Reflexión para el XXIV Domingo del tiempo ordinario

XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Año B

apostoles predicacion
Exhortación a los apóstoles. James Tissot. Museo de Brooklyn (Nueva York)

PADECER MUCHO

✠ Francisco Cerro Chaves
Obispo de Coria-Cáceres

A veces, pensamos y soñamos un cristianismo sin crisis, facilón, sin “perder la vida” por amor. Son esos cristianos que sólo piensan en el triunfo sin pasar por el escándalo y las dificultades de las cruces de la vida. La palabra triunfo, éxito, sólo es verdaderamente cristiano cuando en humildad sabemos esperar, porque hemos descubierto que Dios escribe derecho con renglones torcidos. No existe triunfo sin cruces ni éxito sin pasar por la siembra dura en fe y confianza.

Es verdad que cuando llegan los sufrimientos entramos en crisis. Jesús le dijo a Pedro que se apartara de Él porque era como Satanás, el mayor enemigo de la cruz. Pedro quiere oponerse a subir a Jerusalén donde le esperaba la pasión, la muerte y la resurrección. Hacer siempre la experiencia de “pascua”, del paso de la muerte a la vida, del dolor a la esperanza, del llanto a la alegría, porque sabemos de “quién nos hemos fiado”. También, sabemos que para los que confían en Dios todo les sirve para su bien. Hay que lanzarse a confiar, casi sin límites, en el Señor.

 Nos echa siempre para atrás la cruz, las dificultades del camino, el sacrificio, el ser grano de trigo que muere. Jesús no se echa atrás. Es el Amor el que le lleva, hasta el final, a no quedarse en la cuneta de los quemados y aburridos. Aquellos, como  dice el Papa Francisco, que ante las dificultades se convierten en “coleccionistas de injusticias”, se pasan la vida diciendo, cuando les visita la crisis, lo mal que se porta Dios con ellos, la Iglesia, el superior, la parroquia, su comunidad, “coleccionan injusticias” contra ellos porque, en el fondo, se sitúan en la parte cómoda de la vida. Es la tentación de Pedro, huir de la cruz y mirar a otro lado.

Aquellos que no hacen nada, pero donde quiera que llegan, lo primero que hacen es abrir una sucursal de la queja. Son, continuamente, personas que no han asimilado, como Pedro, eso de “padecer mucho para seguir a Jesús”, son los que se han quedado con la parte más cálida del Evangelio, pero les cuesta integrar el invierno crudo y la noche del dolor. Cuando la crisis nos visita y cuando quizás sólo podemos “permanecer” en el Amor, sin más consuelo que el Dios de los consuelos y sin otra convicción de que “la verdad padece pero no perece”, como repiten Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.

Cuando el seguimiento de Cristo es dura y pura cruz, sólo nos queda el vivir aquello que decía San Ignacio en sus Ejercicios Espirituales: “Caminar, Señor Contigo y como Tú”.

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