XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos: Relación introductoria del Card. Sérgio da Rocha

SÍNODO DE LOS OBISPOS
XV ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA

Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional

RELACIÓN INTRODUCTORIA
DEL RELATOR GENERAL
Emmo. Card. Sérgio da Rocha
Arzobispo de Brasilia

Ciudad del Vaticano, 3 de octubre de 2018

Sérgio da Rocha

Saludo a todos y a cada uno de los presentes: Al Santo Padre, al Secretario General el cardenal Lorenzo Baldisseri, los Padres Sinodales, los Auditores y Auditoras, los Expertos, los Delegados Fraternos, los invitados y todos los diversos colaboradores en este evento tan importante no solo para nosotros, sino para toda la Iglesia, para todo el mundo y en particular para todos los jóvenes, ninguno excluido.

Gracias por estar aquí, gracias porque traéis la voz, la experiencia y la riqueza de vuestros países de origen, así como vuestras capacidades personales y el deseo sincero de ponerlas al servicio de todos. Gracias porque juntos somos verdaderamente pueblo de Dios que camina en comunión, compartición y corresponsabilidad.

Al tomar por primera vez la palabra en la Asamblea sinodal, deseo ante todo agradecer al Santo Padre la elección del tema: “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”. Después de haber pasado los últimos años reflexionando y discerniendo sobre la familia, casa de la vida y escuela de comunión, ahora estamos llamados a centrar nuestra atención en los jóvenes. En un mundo cada vez más caracterizado por la globalización de la indiferencia, las familias y los jóvenes se presentan como los sujetos más vulnerables a los que hay que prestar una especial atención. Poner a los jóvenes en el centro significa para nosotros verificar la calidad proposicional de nuestra acción educativa y pastoral, de nuestra capacidad de transmitir la fe a las generaciones jóvenes y de acompañar a cada joven para discernir el llamado que el Señor le dirige, y del coraje apostólico que deberían caracterizarnos como discípulos del Señor que tienen en el corazón a”todos los hombres y todo el hombre” (cf. Pablo VI, Populorum progressio, nn. 14 y 42, Benedicto XVI, Caritas in veritate, nn. 55 y 79; , Evangelii gaudium, nn. 181), en primer lugar a los más pobres y a los rechazados. ¡Gracias, Santo Padre, porque a través de este compromiso nos invita a despertar nuestra pasión apostólica y el entusiasmo de ser el pueblo de Dios llamado a servir a todos!

También le agradecemos la reciente publicación de la Constitución Apostólica Episcopalis communio. Nos ayuda a vivir el Sínodo como una expresión de una Iglesia constitutivamente sinodal, en la que todo el Pueblo de Dios, en la diversidad de sus miembros, participa activamente en el camino de la renovación en curso.

Quisiera dar las gracias a todos los jóvenes aquí presentes que compartirán con nosotros los trabajos del presente Sínodo. Para nosotros, vuestra presencia es fuente de gran alegría y auténtica esperanza. Os pedimos que nos acompañéis, que nos ayudéis y nos iluminéis. ¡Porque estamos convencidos de que los jóvenes son el primero y más importante recurso para renovar nuestra pastoral juvenil vocacional!

Espero que este Sínodo sea una buena experiencia para restaurar y reconstruir esas alianzas intergeneracionales que dan solidez y seguridad al mundo y a la Iglesia.

También doy las gracias  a todos los jóvenes del mundo que han participado en el proceso de preparación de muchas maneras, a todos los jóvenes, ninguno excluido, a partir de aquellos que comparten nuestra fe, pero no solo de ellos. Somos “católicos” y, por lo tanto, por definición, nuestro abrazo es universal: desde el principio queda clara nuestra intención de no excluir a nadie de nuestra mirada y de nuestro corazón, de las discusiones de estas semanas y de nuestro compromiso social, cultural y educativo, vocacional y pastoral.

Junto con los jóvenes me gustaría saludar y dar las gracias a los educadores y formadores aquí presentes, que viven su compromiso entre los jóvenes. También su voz será preciosa en estos días, porque todos ellos, precisamente porque viven la proximidad pastoral con las generaciones jóvenes, tienen una experiencia viva y concreta para comunicarnos.

Viviremos juntos la experiencia sinodal durante casi cuatro semanas, compartiendo alegrías y esperanzas, trabajos y preocupaciones, sueños y deseos, criterios y opciones.

