Semana Santa: contemplar a Cristo, crucificado y vencedor

SEMANA SANTA: CONTEMPLAR A CRISTO, CRUCIFICADO Y VENCEDOR

Alfonso BERLANGA GAONA
Liturgista

Es legítimo acercarse a los acontecimientos agridulces de la Semana Santa para revivirlos. El testimonio sobre de los evangelios da elementos suficientes para reconstruir la última semana antes de la Pasión. Se combina el entusiasmo de las muchedumbres en su entrada a la Ciudad Santa (Mc 11, 1-10) o al escuchar sus palabras (Mc 12, 1-40), con la animadversión de las clases religiosas (Lc 19, 47-48); los momentos de soledad (Lc 21, 37-38) o de intimidad en Betania (Jn 12, 1-11)… Un acercamiento historicista a estas jornadas del Crucificado ha ayudado a generaciones de bautizados a considerar el amor de Dios por nosotros.

La tradición litúrgica de la Iglesia propone un camino profundo y rico; no es menos legítima la vía de la anamnesis, es decir, de la presencia viva y operante de esos misterios de la vida de Cristo, de cuya participación ritual nos divinizamos.

Veamos algunos signos litúrgicos que nos llevan de la mano a una vivencia adecuada y a una comprensión de la Hora de Jesús en perspectiva pascual: de pasión y de victoria.

El Domingo de Ramos

La liturgia actualiza cada año esta solemne entrada en el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor. De este modo procesional «la Iglesia recuerda la entrada de Cristo, el Señor, en Jerusalén para consumar su Misterio Pascual» (Misal Romano). Se intuyen los elementos contrastantes de este episodio mesiánico: las aclamaciones triunfales, los cantos y los ramos de olivo que se confrontarán con el escándalo de la Cruz. Es un rito que procede de dos familia litúrgicas: la de Jerusalén que revivía in situ la entrada en la Ciudad Santa (así lo cuenta una peregrina llamada Egeria, siglo IV), y la de Roma, donde los fieles se reunían junto a su obispo para leer la Pasión y escuchar la homilía (siglo V). La fusión de las dos tradiciones tuvo lugar en Hispania (siglo VII) y aparece después en Roma (siglo XI).

En esta celebración la asamblea no permanece estática: va en procesión acompañando al que preside; el color rojo de las vestes litúrgicas le anuncia el sufrimiento del mártir, y las palmas, su triunfo. Un encuadre significativo, una celebración anticipada del Viernes Santo.

Lunes, Martes y Miércoles

Fueron jornadas de enorme intensidad para Jesús. Pero la Iglesia no vive así se celebración eucarística: las antífonas de entrada de estos días se dirigen a Dios con un tono directo y confiado: «Pelea, Señor, contra los que me atacan (…), levántante y ven en mi auxilio, Señor Dios» (Sal 34); «No me entregues, Señor, a la saña de mis adversarios» (Sal 26). Es el grito de Cristo al Padre a través de los salmos, que son la experiencia orante de Israel; la asamblea litúrgica se adhiere a esa aclamación. Pero ya el miércoles, a las puertas del Santo Triduo, el himno de Filipenses marca un tono llamativamente triunfante: «Al nombre de Jesús toda rodilla se doble (…); por eso es Señor, para gloria de Dios Padre». De nuevo, pasión y victoria.

Hay además otro texto propio de estos tres días: el Prefacio II de la Pasión del Señor. Inspirado en una homilía de san León Magno, en él se proclama la cercanía de la Pascua y el sentido de si victoria: «Se acercan ya los días de su pasión salvadora y de su resurrección gloriosa; en ellos se actualiza su triunfo sobre la soberbia del antiguo enemigo y celebramos el misterio de nuestra redención». La muerte de Cristo debe ser vista a la luz de la resurrección, como un sacrificio de suave olor (Ef 5, 2): tal como sucedía en los sacrificios antiguos de Israel, la ofrenda era aceptada por el fuego del cielo. Es el triunfo sobre Satanás, que el Apocalipsis adjudica al Cordero: su sangre es la fuerza en la lucha contra el Tentador (Ap 12, 11), causa de liberación de los creyentes (Ap 5, 9) y la limpieza que purifica los vestidos (Ap 7, 14).

Jueves Santo

El Triduo pascual comienza con la Misa vespertina de la Cena del Señor. El evangelista Juan testimonia el recogimiento y la intimidad del Cenáculo. Hasta este momento las palabras clave de su relato habían sido los «signos» (o milagros), la «luz» y la «vida»; ahora prevalece el «amor”. El corazón de Cristo se desborda en unos gestos expresivos –recogidos solo en su evangelio– como son el lavatorio de pies y la oración sacerdotal (Jn 13, 17). En esa atmósfera se revela la eucaristía, cuya institución Juan –a diferencia de los Sinópticos– silencia.

