Llenos de gozo

Jueves, 16 de abril de 2020

Introducción

En estos días me han regañado porque olvidé dar las gracias a un grupo de personas que también trabaja… He manifestado mi agradecimiento a los médicos, enfermeros, voluntarios… “Pero usted se ha olvidado de los farmacéuticos”: ellos también trabajan duro para ayudar a los enfermos a salir de la enfermedad. Recemos también por ellos.


Homilía del Santo Padre Francisco
Jueves de la Octava de Pascua

En estos días, en Jerusalén, la gente albergaba muchos sentimientos: miedo, asombro, duda. “En aquellos días, como el tullido curado no soltaba a Pedro y a Juan, toda la gente, presa de estupor…” (Hch 3,11): hay un ambiente no pacífico porque sucedían cosas que no se entendían. El Señor había estado con sus discípulos. Ellos también sabían que ya había resucitado, también Pedro lo sabía porque había hablado con él esa mañana. Los dos que habían regresado de Emaús lo sabían, pero cuando apareció el Señor se asustaron. “Sobresaltados y asustados, creyeron ver un espíritu” (Lc 24,37); habían tenido la misma experiencia en el lago cuando Jesús fue hacia ellos caminando sobre el agua. Pero en ese momento Pedro, haciéndose valiente, apostó por el Señor, dijo: “Si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas” (cf. Mt 14,28).

Este día Pedro estaba callado, había hablado con el Señor esa mañana, y nadie sabe lo que se dijeron en ese diálogo y por eso estaba callado. Pero tenían tanto miedo, estaban turbados, que creyeron haber visto un fantasma. Pero él les dice: “¿Por qué os turbáis? ¿Por qué alberga dudas vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies…”, les muestra las llagas (cf. Lc 24,38-39). Ese tesoro que Jesús llevó al cielo para mostrárselo al Padre e interceder por nosotros. “Tocadme y mirad; un fantasma no tiene carne ni huesos”. Y luego hay una frase que me da mucho consuelo y por eso, este pasaje del Evangelio es uno de mis favoritos: “No acababan de creérselo a causa de la alegría…” (cf. Lc 24, 41), aún y estaban llenos de asombro, la alegría les impedía creer. Era tanta la alegría que “no, esto no puede ser cierto. Esta alegría no es real, es demasiada alegría”. Y esto les impedía creer. La alegría. Los momentos de gran alegría. Estaban desbordados de alegría pero paralizados por la alegría. Y la alegría es uno de los deseos que Pablo envía a los suyos de Roma: “Y el Dios de la esperanza os colme de alegría” (cf. Rm 15,13), les dice. Llenar de alegría, desbordar de alegría. Es la experiencia del consuelo más alto, cuando el Señor nos hace comprender que esto es diferente a ser alegre, positivo, brillante… No, es otra cosa. Ser dichoso… lleno de alegría, una alegría desbordante que nos toca realmente. Y por esto, Pablo les desea a los Romanos que “el Dios de la esperanza os colme de alegría”. Y esa palabra, esa expresión, llenar de alegría se repite, muchas, muchas veces. Por ejemplo, cuando sucede lo de la prisión y Pablo salva la vida del carcelero que estaba a punto de suicidarse porque se habían abierto las puertas con el terremoto y luego le anuncia el Evangelio, lo bautiza, y el carcelero, dice la Biblia, estaba “se regocijó” de haber creído (cf. Hch 16,29-34). Lo mismo sucede con el ministro de economía de Candace, cuando Felipe lo bautizó, desapareció, siguió su camino “gozoso” (cf. At 8,39). Lo mismo sucedió en el día de la Ascensión: los discípulos regresaron a Jerusalén, dice la Biblia, “con grande gozo” (cf. Lc 24,52). Es la plenitud del consuelo, la plenitud de la presencia del Señor. Porque, como dice Pablo a los Gálatas, “el gozo es fruto del Espíritu Santo” (cf. Gal 5,22), no es la consecuencia de emociones que estallan por algo maravilloso… No, es más. Este gozo, el que nos llena es el fruto del Espíritu Santo. Sin el Espíritu no se puede tener esta alegría. Recibir la alegría del Espíritu es una gracia.

Esto me recuerda los últimos números, los últimos párrafos de la Exhortación Evangelii nuntiandi de Pablo VI (cf. 79-80), cuando habla de cristianos alegres, evangelizadores alegres, y no de aquellos que siempre viven decaídos. Hoy es un hermoso día para leerlo. Llenos de alegría. Esto es lo que la Biblia nos dice: “No acababan de creérselo a causa de la alegría…”, era tanta que no creían. Hay un pasaje del libro de Nehemías que nos ayudará hoy en esta reflexión sobre la alegría. El pueblo al regresar a Jerusalén encuentra el libro de la ley, se descubrió nuevamente —porque sabían la ley de memoria, pero no encontraban el libro de la ley—, una gran celebración y todo el pueblo se reúne para escuchar al sacerdote Esdras que leía el libro de la ley. El pueblo conmovido lloraba, lloraba de alegría porque había encontrado el libro de la ley y lloraba, estaba alegre, el llanto… Al final, cuando el sacerdote Esdras terminó, Nehemías le dijo al pueblo: “Estad tranquilos, no lloréis, conservad la alegría, porque la alegría en el Señor es vuestra fortaleza” (cf. Neh 8,1-12). Esta palabra del libro de Nehemías nos ayudará hoy. La gran fuerza que tenemos para transformar, para predicar el Evangelio, para seguir adelante como testigos de la vida es la alegría del Señor, que es fruto del Espíritu Santo, y hoy le pedimos que nos conceda este fruto.


Comunión espiritual

Las personas que no pueden recibir la comunión hacen ahora la comunión espiritual.

Creo, Jesús mío, que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo recibirte en mi alma. Ya que no puedo recibirte sacramentalmente ahora, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y como si te hubiese recibido, me abrazo y me uno todo a ti. No permitas que jamás me aparte de ti.

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