Reflexión para el XXX Domingo del tiempo ordinario

XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Año B

el-ciego-bartimeo

✠ Francisco CERRO CHAVES
Obispo de Coria-Cáceres

TEN COMPASIÓN

Cuando he entrado por Jordania en Israel desde el monte Nebo se divisa Jericó. Unas palmeras como un oasis en medio del desierto. Jesús atravesó esta ciudad y tiene encuentro con personajes concretos del pueblo de Jesús. Aquí le toca el turno al ciego Bartimeo.

Sentado al borde del camino, donde estaban los ciegos, porque era el lugar de encuentro de la relación social, como ahora son nuestras plazas, nuestros parques.

Al oír que llega Jesús no se calla. No puede callar. Conocía la Escritura y sabía que el Mesías sería el Hijo misericordioso de David que devolvería la vista a los ciegos. Por eso llama a Jesús con la oración que la tradición cristiana ora en Oriente. “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mi”. Una oración cristiana que generación tras generación se transmite en el Oriente cristiano y que enriquece a todos.

Le llama por su nombre, Jesús, como hará el buen ladrón. Cuando uno está sufriendo y lo pasa mal, se llama al Señor Jesús; y es como respirar, es vivir, es como si nos crecieran las alas del amor y de la esperanza.

La gente, a su alrededor le mandan callar. No lo entienden. Les molesta. A veces, la gente nos impide relacionarnos libremente con Jesús. Sin embargo, Jesús sí escucha a Bartimeo. No se calla y le manda venir. El Señor siempre escucha nuestras oraciones, nuestras palabras, nuestros gestos y hasta nuestros silencios.

El Señor lo manda traer, nunca pasa de largo ante la miseria humana. Siempre se acerca para llenarnos el corazón de alegría y de esperanza. La actitud de Jesús de escucharle y de respetarle y hasta de no hacer nada por el si no se lo pide .¿Qué quieres que haga? Señor, que vea. Hermosa oración. Y el Señor hace el milagro. Tanto le ha regalado el Señor con la vista que hasta se olvida del manto, como la Samaritana que se olvida del cántaro. Cuando, de verdad, nos hemos encontrado con el Señor se nos olvida lo que nosotros creíamos que era lo más importante porque el Señor, en su Amor, nos ha abierto otra ruta, otro camino que conduce a la verdadera vida como el ciego Bartimeo.

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