Subsidio para el rezo en familia en el IV Domingo de Pascua

Subsidio para el rezo en familia

IV DOMINGO DE PASCUA

El presente subsidio ha sido preparado por el equipo de Iglesiaactualidad.

INTRODUCCIÓN

Como ambientación previa, se puede entonar el siguiente canto:

¡Aleluya, aleluya! Es la fiesta del Señor.
¡Aleluya, aleluya! El Señor resucitó.


Ya no hay miedo, ya no hay muerte,
ya no hay penas que llorar;
porque Cristo sigue vivo,
la esperanza abierta está.

Guía:

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Todos:

Amén.

Guía:

Bendigamos al Dios de la vida,
que ha resucitado a Jesucristo,
rompiendo las ataduras
del pecado y de la muerte.

Todos:

Bendito seas por siempre Señor.

Guía:

Tu, Señor, amas a todas tus criaturas,
y no aborreces nada de lo que hiciste;
Tú olvidas los pecados de quienes se convierte
y los perdonas, porque tu eres el Señor, Dios nuestro.

Todos:

Gloria a ti, Padre, que nos amas con infinita ternura.
Gloria a ti, Hijo Unigénito que ofreces el perdón del Padre.
Gloria a ti, Espíritu Santo, amor derramado en nuestros corazones.
Bendito el Señor por los siglos.

Guía:

Señor, ten misericordia de nosotros.

Todos:

Porque hemos pecado contra ti.

Guía:

Muéstranos, Señor, tu misericordia.

Todos:

Y danos tu salvación.

Guía:

Oremos.
Dios todopoderoso y eterno,
condúcenos a la asamblea gozosa del cielo,
para que la debilidad del rebaño
llegue hasta donde le ha precedido la fortaleza del Pastor.
Él, que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo y es Dios
por los siglos de los siglos.

LITURGIA DE LA PALABRA

Se recomienda leer las tres lecturas de la Liturgia de la Palabra para el IV Domingo de Pascua (año A), aunque, si se estima conveniente, se puede leer únicamente el Evangelio. Las lecturas y el salmo pueden ser leídos por distintos miembros de la familia y el Evangelio por el guía de la oración.

Primera lectura (Hch 2, l4a. 36-41)

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

El día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y declaró:

«Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».

Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:

«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?»

Pedro les contestó:

«Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro».

Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo:

«Salvaos de esta generación perversa».

Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.

Salmo responsorial (Sal 22, 1-3a. 3b-4. 5)

R/.   El Señor es mi pastor, nada me falta.

V/.   El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas.   R/.

V/.   Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.   R/.

V/.   Preparas una mesa ante mi,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa.   R/.

V/.   Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término.   R/.

Segunda lectura (1 Pe 2, 20-25)

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro.

Queridos hermanos:
Que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien,
eso es una gracia de parte de Dios.
Pues para esto habéis sido llamados,
porque también Cristo padeció por vosotros,
dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas.
Él no cometió pecado
ni encontraron engaño en su boca.
Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban;
sufriendo no profería amenazas;
sino que se entregaba al que juzga rectamente.
Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño,
para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia.
Con sus heridas fuisteis curados.
Pues andabais errantes como ovejas,
pero ahora os habéis convertido
al pastor y guardián de vuestras almas.

Evangelio (Jn 10, 1-10)

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

En aquel tiempo, dijo Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.

Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.

El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

MEDITACIÓN

(FRANCISCO, Alocución al rezo del Regina Coeli, 7 de mayo de 2017)

En el Evangelio de este domingo, (cf. Jn 10, 1-10), llamado “el domingo del buen pastor”, Jesús se presenta con dos imágenes que se complementan la una con la otra. La imagen del pastor y la imagen de la puerta del redil. El rebaño, que somos todos nosotros, tiene como casa un redil que sirve como refugio, donde las ovejas viven y descansan después de las fatigas del camino. Y el redil tiene un recinto con una puerta, donde hay un guardián. Al rebaño se acercan distintas personas: está quien entra en el recinto pasando por la puerta y quien «sube por otro lado» (v. 1). El primero es el pastor, el segundo un extraño, que no ama a las ovejas, quiere entrar por otros intereses. Jesús se identifica con el primero y manifiesta una relación de familiaridad con las ovejas, expresada a través de la voz, con la que las llama y que ellas reconocen y siguen (cf. v. 3). Él las llama para conducirlas fuera, a los pastos verdes donde encuentran buen alimento.