Entro inmediatamente en los trabajos sinodales, presentándoos la síntesis de la escucha eclesial de estos dos últimos años de preparación que nos ha visto comprometidos de diversas maneras.

Evidentemente, hablo del Instrumentum laboris, o sea de la recopilación ordenada y resumida de todo lo que ha surgido en el largo y articulado tiempo de preparación del momento presente. Cada uno de vosotros  ha tenido la tarea de estudiar este “marco de referencia” de los trabajos sinodales que nos acompañará diariamente.

Como dice la palabra, es ante todo un “instrumento” útil para no dispersarnos, tanto a nivel metodológico como de contenido. Sigue siendo decisiva para nosotros la referencia a las personas, a las comunidades y a los contextos de que trata, de los cuales nunca debemos apartar nuestra mirada ni nuestro corazón. Estamos llamados a hacerlos presentes y ponernos a su servicio por amor del Señor (cf. 2 Cor 4, 5).

El tiempo de escucha ha producido miles de páginas procedentes de todo el mundo: el Instrumentum laboris es un texto de referencia que recapitula todas estas contribuciones de manera bien organizada a la luz de la fe y la Palabra de Dios y que nos ayuda a tener una mirada integral e integrada sobre  los temas que tendremos que tratar, sin perdernos en otros asuntos que no son relevantes para el Sínodo.

El Instrumentum laboris se ha pensado específicamente para ayudarnos a “trabajar”. El Sínodo es un momento de laboriosidad eclesial particular, donde cada uno de nosotros será llamado a dar lo mejor de sí mismo desde el punto de vista fraternal, cultural, espiritual y pastoral. No retrocedamos: creemos las condiciones adecuadas para vivir y trabajar juntos, de modo que estas semanas puedan ser un hermoso testimonio profético de una Iglesia capaz de discernir junta. Os  deseo a todos vosotros, al final del Sínodo,  que estéis cansados ​​y felices: cansados ​​porque realmente nos hemos esforzado a fondo, felices porque hemos puesto lo mejor de nosotros mismos al servicio del Señor y de la Iglesia.

Ahora os brindo algunas indicaciones que considero relevantes. Se refieren, en primer lugar, a la metodología de trabajo y al camino que seremos llamados a recorrer juntos; En un segundo momento intentaré aclarar algunos de los términos clave del Sínodo.

1. El discernimiento, una forma de proceder.

Creo que es importante que todos y desde el principio nos sintonicemos con el método de trabajo que nos ha permitido llegar hasta aquí y que nos ayudará todavía a caminar juntos.

1.1. Más que un método de trabajo, un estilo eclesial.

El discernimiento es un “estilo” preciso de ser Iglesia y de proceder en la historia: “En el discernimiento reconocemos una manera de estar en el mundo, un estilo, una actitud fundamental y, al mismo tiempo, un método de trabajo, un camino para recorrer juntos” (Instrumentum laboris, n. 2).

Precisamente porque no hay una “receta lista” o una “solución ya empaquetada” para las muchas cuestiones  que ha planteado la escucha sinodal, es apropiado que todos nos pongamos en un “estado de discernimiento”. Entrar con humildad en esta forma de proceder es la primera respuesta pastoral de una Iglesia que desea ser creíble para las jóvenes generaciones:

No podemos pensar que nuestra oferta de acompañamiento al discernimiento vocacional sea creíble para los jóvenes a los que está dirigida si no demostramos que podemos practicar el discernimiento en la vida ordinaria de la Iglesia, convirtiéndolo en un estilo comunitario antes que en un instrumento operativo. Al igual que los jóvenes, muchas Conferencias Episcopales han expresado la dificultad de orientarse en un mundo complejo del cual no tienen mapa. En esta situación, este mismo Sínodo es un ejercicio de crecimiento en la capacidad de discernimiento evocado en su tema (Instrumentum laboris, n. 139).

Necesitamos una Iglesia que discierna y espero que todos vosotros experimentéis verdaderamente el Sínodo como un momento de auténtico discernimiento en el Espíritu: ¡tenemos todas las premisas para que las cosas vayan así realmente!

Ya el  cardenal Lorenzo Baldisseri nos ha introducido en la metodología del Sínodo. La misma depende del método con el que se redactó el Instrumentum Laboris y, más radicalmente, hunde sus raíces en el proceso en el que tanto personal como pastoralmente entramos en contacto con nuestra vocación. Así como un  joven o una joven acepta activamente el llamado de Dios en su existencia, a través de un camino espiritual marcado por los tres verbos “reconocer, interpretar, elegir”, del mismo modo la Iglesia llega a tomar conciencia de su vocación y misión en un tiempo y contexto determinado.

