el carisma de  la Madre Alphonse Marie, alabemos a esta audaz mujer alsaciana enamorada de Dios y dispensadora incansable de misericordia a la humanidad sufriente. Honramos en ella a una fiel discípula del Evangelio y a una intrépida mensajera del amor divino. Acojamos su mensaje y sigamos su ejemplo, para ser testigos de Cristo, nuestra paz y nuestra esperanza.

Digamos juntos: ¡Beata Alphonse Marie, ruega por nosotros!

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