“Misa por la paz” en la península de Corea

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17 de octubre de 2018.- A las 18.00 horas de esta tarde, en la Basílica de San Pedro, el Secretario de Estado, cardenal Pietro Parolin, ha presidido la “Misa por la paz” en la península de Corea, a la que también asistió el Presidente de la República de Corea, S.E. Sr. Jae-in Moon.

Ofrecemos a continuación la homilía pronunciada por el cardenal Pietro Parolin durante la celebración eucarística:

Homilía del cardenal Secretario de Estado

Señor presidente,
Queridos hermanos en el episcopado y en el presbiterado,
Distinguidas autoridades y miembros del cuerpo diplomático,
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

El evangelista Juan nos dice que el Señor Jesús, cuando se apareció a los discípulos por primera vez después de  la Resurrección, se dirigió a ellos con este saludo: “¡La paz con vosotros!” (Jn. 20, 19). Los discípulos ya habían oído resonar palabras parecidas en la tarde de la Última Cena, antes de que el Señor se entregara a las manos de sus perseguidores, aceptando hasta el final el sacrificio de la Cruz por la salvación del mundo. De hecho, despidiéndose, Jesús, había dicho: “Os dejo la paz, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde”.

La paz que el Señor ofrece al corazón humano en busca de la verdadera vida y de la plena alegría es ese misterio espiritual que une el sacrificio de la Cruz a la potencia renovadora de la Resurrección: “¡Os dejo la  paz, mi paz os doy!”

Esta noche, humildemente deseamos elevar nuestra mirada hacia Dios, hacia Aquél que rige la historia y el destino de la humanidad, e implorar, una vez más, para todo el mundo el don de la paz. Lo hacemos rezando en particular para que también en la Península de Corea, después de tantos años de tensiones y división, por fin resuene plenamente la palabra paz.

En la primera lectura de esta celebración, hemos escuchado al autor de Deuteronomio recordar la doble experiencia del pueblo de Israel, la de la bendición” y la de la “maldición”: “Cuando  te sucedan todas estas cosas, la bendición y la maldición que te he propuesto, si las meditas en tu corazón en medio de todas las naciones, donde el Señor, tu Dios, te haya arrojado, […] entonces el Señor tu Dios cambiará tu suerte, tendrá piedad de ti y te reunirá de nuevo de en medio de todos los pueblos […] ».

La sabiduría de las Escrituras nos hace comprender que solo aquellos que han experimentado el inescrutable misterio de la aparente ausencia de Dios ante el sufrimiento, la opresión y el odio pueden entender completamente lo que significa escuchar nuevamente resonar la palabra paz.

Ciertamente, como personas de buena voluntad, todos sabemos que la paz se construye con las decisiones de cada día, con un compromiso serio al servicio de la justicia y la solidaridad, con la promoción de los derechos y la dignidad de la persona humana, y especialmente a través del cuidado de los más débiles. Pero, para aquellos que creen, la paz es ante todo un don que viene de las alturas, de Dios mismo. Todavía más, es la manifestación plena de la presencia de Dios, de Aquel a quien los Profetas anunciaron como el Príncipe de la Paz.

También sabemos que la paz que proviene de Dios no es una idea abstracta y distante, sino una experiencia vivida concretamente en el camino cotidiano de la vida. Es, como el Papa Francisco ha señalado repetidamente, “una paz en medio de las tribulaciones”. Por lo tanto, cuando Jesús promete paz a los discípulos, agrega: “No os la doy como la da el mundo”.

Efectivamente, como el Papa reitera, el mundo a menudo «nos anestesia para no dejarnos ver otra realidad de la vida: la cruz». Esta es la razón por la que la paz que Dios nos ofrece va más allá de las meras expectativas terrenales, no es el resultado de un simple compromiso, sino una nueva realidad, que involucra todas las dimensiones de la vida, incluso aquellas misteriosas de la cruz y de los sufrimientos inevitables de nuestro peregrinaje terrenal. Por esta razón, la fe cristiana nos enseña que «una paz sin la cruz no es la paz de Jesús».

El Papa Pablo VI, que tuvimos la alegría de ver canonizado el domingo pasado en un radiante día de fiesta, convocando por primera vez la “Jornada Mundial de la Paz”, el 1 de enero de 1968, y retomando algunas frases muy queridas por San Juan XXIII, se dirigía así a los fieles católicos y a todos los hombres de buena voluntad: «Es necesario siempre hablar de Paz. Es necesario educar al mundo para que ame la Paz, la construya y la defienda; contra las premisas de la guerra que renacen […] es preciso suscitar en los hombres de nuestro tiempo y de las generaciones futuras el sentido y el amor de la Paz fundada sobre la verdad, sobre la justicia, sobre la libertad, sobre el amor» [1].

Queridos hermanos y hermanas,

Pidamos  al Señor la gracia de hacer de la paz una misión auténtica en el mundo de hoy, confiando en la misteriosa potencia de la cruz de Cristo y de su resurrección. Con la gracia de Dios, el camino del perdón se hace posible, la elección de la fraternidad entre los pueblos un hecho concreto, la paz un horizonte compartido también en la diversidad de los sujetos que dan vida a la comunidad internacional.

«De este modo, nuestras oraciones por la paz y la reconciliación llegarán a Dios desde corazones más puros y, por el don de su gracia, alcanzarán aquel precioso bien que todos deseamos» [2]. Amén.

__________________

[1] Pablo VI, Mensaje para la I Jornada Mundial de la Paz, 8 de diciembre de 1967

[2] Francisco, Homilía en la catedral de Myeong-dong (Seúl), 18 de agosto de 2014

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