El discernimiento indica el proceso en el que se toman decisiones importantes; en un segundo sentido, más específico de la tradición cristiana, corresponde a las dinámicas espirituales a través de las cuales una persona, un grupo o una comunidad tratan de reconocer y aceptar la voluntad de Dios en su situación concreta. (Instrumentum laboris, n. 108).

Sabemos que el tema del discernimiento es un rasgo característico del pontificado actual. En muchas ocasiones y documentos el Papa Francisco nos insta a asumir el habitus del discernimiento. Esto significa estar y mantenerse en la escucha auténtica, como un centinela que no deja escapar ningún signo de los cambios en curso; saber evaluar a la luz de la fe lo que sucede en nuestros corazones, en la vida del mundo y de la Iglesia; detenerse en las heridas de la historia con misericordia y bondad, siempre manteniendo las puertas abiertas para el Dios de la ternura que continuamente actúa entre nosotros y se manifiesta a través de la presencia y la palabra de los pequeños y los pobres. En el discernimiento, la Iglesia misma está llamada a aprender de los jóvenes y pedirles “que la ayuden a identificar las modalidades más eficaces de hoy para anunciar la Buena Noticia (Documento preparatorio, Introducción).

Para entrar en el ritmo del discernimiento, es necesario, pues,  prestar atención a las personas concretas, reconociendo que en cada persona hay una presencia de Dios que debe ser descubierta, acogida, acompañada y hecha fecunda. Por esto todos tienen derecho de palabra y cada uno debe ser escuchado con atención, porque Dios nos habla a través de quien quiere, donde quiere y cuando quiere. Él es sumamente libre de intervenir en la historia como le parezca: depende de nosotros cultivar la actitud correcta para escuchar su voz.

A la luz de estas reflexiones, es posible interpretar todo el camino sinodal como un ejercicio de discernimiento eclesial. A través de la compartición y la confrontación este mes estamos al servicio de toda la Iglesia. El fruto de nuestro trabajo será presentado al Papa para su discernimiento, sus evaluaciones y sus decisiones pastorales. Luego, toda la Iglesia, escuchando dócilmente la voz del Espíritu, identificará los pasos a través de los cuales dar expresión concreta a las indicaciones del Santo Padre, teniendo en cuenta las características específicas de cada territorio.

1.2. Los tres pasos del camino sinodal.

Para ser fieles  al compromiso del que seremos protagonistas en este tiempo sinodal, cada semana de trabajo se centrará en cada una de las tres partes del Instrumentum laboris. Desde el principio, será importante respetar el método con disciplina, sin anticipar ni confundir sus diferentes momentos: sería un error decidir sin antes haber reconocido e interpretado; sería incorrecto interpretar independientemente de lo que se ha reconocido; sería inútil reconocer e interpretar sin decidir luego la dirección del paso siguiente.

En la primera etapa de nuestro camino que durará una semana alternando momentos de trabajo juntos (“congregaciones generales”) y trabajos en grupos más pequeños (“círculos menores”), se nos pide que reflexionemos y compartamos sobre la “Primera parte” del Instrumentum laboris. Caracterizada  por el verbo “reconocer”, pide enfrentar la realidad no para un análisis sociológico, sino con la mirada del discípulo, examinando los pasos y las huellas del pasaje del Señor con una actitud abierta y acogedora. Para aquellos que se preocupan por los jóvenes y desean acompañarlos a la vida en plenitud, es esencial conocer las realidades que viven, a partir de las más dolorosas, como el malestar, la guerra, la prisión, la migración y todos los demás tipos de pobreza. Igualmente, es necesario dejarse interpelar por sus inquietudes, incluso cuando cuestionan las prácticas de la Iglesia (por ejemplo, la vivacidad de la liturgia o el papel de la mujer) o se refieren a temas complejos como la afectividad y la sexualidad. Igualmente importante es tomar conciencia de los puntos de fuerza de la presencia de la Iglesia en el mundo juvenil y de sus debilidades, a partir de la falta de familiaridad con la cultura digital.

