Audiencia del Santo Padre a los participantes en el XV Capítulo General de la Congregación de los Misioneros de San Carlos (Scalabrinianos)

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29 de octubre de 2018.- A las 11.05 horas de esta mañana, en la Sala del Consistorio del Palacio Apostólico, el Santo Padre Francisco ha recibido en audiencia a los participantes en el XV Capítulo General de la Congregación de los Misioneros de San Carlos (Scalabrinianos). El Papa ha improvisado su discurso.

Ofrecemos a continuación el discurso que el Santo Padre había preparado para esa ocasión y que ha sido entregado a los presentes en el encuentro.

Discurso entregado por el Santo Padre

Queridos hermanos,

Me alegra encontrarme con vosotros con motivo del Capítulo General y dirigir a cada uno mi saludo cordial, empezando por el nuevo Superior General, a quien agradezco sus palabras y deseo todo el bien en su ministerio.

En el centro de vuestra reflexión en estos días habéis puesto el tema Encuentro y camino «Jesús caminaba con ellos» (cfr. Lc 24,15). La referencia es a la historia de los discípulos de Emaús, que se encuentran con Jesús resucitado en el camino. Se acerca para caminar con ellos y explicarles las Escrituras. El Capítulo representa un tiempo privilegiado de gracia para vuestra Familia religiosa, llamada a asumir esta actitud dual del Maestro divino hacia aquellos que son objeto de vuestra atención pastoral: anunciarles la Palabra y caminar con ellos. Se trata de encontrar caminos siempre nuevos de evangelización y de cercanía, para cumplir con fidelidad dinámica vuestro carisma que os pone al servicio de los migrantes.

Frente al fenómeno migratorio de hoy, muy vasto y complejo, vuestra Congregación obtiene los recursos espirituales necesarios del testimonio profético del Fundador, tan actual como siempre, y de la experiencia de tantos hermanos que han trabajado con gran generosidad desde vuestros orígenes, hace 131 años, hasta hoy. Hoy como ayer, vuestra misión tiene lugar en contextos difíciles, a veces caracterizados por actitudes de sospecha y prejuicio, o incluso de rechazo hacia la persona extranjera. Esto os empuja todavía más a un entusiasmo apostólico valiente y perseverante, para llevar el amor de Cristo a aquellos que, lejos de su patria y de su familia, están en peligro de sentirse también lejos de Dios.

La imagen bíblica de los discípulos de Emaús muestra que Jesús explica las Escrituras mientras camina con ellos. La evangelización se hace caminando con las personas. En primer lugar debemos escuchar a las personas, escuchar la historia de las comunidades; sobre todo las esperanzas defraudadas, las expectativas de los corazones, las pruebas de la fe… Antes que nada escuchar, y hacerlo con una actitud de con-pasión, de sincera cercanía. ¡Cuántas historias hay en los corazones de los migrantes! Historias hermosas y feas. El peligro es que sean removidas: las feas, es obvio; pero también las hermosas, porque el recuerdo les hace sufrir. Y, por lo tanto, el riesgo es que el migrante se convierta en una persona desarraigada, sin rostro, sin identidad. Pero esta es una pérdida muy grave, que se puede evitar escuchando, caminando junto a las personas y las comunidades de migrantes. Poder hacerlo es una gracia, y también es un recurso para la Iglesia y para el mundo.

Después de escuchar, como Jesús, debemos dar la Palabra y la señal del Pan partido. Es fascinante hacer conocer a Jesús a través de las Escrituras a personas de diferentes culturas; contarles su misterio de Amor: encarnación, pasión, muerte y resurrección. Compartir con los migrantes el asombro de una salvación que es histórica, está situada, y, no obstante,  es universal, ¡es para todos! Disfrutar juntos de la alegría de leer la Biblia, de recibir de ella la Palabra de Dios para nosotros hoy; de descubrir que a través de las Escrituras, Dios quiere darles  a estos hombres y mujeres concretos su Palabra de salvación, de esperanza, de liberación, de paz. Y luego, invitarlos a la Mesa de la Eucaristía, donde las palabras callan y queda el Signo del Pan partido: Sacramento en el que se resume todo, en el que el Hijo de Dios ofrece su Cuerpo y su Sangre por la vida de esos viandantes. de esos hombres y mujeres que corren el peligro de  perder la esperanza y para no sufrir prefieren cancelar el pasado.