En esta celebración resplandece el “hoy” más fuerte de todo el año litúrgico en la tradición romana: «El cual [Jesucristo], en la víspera de padecer por nuestra salvación, esto es “hoy”» (Canon romano). No es un recuerdo personal de lo bueno que fue Jesús, sino una toma de conciencia de que estamos reviviendo (por contacto vicario con los signos y palabras que Él eligió) la entrega del mismo cuerpo ofrecido y de la misma sangre derramada. Las palabras de Jesús –que en cada celebración el sacerdote repite con el cuerpo un poco inclinado– traerían a la memoria de los apóstoles las profecías de Isaías y de Jeremías: veían realizarse en Jesús la figura del Siervo de Yahvéh (que salvará a muchos) y la nueva alianza en sus corazones.

De nuevo la asamblea procesiona acompañando al Santísimo sacramento hasta el lugar de la Reserva. Este no debe asemejarse por su forma o disposición a un sepulcro. Todos los honores acompañan el traslado: los cirios, el incienso y los cantos de los fieles. No es un lugar de muerte, sino de custodia del que vive, de adoración del pueblo de la Alianza.

Viernes Santo

Por el testimonio de Egeria (siglo IV) conocemos la adoración de la Vera Cruz en Jerusalén el viernes por la mañana; costumbre que pasa a Hispania en el siglo VII y a la liturgia papal un siglo después. Es una adoración de toda la comunidad vivida siempre con un sentido de homenaje: en Roma una reliquia de la preciosa Cruz era llevada procesionalmente por un diácono desde la basílica de Letrán hasta la iglesia de la Santa Cruz; la precedía el Papa –con los pies desnudos, con humildad–, portando un incensario humeante. Llegados al altar, el Papa descubría le reliquia, la adoraba y la besaba. Lo mismo hacían a continuación los sacerdotes y todo el pueblo. Aunque la veneración comenzó en silencio, paulatinamente fueron entrando algunos cantos que conservamos todavía hoy: el himno Crux fidelis (Fortunato) o la antífona Crucem tuam adoramus. A continuación tenía lugar la Liturgia de la Palabra y la Comunión, aunque el orden y este último rito oscilaron según la época. En las iglesias locales que no poseían la reliquia de la Santa Cruz se extendió la costumbre de venerar una simple cruz.

La reforma de la Semana Santa, tras el Concilio Vaticano II, no modificó la estructura de la celebración del Viernes Santo, pero sí su contenido bíblico y eucológico. El rito anterior a la reforma de Pío XII subrayaba el duelo de este día con el color de las vestes: normalmente negras o moradas. Pablo VI recupera el rojo, signo de la realiza de Cristo, primer Mártir, vencedor de la muerte. La ostensión de la cruz, tal como la prescribe el Misal actual, reviste dos modalidades: o según el modelo antiguo de desvelar la cruz progresivamente al canto del Ecce lignum crucis, o la novedosa entrada del madero desde el fondo de la iglesia acompañada del mismo canto. No se hace obligatoria la costumbre de que el celebrante se descalzara y se quitara la capa pluvial (ahora casulla): estos gestos quedan pro opportunitate. Las tres antiguas genuflexiones se reducen a una sola, o incluso a algún otro gesto de adoración según los usos del lugar, con un beso. Cuando han adorado los ministros ordenados y una parte de los fieles, el sacerdote puede tomar la cruz en medio del altar (única cruz para ser venerada) y presentarla a los fieles, exhortándolos brevemente a adorarla en silencio.

Sábado Santo: silencio

El silencio es el protagonista del Sábado Santo: Cristo yace en el sepulcro, los fariseos y todo el pueblo están desconcertados con algunos episodios acaecidos a raíz de la muerte de Jesús, mientras los discípulos se encuentran desaparecidos, quizá encerrados temiendo la persecución.

La Iglesia ultima la preparación de los catecúmenos que renacerán del agua y del Espíritu Santo esa misma noche, con los ritos para la preparación inmediata: la recitación del Símbolo, que les recuerda su compromiso evangelizador, y el rito del Effetá (Ábrete) que les abren los sentidos para escuchar con provecho sobrenatural la Palabra de Dios. La liturgia de las horas será la voz de la Esposa que, junto a la Madre de Jesús, espera confiada en la promesa de Jesús al tercer día.

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