En la segunda etapa, marcada por el verbo “interpretar”, seremos llamados a profundizar la “segunda parte” del Instrumentum laboris que no proporciona una interpretación ya lista  de la realidad, esta es nuestra tarea, sino que ofrece algunas herramientas para una lectura que sea verdaderamente capaz de iluminar lo que se ha descubierto. Será importante para nosotros ir a fondo para  leer a la luz de lo que se ha reconocido en la concreción del análisis de la primera parte: es necesario referirse a un conocimiento bíblico y antropológico, teológico y eclesiológico, espiritual y pedagógico para ofrecer criterios auténticos capaces de interpretar las resonancias que el examen de los datos a nuestra disposición habrá generado en nuestro corazón.

La tercera etapa se centra en la “Tercera parte” del Instrumentum laboris, que nos empuja a “elegir”, invita a toda la Iglesia a tomar decisiones para el cambio dentro de un horizonte de vitalidad espiritual. La perspectiva es la integral trazada por el magisterio del papa Francisco, capaz de articular las diferentes dimensiones del ser humano, el cuidado de la casa común, la solicitud contra cualquier marginación, la colaboración y el diálogo como método para la construcción del  pueblo de Dios y la promoción del bien común. Esta perspectiva está soldada con la sugerencia de ser una Iglesia en salida, que nos libera de la preocupación de ocupar el centro de la escena. Su implementación requiere “un proceso decidido de discernimiento, purificación y reforma” (EG 30) y también una sincera y profunda escucha de los jóvenes que participan plenamente en el sensus fidei fidelium (cf. Instrumentum laboris, n.138).

Será mi tarea, al comienzo de los trabajos relacionados con la primera, segunda y tercera parte del Instrumentum laboris, presentar los temas específicos y las cuestiones fundamentales que se tratarán a través de una breve introducción.

Emerge con fuerza la necesidad de que el Sínodo se transforme en una oportunidad de  crecimiento de la Iglesia en su capacidad de discernir, a fin de que sea efectivamente generativo, también hoy,  el patrimonio espiritual que la historia de la Iglesia nos brinda, para que una vez más podamos elaborarlo para que dé fruto. Para lograrlo se necesita coraje, prudencia y paciencia. Algunas de las experiencias recogidas  durante el trabajo de preparación muestran la riqueza que surge cuando esto sucede. Optar por el discernimiento, en lugar de por soluciones ya empaquetadas dictadas por el “siempre se ha hecho así”, implica asumir el riesgo de crear nuevos senderos. Este es un acto de fe en el poder del Espíritu, que invocamos desde la antigüedad como Spiritus creator.

2. Una indispensable “explicatio terminorum”

Ahora me gustaría centrarme en algunos términos decisivos a los que nos enfrentaremos en estas semanas. Partiendo de las indicaciones que surgieron durante los últimos dos años y recogidas  en el Instrumentum laboris, me gustaría ofreceros algunas sugerencias iniciales sobre las palabras clave del tema del Sínodo: “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”.

Dando por aclarada la idea de discernimiento a la que nos referimos, ya que la traté en el punto anterior, es oportuno reconocer que existen diferentes interpretaciones con respecto a los jóvenes y al conocimiento que tenemos de su realidad: ha surgido preguntas específicas sobre el papel de la fe en el proceso de discernimiento vocacional; Nos hemos dado cuenta de que, con respecto al concepto y la realidad de la vocación, a veces tenemos entendimientos discordantes. Por lo tanto, creo que es oportuno someter a vuestra  atención algunas reflexiones que pueden ayudarnos a crear una plataforma compartida durante el Sínodo con respecto a los jóvenes, a la fe y a la vocación.

2.1. Los  jóvenes: una escucha auténtica para salir de los estereotipos.

Parto de la realidad de los jóvenes. En nuestro contexto eclesial es muy fácil hablar de jóvenes “de oídas”, refiriéndose a estereotipos, que a menudo tratan de modelos juveniles que ya no existen. De esta manera, en lugar de dejarnos guiar por la realidad, esa concretamente existente, los jóvenes son idealizados e ideologizados. A veces nos referimos a nuestros jóvenes y pensamos que los jóvenes de hoy vivan las mismas experiencias que nosotros hemos vivido. Y de esta manera perdemos los rasgos característicos de los jóvenes de hoy, que viven y crecen en un contexto muy diferente al de hace algunos años. En este momento de grandes y repentinos cambios, no podemos presumir de conocer el mundo de los jóvenes sin haber aceptado primero a los jóvenes realmente existentes.