Cristo resucitado os envía también hoy, en la Iglesia, a caminar junto con tantos hermanos y hermanas que recorren, como migrantes, el camino desde Jerusalén a Emaús. Misión antigua y siempre nueva; cansina, y a  veces dolorosa, pero también capaz de hacer llorar de alegría. Os aliento a llevarla adelante con vuestro propio estilo, madurado en el fructífero encuentro entre el carisma del beato Scalabrini y las circunstancias históricas. De este estilo forma parte la atención que prestáis a  la dignidad de la persona humana, especialmente donde está más herida y amenazada. De ella son parte el compromiso educativo con las nuevas generaciones, la catequesis y el cuidado pastoral familiar.

Queridos hermanos, no olvidemos que la condición de toda misión en la Iglesia es que estemos unidos a Cristo resucitado como los sarmientos a la vid (cf. Jn 15, 1-9). De lo contrario hacemos activismo social. Por eso os repito, también a vosotros,  la exhortación a permanecer en Él.  Nosotros, en primer lugar,  tenemos necesidad de ser renovados en la fe y la esperanza por Jesús vivo en la Palabra y en la Eucaristía, pero también en el perdón sacramental. Necesitamos estar con Él en la adoración silenciosa, en la lectio divina, en el Rosario de la Virgen María.

Y necesitamos una saludable vida comunitaria, simple pero no trivial, no mediocre. Me gustó cuando el Superior General dijo que el Espíritu os llama a vivir entre vosotros  la comunión en la diversidad. Sí, como testimonio, pero ante todo como alegría para vosotros, como una riqueza humana y cristiana, eclesial. También os animo a continuar el camino de compartición con los laicos, enfrentando juntos los desafíos de hoy; así como a cuidar de  los itinerarios de formación permanente.

Hermanos, os doy las gracias por este encuentro. ¡Rezo por vuestro Capítulo, que dé muy buenos frutos!  Lo pedimos por intercesión de María, nuestra Madre, de San Carlos Borromeo y del beato Giovanni Battista Scalabrini. Os bendigo de todo corazón, así como a todos los Misioneros Scalabrini

Discurso improvisado por el  Santo Padre

Papa Francisco:

He preparado algunas palabras para deciros, pero se las doy al Padre General y prefiero hablar un poco con el corazón, y si hay tiempo, dar  la oportunidad de hacer algunas preguntas. En primer lugar, me gustaría daros las gracias por lo que hacéis. Tuve la gracia de conoceros  ya antes de ser arzobispo de Buenos Aires, porque vuestros alumnos estudiaban en nuestra facultad. ¡Eran muy buenos! Luego, como arzobispo, me ayudasteis  en esa ciudad que tenía tantos problemas de inmigración. Muchas gracias. Y ahora, gracias por darnos uno de los dos subsecretarios para los migrantes. Los dos trabajan muy bien.

“Era extranjero”. Esta palabra  hizo “ruido” cuando Usted la dijo… Es más fácil acoger a un extranjero que ser acogido, y vosotros tenéis que hacer las dos cosas. Tenéis que enseñar, ayudar a acoger al extranjero  y dar todas las posibilidades a las naciones que tienen todo o lo suficiente para usar estas cuatro palabras que Usted ha dicho. Cómo acoger a un extranjero. Me impresiona la Palabra de Dios: Ya el Antiguo Testamento subraya esto: Acoger al extranjero “porque recuerda que has sido un extranjero”. Es cierto que hoy hay una oleada de cierre hacia el  extranjero, y también hay muchas situaciones de trata de personas extranjeras: se explota al extranjero. Soy hijo de emigrantes, y recuerdo que en el período de posguerra, -yo tenía  10 o 12 años- , cuando, donde trabajaba papá, llegaron a trabajar los polacos, todos emigrantes. Y lo  bien que fueron recibidos. Argentina tuvo esta experiencia de acogida, porque había trabajo y también se necesitaba. Y Argentina, -por mi experiencia, -es un cóctel de olas migratorias, vosotros lo sabéis mejor que yo. Porque los migrantes construyen un país; cómo construyeron Europa. Porque Europa no nació de la nada,  a Europa la hicieron muchas oleadas de migraciones a lo largo de los siglos.

