Reclamo e invitación del tiempo cuaresmal como camino a la Pascua

«RECONCILIAOS CON DIOS»

«Ahora es tiempo favorable» (2 Cor 5, 20-6, 2),
reclamo e invitación del tiempo cuaresmal como camino a la Pascua

Roberto GUTIÉRREZ GONZÁLEZ, OCD
Liturgista

«La Cuaresma es el gran tiempo de preparación a la Pascua. La Iglesia nos invita a aprovechar este «tiempo favorable» y a prepararnos para la celebración del Misterio Pascual de Jesucristo. Por eso, la Cuaresma puede corresponder a un «retiro espiritual» vivido por toda la Iglesia, porque es un itinerario penitencial, bautismal y pascual».

Seguramente, cuando oímos hablar de la Cuaresma, se empieza a pensar solo en ayuno, abstinencia, limosna, penitencia, austeridad…; y, a primera vista, da la impresión como si fuera un tiempo triste, pero tenemos que dejar nuestros prejuicios atrás y hacer nuestras las palabras del prefacio I de Cuaresma: «Concede a tus fieles anhelar, año tras año, con el gozo de habernos purificado, los sacramentos pascuales, para que, dedicados con mayor entrega a la oración y a la caridad fraterna, por la celebración de los misterio que nos dieron nueva vida, lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios».

La Cuaresma que nosotros celebramos, podríamos decir que es una síntesis entre lo ascético y lo sacramental. Por una parte, está la preparación de los catecúmenos al bautismo, la llamada penitencial pública y la preparación de toda la comunidad cristiana para la Pascua.

La Cuaresma es un sacramento puesto a disposición de toda la comunidad cristiana para que reaviva y renueve cada año el misterio pascual, el paso de la muerte a la vida.

Es esta dimensión pascual y bautismal la que el Concilio Vaticano II quiso manifestar cuando habló de la Cuaresma,

Esta es la correspondiente cita conciliar: «Puesto que el tiempo cuaresmal prepara… para celebrar el misterio pascual, sobre todo mediante el recuerdo o la preparación del bautismo y la penitencia» (cf. SC 109).

Orígenes

Los primeros cristianos solo tenían una fiesta: el domingo; pero las comunidades cristianas enseguida sintieron la necesidad de celebrar un día al año, con mayor solemnidad, la Pascua del Señor. Ese día vendría a corresponder, más o menos, con los días de la muerte y resurrección del Señor. Esta solemne celebración enseguida suscitó una preparación, que inicialmente se limitó a dos días (Viernes y Sábado Santo), luego ya fue una semana, pronto tres, luego cinco… y finalmente quedó en cuarenta días.

Podemos afirmar que el origen de la Cuaresma tiene lugar durante el siglo IV, según el testimonio de Eusebio de Cesarea (332): «Celebrando, pues, la fiesta del tránsito, nos esforzamos por pasar a las cosas de Dios, lo mismo que en otro tiempo los de Egipto atravesaron el desierto… Antes de la fiesta, como preparación, nos sometemos al ejercicio de la Cuaresma, imitando el celo de los santos Moisés y Elías». En este mismo siglo, se consolida, tanto en Oriente como en Occidente, aunque luego en la Edad Media, varía el número de días.

Estructura cuaresmal actual

En la actualidad el tiempo de Cuaresma dura desde el Miércoles de Ceniza hasta las primeras horas de la tarde del Jueves Santo. La misa de la Cena del Señor pertenece ya al Triduo pascual.

La Cuaresma contiene cinco domingos y el Domingo de Ramos en la pasión del Señor. Los días feriales avanzan independientemente de los domingos, aunque su temática litúrgica guarda cierta relación con ellos.

El Concilio Vaticano II insistió en la acentuación de los elementos bautismales de la Cuaresma. Así, el Leccionario dominical contiene tres ciclos de lecturas, pero se ha querido que el ciclo «A» venga a ser como el prototipo de lo que debe ser este tiempo litúrgico. Los dos primeros domingos (I y II) los temas tradicionales son los de las tentaciones del Señor y de la transfiguración, comunes a los tres ciclos, recuperando para los domingos (III, IV y V) los evangelios clásicos de la Cuaresma catecumenal: la samaritana, el ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro. Estos Evangelios en los ciclos «B» y «C» se ocupan de otros aspectos del misterio pascual y de la llamada a la conversión.

El Domingo de Ramos se centra en la proclamación de la pasión del Señor, proclamada cada años según un evangelista sinóptico.