El camino  sinodal nos da una serie de indicaciones: tenéis en las manos las actas del “Seminario Internacional sobre la Condición Juvenil”, que tuvo lugar del 11 al 15 de septiembre de 2017,  y que nos dio algunos elementos muy importantes desde el punto de vista científico; tenéis en las manos los primeros resultados del “Cuestionario en línea”, que contó con la participación de más de 100.000 jóvenes; hemos vivido la experiencia de la “Reunión Pre-sinodal” del 19 al 24 de marzo de 2018. Me gustaría señalar que el Documento Final de la “Reunión Pre-sinodal” es el texto más citado en el Instrumentum laboris. Muchas Conferencias Episcopales, de manera inteligente y con visión de futuro, han llevado a cabo investigaciones de alta calidad sobre el terreno desde un punto de vista social, cultural y eclesial. Se han emprendido caminos virtuosos. Por último, tenemos aquí en el Sínodo una nutrida presencia de jóvenes, de educadores y formadores, que pueden hablar directamente de la condición de los jóvenes, por así decirlo, “desde dentro”.

Pido a todos los Padres sinodales, especialmente en esta primera semana donde se trata de “reconocer”, que nos ayuden a comprender la situación de los jóvenes que viven en su territorio, en su contexto, en su país: escuchando estos años de preparación han surgido grandes diferencias y es importante que cada uno de vosotros aporte al Sínodo la frescura y originalidad de su contexto y su tierra. La comunión en la Iglesia no se hace por homologación, sino compartiendo nuestras diferencias en vista de una comunión capaz de escucha, respeto e integración.

Os invito, por lo tanto, sobre el tema de los jóvenes, a reconocer de inmediato que la realidad es más importante que la idea (cf. Instrumentum laboris, n. 4) y que, por lo tanto, cada una de nuestras intervenciones sobre los jóvenes siempre comienza desde un realismo contextual y no desde teorías abstractas y alejadas de la vida cotidiana. Toda la primera parte del Instrumentum laboris ha tratado de organizar las cosas de acuerdo con este principio, que debemos tener en cuenta para continuar nuestro trabajo sinodal, al tiempo que reconocemos que, más allá de las diferencias socioculturales, la juventud es una edad de la vida que, sin embargo, presenta desafíos perennes y constitutivos para el ser humano como tal.

2.2. La fe: don de gracia y fuente de inquietud saludable.

Una segunda palabra clave para nuestro viaje es la  fe, que nos introduce en una forma específica de ver a los jóvenes, el mundo, la Iglesia, la vida y la historia. Desde el Documento preparatorio quedó claro que la fe, en cuanto participación del modo de ver de Jesús (cf. Lumen fidei, 18), es la fuente del discernimiento vocacional, porque ofrece los contenidos fundamentales, las articulaciones específicas, el estilo singular y la propia pedagogía. Acoger este don de gracia con alegría y disponibilidad requiere hacerlo fructífero a través de elecciones de vida concretas y coherentes (II, 2).

La fe, en cuanto acogida de la gracia que salva es y sigue siendo el primer principio de nuestro camino. La luz que proviene de la fe ilumina todos los pasajes que estamos llamados a realizar durante este Sínodo: nos brinda la mirada adecuada para reconocer la situación de los jóvenes con inteligencia espiritual y compasión evangélica; aclara con qué criterios estamos llamados a leer las peticiones que proceden de lo que hemos reconocido, haciéndonos entrar cada vez  más en el sentir del Señor Jesús; nos da la valentía de enfrentar los desafíos que se nos presentan a través de decisiones arriesgadas capaces de dar testimonio de nuestro deseo de conversión espiritual y pastoral.

Deseo a todo Padre sinodal que reciba como don  una inquietud espiritual saludable, signo de una fe viva y activa, porque el llamado de Cristo a vivir de acuerdo con sus intenciones es nuestro horizonte de referencia y, al mismo tiempo, sigue siendo una fuente de inquietud saludable y de crisis benéfica: “Una fe que no nos pone en crisis es una fe en crisis; una fe que no nos hace crecer es una fe que debe crecer; una fe que no nos interroga es una fe sobre la cual debemos preguntarnos; una fe que no nos anima es una fe que debe ser animada; una fe que no nos conmueve es una fe que debe ser sacudida» (Francisco, Audiencia en ocasión de felicitaciones navideñas a la Curia romana, 21 de diciembre de 2017) (Instrumentum laboris, n. 73)

La fe es, por lo tanto, una presencia transversal y calificada en todo el proceso de discernimiento. No olvidemos a este respecto que la oración es una parte integral de nuestro camino  porque en ella “se afina la propia sensibilidad al Espíritu, se educa a la capacidad de comprender los signos de los tiempos y se toma la fuerza para actuar en modo tal que el Evangelio pueda encarnarse nuevamente hoy. En el cuidado de la vida espiritual se gusta la fe como feliz relación personal con Jesús y como don del cual estarle agradecidos” (Instrumentum laboris, n. 184). Por lo tanto, pidamos la gracia de una fe plena y fuerte, viva y profunda, rica y feliz: ¡solo así el Sínodo puede ser un evento fecundo y fructífero para nosotros, para la Iglesia y para todos los jóvenes!