Usted ha mencionado una vez una palabra muy fea: “el bienestar”. Pero el bienestar es suicida, porque te lleva a dos cosas. A cerrar las puertas, para que no te molesten: solo pueden entrar  las personas que sirven para mi bienestar. Y por otro lado, por el bienestar, a no ser fecundo. Y hoy tenemos este drama: un invierno demográfico y un cierre de puertas. Esto debe ayudarnos a comprender  algo  este problema de recibir al extranjero: Sí, es un extranjero, no es uno de nosotros, es uno que viene de fuera. ¿Pero cómo recibes a alguien que es un extranjero? Y este es el trabajo que hacéis y que ayudáis a hacer: a formar conciencias para hacerlo bien. Y os lo agradezco tanto.

Pero existe la otra dimensión. No somos los patrones que dicen: “Ah, vosotros, si sois extranjeros, venid”. No. Nosotros también somos extranjeros. Y si no tratamos de que nos acoja la gente, los que son migrantes y los que no lo son, falta otra parte en nuestra conciencia: Nos convertiremos en los “patrones”, los patrones de la migración, los que más saben de las migraciones. No. Es necesario,  en vuestra experiencia religiosa, tener esta otra experiencia:  La de ser vosotros también migrantes, al menos migrantes culturales. Por eso me ha gustado siempre, en vuestro itinerario de formación, el que hagáis viajar a los estudiantes: estudiando Teología aquí, Filosofía allí…, para que puedan conocer diferentes culturas. Ser extranjero. Y esto es muy importante. A partir de la experiencia de haber sido extranjero, por los estudios o el destino, crece el conocimiento de cómo se recibe a un extranjero.

Estas dos cosas, estas dos direcciones son muy importantes, y  vosotros tenéis que hacerlas bien. Esto es lo primero que quería decir.

Usted también pronunció  otra palabra: rezar. El migrante reza. Reza porque necesitas tantas cosas. Y reza a su manera, pero reza. Un peligro para todos nosotros, hombres y mujeres de la Iglesia, pero para vosotros más, por vuestra vocación,  sería el de no tener necesidad de rezar. “Sí, sí, yo pienso,  yo estudio, yo hago, pero no sé mendigar, no  sé  pedir al Señor que me acoja porque  yo también soy migrante hacia el Señor”. Por eso me gustó cuando habló de la oración: una oración que muchas veces es aburrida o que te causa angustia. Pero estar ante el Señor y llamar a su puerta, como hace el migrante, que llama a la puerta. ¿Cómo hizo esa “migrante” en Israel, -la mujer siro-fenicia, que  hasta logró discutir con el Señor (cf. Mt 15.21-28)? Llamar a la puerta de la oración. Ser migrantes en la experiencia de la migración, como hacéis en los destinos, y ser migrantes en la oración, llamar a la puerta para ser recibido por el Señor: esta es una ayuda muy importante.

Y otro fenómeno de los migrantes, -pensemos en la caravana que va de Honduras a Estados Unidos- es el de agruparse. El migrante suele intentar ir en grupos. A veces tiene que ir solo, pero es normal agruparse, porque nos sentimos más fuertes en la migración. Y ahí está la comunidad. En el fútbol existe la posibilidad de uno “libre”, que pueda moverse de acuerdo con las oportunidades, pero vosotros no tenéis esta posibilidad, entre vosotros los “libres” fracasan. Siempre la comunidad. Siempre en comunidad, porque vuestra vocación es precisamente para los migrantes que se agrupan. Sentíos migrantes. Sentíos, sí,  migrantes frente a las necesidades,  migrantes ante el Señor, migrantes entre vosotros. Y de ahí  la necesidad de agruparse.

Estas tres cosas me vinieron en mente mientras Usted hablaba. Estas ideas que tal vez puedan ayudaros. Gracias por todo lo que hacéis. Sois un ejemplo. Y también sois valientes, porque a menudo vais más allá de los límites, os arriesgáis. Y arriesgarse es también una característica del migrante. Se arriesga. A veces también arriesga su vida. Y esto es algo que ayuda: valientes, se arriesgan. La prudencia en vosotros  tiene otro matiz respecto a la prudencia de un monje de clausura: son prudencias diferentes. Ambas virtudes, pero con matices diferentes. Arriesgar.

