Reflexión para el XXIX Domingo del tiempo ordinario

XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(Ciclo C)

DÍA Y NOCHE

✠ Francisco CERRO CHAVES
Obispo de Coria-Cáceres

Volvemos a uno de los temas preferidos de Lucas, la oración de los pobres, la oración de intercesión pues solo piden los necesitados de verdad. Jesús es el intercesor ante el Padre. No solo como Moisés con las manos en alto, sino con su Corazón, donde tienen resonancias todas nuestras necesidades.  

Es necesario descubrir las tres claves de la oración de petición que nos da Lucas.

Primero, orar de día y de noche. Sin desfallecer. Es la constancia de pedir y de interceder lo que vuelve loco el Corazón de Dios. Son muchos los hombres y mujeres de ayer y de siempre que sienten una profunda llamada a orar sin desfallecer de día y de noche. Es la profunda intercesión del pobre Lázaro, del publicano que ora desde la pobreza y sin juzgar; es la oración de la Madre de Dios que proclama que Dios escucha y alza de la basura al pobre. Orar de día y de noche es la oración de quien se siente rematadamente pobre y necesita de todo.

La segunda clave es orar como la viuda que pide justicia e insiste con la convicción de que será escuchada aunque no sea más que por lo pesada y continúa que es su petición. Sabe que Dios hace justicia a los que le invocan de día y de noche. La insistencia es confianza en que seremos escuchados. Dios no se desentiende del pobre y abatido que se estremece ante sus palabras. El ejemplo de Jesús es siempre muy esclarecedor. La perseverancia y constancia revisten a nuestra oración de petición de la esperanza de saber esperar. 

En la última clave Jesús habla de fe, de saber si cuando llegue el final de los tiempos el Señor encontrará esta fe en esta tierra. Es siempre como María creer en el Dios de lo imposible. Es vivir en el asombro de que el Señor se estremece con la ternura de nuestra constancia. Es vivir con la esperanza de que la oración de petición que es la oración de nuestra pobreza vuelve loco el Corazón del Señor, cuando volvemos una y otra vez constantemente y sin desfallecer. Es ganarse de cuajo al Señor porque nada ni nadie nos puede apartar de la convicción de la bondad de su Corazón.

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