2.3. La vocación: todos somos amados gratuitamente y llamados a dar fruto.

La tercera palabra sobre la que considero conveniente detenerme es vocación. Este es el focus específico del Sínodo, porque como Iglesia estamos llamados a acompañar a los jóvenes en su camino de “discernimiento vocacional”.

Sobre este tema hay diferentes visiones que requieren verificación, profundización y clarificación. De su escucha en conjunto, se ha visto  que una de las grandes fragilidades de nuestra pastoral actual reside en pensar la vocación según  una visión reductiva y estrecha, que se referiría únicamente a las vocaciones al ministerio ordenado y a la vida consagrada.

De las respuestas de las diversas Conferencias Episcopales, y también de las muchas palabras de los mismos jóvenes, queda claro que el término vocación se usa generalmente para indicar las vocaciones al ministerio ordenado y las de consagración especial. Una Conferencia Episcopal afirma que “«un punto débil de la pastoral en el discernimiento de la vocación de los jóvenes está en reducir  la comprensión de la vocación sólo a la elección del sacerdocio ministerial o de la vida consagrada».” […] Partiendo de este imaginario eclesial compartido, es necesario, por lo tanto, poner las bases de una “pastoral juvenil vocacional” en sentido amplio, que sepa ser significativa para todos los jóvenes (Instrumentum laboris, n. 85-86).

La tercera palabra sobre la que considero conveniente detenerme es vocación. Este es el focus específico del Sínodo, porque como Iglesia estamos llamados a acompañar a los jóvenes en su camino de “discernimiento vocacional”. Sobre este tema hay diferentes visiones que requieren verificación, profundización y clarificación. De su escucha en conjunto, se ha visto  que una de las grandes fragilidades de nuestra pastoral actual reside en pensar la vocación según  una visión reductiva y estrecha, que se referiría únicamente a las vocaciones al ministerio ordenado y a la vida consagrada.

De las respuestas de las diversas Conferencias Episcopales, y también de las muchas palabras de los mismos jóvenes, queda claro que el término vocación se usa generalmente para indicar las vocaciones al ministerio ordenado y las de consagración especial.Una Conferencia Episcopal afirma que “«un punto débil de la pastoral en el discernimiento de la vocación de los jóvenes está en reducir  la comprensión de la vocación sólo a la elección del sacerdocio ministerial o de la vida consagrada»”.[…]  Partiendo de este imaginario eclesial compartido, es necesario, por lo tanto, poner las bases de una “pastoral juvenil vocacional” en sentido amplio, que sepa ser significativa para todos los jóvenes (Instrumentum laboris, n. 85-86).

Me parece que aquí haya que hacer un pasaje transcendental  que requerirá la conversión del corazón, el auténtico discernimiento espiritual y, sobre todo, un enfoque renovado de la pastoral en conjunto. En un mundo en el que domina la ideología del self-made man, no hay lugar para reconocer la naturaleza vocacional de la existencia humana; y lo mismo si se asimilan las visiones fatalistas que insinúan que la vida “esté determinada por el destino o por el azar” (Instrumentum laboris, n. 89).

Al imaginario social compartido, tanto a nivel civil como eclesial, le cuesta trabajo abandonar  una visión del ser humano como artífice exclusivo de sí mismo o como títere de un juego en el que todo está ya decidido o no tiene sentido: en estas perspectivas, la  dinámica vocacional, que llega cuando las cartas ya están echadas,  corre el riesgo de crear cortocircuitos existenciales de los que parece imposible salir. Por esta razón, es estratégico aprender a discernir las diferencias y la relación entre “proyecto de vida” y “dinámica vocacional”, entrando de manera decisiva en la lógica de la fe (cf. Instrumentum laboris, n. 84).

La palabra de Dios, en cambio, nos enseña claramente que podemos y debemos elegir y proyectar solo dentro de un precedente “haber sido elegidos” y “llamados”: “No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca” (Jn 15, 15-16).

