Reflexión para el IV Domingo de Adviento

IV DOMINGO DE ADVIENTO
(Año C)

RENACER EL FRUTO

✠ Francisco CERRO CHAVES
Obispo de Coria-Cáceres

0rar es caminar hacia el Portal

Este Evangelio de Lucas nos recuerda la Visitación de María a Isabel. En mis peregrinaciones a Tierra Santa siempre he visitado lo que según la tradición fue el lugar llamado Ain-Karem, aunque no lo nombra el Evangelio. Se encuentran dos mujeres embarazadas. Dos corazones que aman los proyectos de Dios y que cada una se ha visto envuelta en el misterio del Amor que salva. Una ha concebido en su vejez, otra ha concebido virginalmente “por obra y gracia del Espíritu Santo”. ¡Dónde reside el misterio de este evangelio cercana es la Navidad!

Recorrer deprisa el camino que conduce a la caridad. María no se queda en el éxtasis de su ser Madre del Mesías, del Señor, sino es el mismo Espíritu Santo, lo que es una especie como de procesión de Corpus Christi, lo lleva a los montes de Judea a servir a Isabel.

La grandeza de María, como dice su parienta Isabel es su fe: “Dichosa tú que has creído”. Es la fe la que nos hace siempre felices. Es la fe la que nos llena el corazón de dicha. Quizás cuando los hombres son menos creyentes, es cuando asoma más la tristeza en su corazón, cuando nuestra vida se llena de un fe viva y esperanzada, nos sentimos bienaventurados y felices porque como María “hemos creído”  en el Amor del Señor, que siempre ha estado grande con nosotros.

Creer en que lo que ha dicho el Señor se cumplirá, es lo mismo que creer en el Dios de lo imposible, y es el camino que va a recorrer junto con San José, como peregrina de la fe, a Belén. Los caminos que recorre la Madre de Dios son siempre caminos de esperanza, caminos tejidos de una fe que se recorren poniendo la mirada en el Dios de la vida y sabiendo que el Señor nos hace felices, inmensamente felices cuando nos fiamos de su Corazón.

María sube a la aldea de Judá con el ardiente amor de servir a Isabel que le habían comunicado que esperaba un hijo en su vejez, a Juan Bautista. Su padre, Zacarías, esposo de Isabel tuvo en el templo esa revelación del nacimiento de este niño. A la Virgen fue el arcángel Gabriel que en su casita de Nazaret le anuncia de parte de Dios que Jesús nacerá de su seno virginal. Ella acepta y confía, contempla y camina. Sabe que siempre el Amor de Dios  ha estado a su favor porque “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”.

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