Todavía queda algo de tiempo. No sé si alguien quiere hacer algunas preguntas para enriquecer la reunión. ¡Adelante!

Primera pregunta de un Scalabriniano [en italiano]:

Santo Padre, antes que nada quisiera darle las gracias por este encuentro, -aunque el Superior General ya lo ha hecho-, darle las gracias en nombre de tantos migrantes que me han pedido hoy que le diga que le quieren mucho. Queremos darle las gracias por todas las enseñanzas, especialmente  por todo lo que hace – lo recordaba hoy el Superior – y también pedirle que nunca se canse de pedir a la Iglesia y a los scalabrinianos, especialmente hoy, que sean “evangelizadores con Espíritu”, como ha dicho muy bien en la Evangelii gaudium y en la Gaudete et exsultate. Gracias y pídanos siempre esto.

Papa Francisco:

Gracias a ti. ¿Otro valiente?

Pregunta de un scalabriniano  [en italiano]:

Santidad, desde su perspectiva, que es universal, ¿dónde deberíamos ir?

Papa Francisco:

No sois tan numerosos para ir donde se necesita: hoy hay necesidad en todas partes. La elección de los lugares se hace con discernimiento, discernimiento ante el Señor y ante las necesidades del mundo. Y no es fácil, no es fácil elegir. Hay dos palabras que quizás me ayuden a responderte. Una es siempre el magis: cada vez más, cada vez más, porque Dios te atrae así. Caminar más, caminar sin cansarse de ir más allá, hacia nuevas fronteras. Esta es una dimensión de una buena elección. Y la otra es una frase que dice Santo Tomás en la primera parte de la Summa Teologica; un “lema”, en latín es: ” Non coerceri a maximo, contineri tamen a minimo divinum est “. “Cosa divina es no estar ceñido por lo más grande y, sin embargo, estar contenido entero en lo más pequeño”. Y no es fácil, elegir en esta tensión: ” Non coerceri a maximo ” no, tener el horizonte, sin asustarse, pero “contineri tamen a minimo “: “cosa divina es”. Y Dios lo hace, porque Dios es el Dios del universo, de la historia de la salvación, es el Maximus. Él es el Dios del sacrificio de la cruz: el máximo del amor. Y también es el Dios que cuida de cada persona, de lo “mínimo”: puede abrir la puerta del Paraíso a un ladrón.

Con estos dos criterios: el magis, y también esta tensión, creo que se pueden tomar buenas decisiones.

Y una buena decisión es la capacidad de despedirse. Esto no os pasa solamente a vosotros, a todos. Cuando llega el momento en que Dios pide, por obediencia a Él,  o por  obediencia a los superiores, despedirse, hacerlo. Despedirse no es fácil. Hay algunas despedidas buenas: ¡Usted está contento de despedirse del puesto  de superior general, hoy! Es feliz. Pero despedirse es difícil, porque uno se acostumbra al trabajo, se acostumbra a la comunidad, se acostumbra al pueblo, se acostumbra… Y decir que no y volver atrás… se necesita valor y se necesita santidad para hacerlo bien. Capacidad para despedirse cuando es la voluntad de Dios, ya sea por obediencia, o por otras razones, o por la inspiración, que te dice: “basta”. Esto ayuda a tomar buenas decisiones. No sé si he contestado, pero esos dos principios ayudarán bastante.

Pregunta de un scalabriniano (en español)

Yo soy de aquí, crecí en los Estados Unidos desde cuando tenía 16 años y ahora trabajo con los migrantes latinos especialmente los mexicanos. El dolor más grande es cuando ellos no pueden regresar a enterrar a sus papás, después de 20 años en los Estados Unidos. Me gustaría un mensaje para ellos…

Papa Francesco:

Probablemente es la obra de misericordia que menos se entiende. Y la que, me permito la palabra, menospreciamos más: enterrar a los muertos. La menospreciamos porque generalmente mueren viejos y uno dice, bueno, por fin dejó de sufrir y por fin dejó de ser una preocupación para mí. Y todos los egoísmos que se juntan ahí.