Para San Pablo, la dinámica vocacional hunde sus raíces en la eternidad: “Por cuanto nos eligió en él antes de la fundación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia en el amor, eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo (Ef 1, 4-5). El misterio del amor de Dios que nos precede y nos acompaña es la condición de posibilidad de cada uno de nuestros amores: “Amamos porque él nos amó primero” (1 Jn 4, 19).

No es difícil entender lo estratégico que es para nuestro Sínodo recuperar con convicción una interpretación vocacional de la existencia humana como tal, seguros de que la vocación concierne ante todo a cada ser humano que recibe el llamado a la vida, y luego de una manera particular. Y aún más calificada a cada bautizado. Todos estamos llamados al gozo del amor, a la vida buena del evangelio, a la santidad. Por lo tanto, es urgente una nueva comprensión vocacional del cristianismo en su conjunto, que se convierta en patrimonio común y compartido en la vida diaria del pueblo de Dios.

Algunos pasajes del Instrumentum laboris son decisivos para plantear la “cuestión vocacional” en modo correcto: los números 87 a 90 explican con precisión que “sólo una antropología vocacional parece adecuada para comprender lo humano en toda su verdad y plenitud” (n. 88). La vocación es la palabra de Dios para mí, única, singular, insustituible, que me da consistencia, solidez, significado y misión. Nos da esa “gracia de unidad” tan necesaria para nuestra vida. Lejos de ser un principio de alienación, la vocación es más bien un núcleo de integración de todas las dimensiones de la persona, que las hará fecundas: desde los talentos naturales al carácter con sus recursos y sus límites, desde las pasiones más profundas a las competencias adquiridas a través del estudio, desde las experiencias exitosas a los fracasos que contiene cada historia personal, desde la capacidad para relacionarse y amar hasta la de asumir el propio rol con responsabilidad dentro de un pueblo y una sociedad (Instrumentum laboris, n. 143).

A partir de todo esto, es fácil comprender por qué el Sínodo se dirige a todos los jóvenes, ninguno excluido: porque sin vocación no hay humanidad digna de este nombre y, por lo tanto, una visión vocacional “restringida” o de “reclutamiento” reservada al ministerio ordenado o a la vida consagrada destina a la mayoría de los jóvenes a la falta de significado y a la búsqueda de una unidad imposible en su vida.-También desde el punto de vista institucional es válido este “principio vocacional”. En la III parte, cuando se habla de la necesidad de consolidar e incrementar la idea y la práctica de la “pastoral integrada” (Instrumentum laboris, núms. 209-210), se confirma que “la clave para lograr esta unidad integrada es el horizonte vocacional de la existencia” (n. 210).

2.4. La solicitud particular por las vocaciones sacerdotales y por  la vida consagrada.

También es evidente que solo dentro de una “cultura vocacional” renovada y compartida, capaz de mejorar e integrar todo tipo de llamadas, encuentre sentido el compromiso específico con el cuidado de las vocaciones sacerdotales y de la vida consagrada, cuya relevancia dentro del panorama vocacional de la Iglesia es evidente (cf. Instrumentum laboris, nn. 102-103). Deben ser pensados ​​dentro de las dinámicas vocacionales de la Iglesia y al servicio del mundo, y nunca en la lógica de un privilegio. ¡Salgamos con decisión  de la perspectiva en que “vocación” se convierte en sinónimo de “poder” que se ejerce en lugar de “servicio” que se ofrece (cf. Instrumentum laboris, n. 199).

En este sentido, me gustaría señalar que la atención a todos los jóvenes, ninguno excluido, no está y no puede estar en contraste con una solicitud particular por el cuidado de las vocaciones ministeriales en la Iglesia, que siempre deben  pensarse a la luz de un servicio hacia todo el pueblo de Dios. Calificar este tipo de llamadas significa estar mejor al servicio de todo el pueblo de Dios.-Por esta razón, el Instrumentum Laboris dedica los últimos números de cada una de sus tres partes a focalizar aspectos específicos de estas llamadas, que ciertamente desempeñan un papel particular dentro de la deseable renovación eclesial en la que todos estamos comprometidos en este momento (cf. Instrumentum laboris, nn. 72.133-136.211).

