Subsidio para el rezo en familia en el II Domingo de Pascua

Subsidio para el rezo en familia

II DOMINGO DE PASCUA
o de la Divina Misericordia

El presente subsidio ha sido preparado por el equipo de Iglesiaactualidad.

INTRODUCCIÓN

Como ambientación previa, se puede entonar el siguiente canto:

Cristo resucitó, Aleluya.
La vida venció a la muerte, Aleluya.
Por toda la tierra canta
el pueblo de bautizados. Aleluya. Aleluya.

Guía:

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Todos:

Amén.

Guía:

Bendigamos al Dios de la vida,
que ha resucitado a Jesucristo,
rompiendo las ataduras
del pecado y de la muerte.

Todos:

Bendito seas por siempre Señor.

Guía:

Tu, Señor, amas a todas tus criaturas,
y no aborreces nada de lo que hiciste;
Tú olvidas los pecados de quienes se convierte
y los perdonas, porque tu eres el Señor, Dios nuestro.

Todos:

Gloria a ti, Padre, que nos amas con infinita ternura.
Gloria a ti, Hijo Unigénito que ofreces el perdón del Padre.
Gloria a ti, Espíritu Santo, amor derramado en nuestros corazones.
Bendito el Señor por los siglos.

Guía:

Señor, ten misericordia de nosotros.

Todos:

Porque hemos pecado contra ti.

Guía:

Muéstranos, Señor, tu misericordia.

Todos:

Y danos tu salvación.

Guía:

Oremos.
Oh, de misericordia infinita,
que reanimas, con el retorno anual de las fiestas de Pascua,
la fe del pueblo a ti consagrado,
acrecienta en nosotros los dones de tu gracia,
para que todos comprendan mejor
qué bautismo nos ha purificado,
qué Espíritu nos ha hecho renacer
y qué sangre nos ha redimido.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo y es Dios
por los siglos de los siglos.

Todos:

Amén.

LITURGIA DE LA PALABRA

Se recomienda leer las tres lecturas de la Liturgia de la Palabra para el II Domingo de Pascua (año A), aunque, si se estima conveniente, se puede leer únicamente el Evangelio. Las lecturas y el salmo pueden ser leídos por distintos miembros de la familia y el Evangelio por el guía de la oración.

Primera lectura (Hch 2, 42-47)

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

Los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones.

Todo el mundo estaba impresionado, y los apóstoles hacían muchos prodigios y signos. Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno.

Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando.

Salmo responsorial (Sal 117, 2-4. 13-15. 22-24)

R/.   Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.

V/.   Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.
Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia.   R/.
 

V/.   Empujaban y empujaban para derribarme,
pero el Señor me ayudó;
el Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.
Escuchad: hay cantos de victoria
en las tiendas de los justos.   R/.

V/.   La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Este es el día que hizo el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo.   R/.

Segunda lectura (1 Pe 1, 3-9)

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro.

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible, reservada en el cielo a vosotros, que, mediante la fe, estáis protegidos con la fuerza de Dios; para una salvación dispuesta a revelarse en el momento final.

Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas.

Evangelio (Jn 20, 19-31)

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en
medio y les dijo:

«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

«Hemos visto al Señor».

Pero él les contestó:

«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

«Paz a vosotros».

Luego dijo a Tomás:

«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Contestó Tomás:

«¡Señor mío y Dios mío!».

Jesús le dijo:

«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

MEDITACIÓN

(FRANCISCO, Alocución al rezo del Regina Coeli, 23 de abril 2017)

El Evangelio de hoy es la narración de la aparición de Cristo resucitado a los discípulos reunidos en el cenáculo (cf. Jn 20, 19-31). Escribe san Juan que Jesús, después de haber saludado a sus discípulos, les dijo: «Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados» (vv. 21-23). He aquí el sentido de la misericordia que se presenta precisamente en el día de la resurrección de Jesús como perdón de los pecados. Jesús resucitado, ha transmitido a su Iglesia, como primera misión, su propia misión de llevar a todos el anuncio concreto del perdón. Este es el primer deber: anunciar el perdón. Este signo visible de su misericordia lleva consigo la paz del corazón y la alegría del encuentro renovado con el Señor.

La misericordia a la luz de la Pascua se deja percibir como una verdadera forma de conocimiento. Y esto es importante: la misericordia es una verdadera forma de conocimiento. Sabemos que se conoce a través de muchas formas. Se conoce a través de los sentidos, se conoce a través de la intuición, a través de la razón y aún de otras formas. Bien, se puede conocer también a través de la experiencia de la misericordia, porque la misericordia abre la puerta de la mente para comprender mejor el misterio de Dios y de nuestra existencia personal. La misericordia nos hace comprender que la violencia, el rencor, la venganza no tienen ningún sentido y la primera víctima es quien vive de estos sentimientos, porque se priva de su propia dignidad. La misericordia también abre la puerta del corazón y permite expresar la cercanía sobre todo hacia aquellos que están solos y marginados, porque les hace sentirse hermanos e hijos de un solo Padre. Favorece el reconocimiento de cuantos tienen necesidad de consuelo y hace encontrar palabras adecuadas para dar consuelo.

La misericordia calienta el corazón y le hace sensible a las necesidades de los hermanos, a través del compartir y de la participación. La misericordia, en definitiva, compromete a todos a ser instrumentos de justicia, de reconciliación y de paz. No olvidemos nunca que la misericordia es la llave en la vida de fe, y la forma concreta con la cual damos visibilidad a la resurrección de Jesús.

PRECES

Guía:

Oremos a Dios Padre, por Jesucristo, su Hijo, resucitado de entre los muertos, que vive para siempre, intercediendo por nosotros.

Cada petición puede ser realizada por un miembro de la familia:

 Por la Iglesia, comunidad de los creyentes en Cristo, para que lo sea cada día más, y así irradie al mundo entero la alegría de la Pascua. Roguemos al Señor.

 Por todos los pueblos, por todas las naciones, para que la paz de Cristo, soplo del Espíritu, apague los odios, disipe los recelos y promueva un orden nuevo de convivencia. Roguemos al Señor.

 Por los que buscan y aún no han llegado a la fe, para que tengan la dicha de poder creer sin ver. Roguemos al Señor.

Por los enfermos y todos los que sufren, para que, asociados a la cruz de Cristo, sientan el consuelo de la presencia de Dios. Roguemos al Señor.

 Por nosotros, para que seamos más y mejores creyentes. Roguemos al Señor.

Se pueden incluir intenciones particulares.

ORACIÓN DOMINICAL

Guía:

En comunión con toda la Iglesia universal,
digamos la oración que el mismo Señor nos enseñó:

Todos:

Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.

CONCLUSIÓN

Guía:

Dios y Señor nuestro,
que en la resurrección de tu Hijo
nos has manifestado la fuerza de tu poder,
escucha nuestras súplicas
y concédenos la firmeza de la fe
para que seamos constantes en tu alabanza
y en el anuncio de la Buena Nueva del Evangelio.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Todos:

Amén.

Guía (mientras todos hacen la señal de la cruz):

El Señor nos bendiga,
nos guarde de todo mal
y nos lleve a la vida eterna.

Todos:

Amén.

CANTO A LA VIRGEN MARÍA

Para concluir, se puede entonar la siguiente antífona a la Virgen, u otro canto mariano:

Regina cæli, lætare; alleluia.
Quia quem meruisti portare; alleluia.
Resurrexit sicut dixit; alleluia.
Ora pro nobis Deum; alleluia.

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