Perdonad estoy hablando en español…

Pero cuando nos encontramos ante esta gente que sufre porque no puede ir a enterrar a sus padres, nos encontramos ante la grandeza de nuestro pueblo fiel, porque detrás de esto no solo está la obra de misericordia, sino el cuarto mandamiento, y el pueblo fiel de Dios ama el cuarto mandamiento. Tiene olfato para saber que también hay una bendición allí. Los católicos que no son tan fieles, aquellos a quienes les gusta mirar hacia adelante, pueden sentirse tentados de olvidar a sus padres y no estar con ellos. Una vez, explicando los mandamientos – yo era un niño – mi abuela me contó una historia: Había una familia muy católica, muy buena… El abuelo viudo vivía con ellos, pero al final el abuelo envejeció demasiado y en la mesa se manchaba la ropa, se le caía la sopa o el puré. Y en un momento dado, el padre decidió y les explicó a los niños que, para  poder invitar a sus amigos, el abuelo habría comido solo en la cocina. Y compró la mesa para el abuelo: bien hecha, de buena calidad, pero  estaba solo. Para que la familia pudiera comer sin esta cosa que no era tan bonita. Unos días después, al regresar del trabajo, el padre encontró al hijo más pequeño con un martillo, algunos clavos y algunos tacos de madera con los que estaba trabajando. “¿Qué estás haciendo?” – “Estoy haciendo una mesa” – “¿Pero por qué una mesa?” – “Para ti, para poder usarla cuando seas viejo”. Nunca olvidé esto. Una historia, una historia que atañe a lo que dijiste: el amor por los padres. Y el pueblo fiel de Dios ama a sus padres, ama a los ancianos. La sociedad actual, en general, esta cultura, corre el riesgo de considerar a los ancianos como material de descarte. Cuando no los deja ir con tantas formas de eutanasia enmascarada, como las de no darles los medicamentos  apropiados, o darles menos  porque son caros, y por eso  se mueren antes. Todos también tenemos abuelos espirituales, padres espirituales, incluso en la congregación. Tu pregunta me sugiere: ¿Vuestros padres espirituales en la congregación están bien cuidados? ¿Hacéis todo lo posible para que vivan en la comunidad el mayor tiempo posible, o estáis demasiado preocupados por enviarlos a la residencia lo antes posible? Perdonadme, ¡pero fuiste tú quien puso el dedo en la llaga!

Pregunta de un scalabriniano (en español)

Desde Centroamérica unas palabras nada más. Estando en misión en Guatemala. En este momento Centroamérica llora, Centroamérica clama. Y encontramos muestras de acogida, muestras de cerrazón, muchas de estas muestras de los mismos laicos comprometidos. La Iglesia comienza a abrir sus puertas más, algunos en sus obispos, gracias a Sus palabras y al empuje que está dando. La nuestra mayor tentación es no sentirnos escuchados por Dios ante tanto sufrimiento y tanto clamor, y traerle este clamor a Usted aquí que sé que lo sabe, que lo siente. Y un agradecimiento desde Centroamérica por sus palabras de aliento, sus palabras de fuerza. Gracias, Su Santidad.

Papa Francisco:

Gracias a tí. Yo entiendo esa tentación, la entiendo. Es una tentación, pero hay que llamar, llamar, llamar sin cansarse. Pero en comunidad, todos, todos juntos. Hacerlo juntos. Cada uno. Cada uno, pero sabiendo que toda la comunidad reza por este pueblo que sufre tanto.

Pregunta de un scalabriniano (en español)

Muchas gracias Santidad. Soy un colombiano por allá perdido en servicio de liderazgo en Australia y Asia donde el Señor nos está bendiciendo con los números de vocaciones. Una gran bendición para nuestra congregación. Un mensaje para nuestros seminaristas, no sólo asiáticos sino toda la congregación y a ese pueblo de Oriente.

Papa Francisco [en español]:

Bueno, un poco diría resumiendo lo que les dije, que sean migrantes primero para poder trabajar con los migrantes. Migrantes de Dios, migrantes con la comunidad, migrantes de un pueblo, que se sientan en camino, en camino. Y con lo de ser migrantes de Dios que lleven a la oración cosas concretas: que la oración es para pelear, para pelear con Dios! Y si uno pelea, saca las cosas. Deciles eso: que tengan coraje.

Ahora, vamos a rezar a la Virgen: “Dios te salve, María…”

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