2.5. Otras palabras relevantes de este Sínodo

Una vez aclaradas las cuatro palabras clave del Sínodo,- discernimiento, jóvenes, fe y vocación- se resumirán y recalibrarán otros términos y temas para que puedan servir de ayuda en un enfoque renovado de nuestro pensamiento y acción eclesial.-Pienso en el tema de la escucha, que es el primero y el más importante modo de acercarse con respeto a los jóvenes, caminando con ellos. ¿Por qué, en este camino de preparación para el Sínodo, nos encontramos “en deuda con la escucha”? ¿Somos Iglesia que escucha? ¿Cómo escuchamos? ¿Qué conversiones se necesitan para escuchar hoy la voz de los jóvenes?

O también el tema de la búsqueda, que hoy más que nunca caracteriza la vida de esta generación. ¿Cómo respetamos y acompañamos la búsqueda de los jóvenes? ¿Somos auténticos testigos de fraternidad, solidaridad y justicia, para ser creíbles y proactivos a sus ojos? ¿Cómo acogemos sus deseos y expectativas?

Me refiero también al arte del acompañamiento. Es la “competencia” más solicitada por los jóvenes y, al mismo tiempo, una de las mayores dificultades surgidas durante la preparación del  Sínodo: tenemos pocos adultos adecuados desde el punto de vista espiritual, pedagógico y vocacional que puedan acompañar a los jóvenes en su discernimiento vocacional. Y los jóvenes mismos, en este sentido, se han mostrado muy exigentes (cf. Instrumentum laboris, n. 130-132).

Aclarar la naturaleza del acompañamiento y predisponer una formación adecuada en todos los niveles de la Iglesia es uno de los grandes desafíos de este Sínodo. Por esto, junto con el acompañamiento, emerge la importancia de la formación, que debe declinarse en diversas formas y especificarse para los diversos ámbitos: formación cultural y bíblica, teológica y eclesiológica, espiritual y pedagógica; preparación adecuada de los educadores que viven en los diversos ambientes de vida de los jóvenes; Formación específica para los formadores en los seminarios y casas de formación.

También sobre el tema del anuncio del Evangelio será oportuno que nos confrontemos, porque muchas veces lo que entendemos y lo que practicamos parecen muy diferentes. ¿Cuáles son las razones que nos impulsan a anunciar a Jesús? ¿Qué relación hay entre acompañamiento y anuncio? ¿Qué modalidades de anuncio para los jóvenes son más adecuadas, más inclusivas, respetuosas y efectivas?

Otra palabra para aclarar es ciertamente comunidad. Los jóvenes piden una Iglesia auténtica, más relacional, comprometida con la justicia. Está claro que un Sínodo sobre los jóvenes no hablará solamente de los jóvenes: será oportuno que nos confrontemos acerca del rostro de la comunidad y de la Iglesia que estamos ofreciendo a los jóvenes. ¿Qué caminos de fraternidad son necesarios para volvernos atractivos para los jóvenes? ¿Qué conversiones son necesarias para asumir un rostro profético? ¿Qué integración y protagonismo reservamos a los jóvenes en nuestras comunidades?

Me encamino hacia la conclusión.

Estamos aquí como representantes de nuestras Iglesias locales, para que todos puedan tener  voz en este Sínodo. Nuestra palabra será preciosa y enriquecedora solo si cada uno de nosotros está dispuesto a escuchar con humildad.

Muchas veces he dicho que este Sínodo debe brillar como un tiempo de discernimiento en el Espíritu, donde antes que nada nos ponemos juntos a la escucha del Dios vivo y verdadero, que habló de una vez por todas a través de su hijo Jesús y que continúa hablándonos a través de la historia de los hombres.

¿Cuál es, pues, nuestra tarea? En primer lugar, estar disponible para la acción de Dios en medio de nosotros, seguro de la promesa de Jesús: “Donde  hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). Somos muchos, por lo tanto tenemos la certeza de que el Señor Jesús estará presente misteriosa y diariamente entre nosotros a través de su Espíritu, que continúa hablando a su Iglesia. Aquí también la promesa de Jesús no deja ninguna duda al respecto: “El Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todo y os recordará todo lo que he dicho” (Jn 14,26).

Si vivimos el tiempo que transcurriremos juntos en este clima espiritual, podremos alcanzar el triple fruto de discernimiento que el Santo Padre y la Iglesia nos piden: reconocer los desafíos que debemos enfrentar, interpretar lo que se ha reconocido a la luz de la fe y tomar decisiones valientes de renovación.

Agradeciéndoos de todo corazón vuestra atención, os deseo a todos y cada uno de vosotros una experiencia sinodal rica y gozosa.

¡Buen trabajo!

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