Las lecturas del Antiguo Testamento de todos los domingos forman entre sí, dentro de cada uno de los ciclos, unas series dotadas de fisonomía propia, presentando de forma especial distintos momentos de la historia de la salvación.

La Cuaresma concluye con cuatro ferias dentro de la Semana Santa, que vienen a ser como de carácter introductorio a la celebración de la Pasión del Señor, excluyendo la Misa Crismal, donde se bendicen y consagran los óleos en la mañana del Jueves Santo.

Significados cuaresmales

«La llevará al desierto y le hablaré al corazón», frase del profeta Oseas (Os 2, 14), expresa el significado de la Cuaresma. Toda la estructura cuaresmal exigirá desde el principio un enfoque peculiar de este tiempo de preparación a la Pascua. El ayuno cuaresmal -de cuarenta días- tendrá desde su mismo comienzo unas connotaciones propias, en parte, por la misma significación simbólica del número cuarenta.

Así es de destacar que en toda la tradición occidental inicia la Cuaresma con la lectura del evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto. De ahí, vemos la importancia que tiene el tema del desierto y de la cuarentena para la interpretación global del conjunto de la Cuaresma. Podemos decir que el tiempo cuaresmal es, ante todo, una experiencia de desierto. En la liturgia hispánica, al iniciar la celebración del primer domingo de Cuaresma, se les recordaba a los fieles y se les invitaba a imitar el ejemplo de los antiguos padres, haciendo referencia a Moisés y Elías, los cuales nos enseñaron a santificar la Cuaresma con el ayuno y la oración.

La Cuaresma es pues, una experiencia de desierto. No es que nos tengamos que desplazar a un lugar geográfico. Me refiero a un tiempo privilegiado, un tiempo de gracia, por la experiencia del desierto es un don de Dios. Es Dios quien nos conduce. Es el Espíritu quien conduce a Jesús, pero es el mismo Espíritu quien conduce a la comunidad cristiana a emprender el camino cuaresmal.

Es cierto que el desierto es un lugar hostil, lleno de dificultades. Por ello, la lucha y el combate espiritual, al constatar la propia realidad de miseria y de pecado. Pero los cristianos que recorren con serenidad, con ilusión y valentía el desierto cuaresmal, compartirán, sin duda, con Cristo la victoria sobre la muerte y sobre el pecado.

Pero además, la Cuaresma es un tiempo especialmente idóneo para el encuentro con Dios en la oración. Esta referencia a la oración aparece en los textos del Antiguo Testamento. El encuentro personal con Dios es una llamada a la oración silenciosa y contemplativa, a la lectura reposada de la Palabra de Dios. El encuentro con Cristo hará que brote la conversión.

Ya san Juan de la Cruz escribió que el inicio de la vida espiritual es «caer en la cuenta» del amor de Dios, que precede cualquier posible decisión nuestra. Explica que solo comprendiendo que Él nos ha criado para sía solo y nos ha rodeado de mil manifestaciones de amor desde antes incluso de nuestro nacimiento, podemos salir de nosotros mismos y entrar en comunión de amor con Él. El peligro del hombre consiste siempre en quedarse encerrado en sí mismo.

Juan de la Cruz nos invita a descubrir unos ojos que nos miran, unas palabras que se nos dirigen, un corazón que nos ama antes de cualquier posible decisión nuestra.

Santa Teressa de Jesús también escribió: «Si no conocemos lo que hemos recibido, no nos despertaremos a amar». Este es nuestro reto: descubrir que el amor de Dios por cada uno de nosotros, nos capacita para darle una respuesta de amor.

Este tiempo cuaresmal, con su marcado acento penitencial, no tanto corporal, sino interior, que nos invita a esa conversión del corazón. Porque la verdadera conversión a Dios nos tiene que llevar a una apertura desinteresada hacia las obras de misericordia: dar limosna al los pobre, visitar enfermos, defender a los débiles…, en una palabra, una lucha contra el egoísmo y una apertura a la fraternidad.

La Cuaresma ha servido para la preparación inmediata de los catecúmenos antes de recibir el bautismo en la noche de Pascua. Este hecho ha marcado la Cuaresma, dándole un matiz peculiar y un enfoque espiritual de inspiración bautismal.

Comencemos nuestro camino por el desierto con buen ánimo, y así llegaremos a la tierra prometida de la Pascua. Volvamos a la casa del Padre llevando en e corazón la confesión de nuestras culpas, como el hijo pródigo, que después de desandar el camino vuelve a la casa paterna.

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