La segunda imagen con la que Jesús se presenta es la de la «puerta de las ovejas» (v. 7). De hecho dice: «Yo soy la puerta: si uno entra por mí, estará a salvo» (v. 9), es decir tendrá vida y la tendrá en abundancia (cf. v. 10). Cristo, Buen Pastor, se ha convertido en la puerta de la salvación de la humanidad, porque ha ofrecido la vida por sus ovejas.

Jesús, pastor bueno y puerta de las ovejas, es un jefe cuya autoridad se expresa en el servicio, un jefe que para mandar dona la vida y no pide a los otros que la sacrifiquen. De un jefe así podemos fiarnos, como las ovejas que escuchan la voz de su pastor porque saben que con él se va a pastos buenos y abundantes. Basta una señal, un reclamo y ellas siguen, obedecen, se ponen en camino guiadas por la voz de aquel que escuchan como presencia amiga, fuerte y dulce a la vez, que guía, protege, consuela y sana.

Así es Cristo para nosotros. Hay una dimensión de la experiencia cristiana que quizá dejamos un poco en la sombra: la dimensión espiritual y afectiva. El sentirnos unidos por un vínculo especial al Señor como las ovejas a su pastor. A veces racionalizamos demasiado la fe y corremos el riesgo de perder la percepción del timbre de esa voz, de la voz de Jesús buen pastor, que estimula y fascina. Como sucedió a los dos discípulos de Emaús, que ardía su corazón mientras el Resucitado hablaba a lo largo del camino. Es la maravillosa experiencia de sentirse amados por Jesús. Haceos una pregunta: “¿Yo me siento amado por Jesús? ¿Yo me siento amada por Jesús?”. Para Él no somos nunca extraños, sino amigos y hermanos. Sin embargo, no es siempre fácil distinguir la voz del pastor bueno. Estad atentos. Está siempre el riesgo de estar distraídos por el estruendo de muchas otras voces. Hoy somos invitados a no dejarnos desviar por las falsas sabidurías de este mundo, sino a seguir a Jesús, el Resucitado, como única guía segura que da sentido a nuestra vida.

PRECES

Guía:

La misericordia del Señor llena la tierra, la palabra del Señor hizo el cielo (Cf. Sal 32, 5-6). Oremos al Señor nuestro Dios, que nos ha confiado al cuidado de Jesucristo, su Hijo, el Buen Pastor.

Para que el papa, los obispos y todos los que tienen alguna misión pastoral sigan las huellas de Cristo, que está en medio de nosotros como el que sirve. Roguemos al Señor.

 Para que los gobernantes, en sus deliberaciones y decisiones, estén siempre atentos a las necesidades de sus pueblos, recogiendo sus justas aspiraciones. Roguemos al Señor.

 Para que nuestros jóvenes y los de los países de misión no tengan miedo a ser llamados por Dios y, siguiendo el ejemplo de los apóstoles, respondan con firmeza y confianza a la vocación. Roguemos al Señor.

 Para que todos nos sintamos responsables de la solicitud pastoral de la Iglesia. Roguemos al Señor.

 Para que todos nosotros sigamos con plena fidelidad y confianza a Jesucristo, sabiendo que él es nuestro auténtico Pastor, y que solo por él podemos llegar al Padre. Roguemos al Señor.

Se pueden incluir intenciones particulares.

ORACIÓN DOMINICAL

Guía:

En comunión con toda la Iglesia universal,
digamos la oración que el mismo Señor nos enseñó:

Todos:

Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.

CONCLUSIÓN

Guía:

Escúchanos, Señor;
que tu bondad y tu misericordia nos acompañen
todos los días de nuestra vida,
hasta que lleguemos a los pastos eternos,
conducidos por tu Hijo Jesucristo, Pastor y puerta del rebaño,
que vive y reina por los siglos de los siglos.

Todos:

Amén.

Guía (mientras todos hacen la señal de la cruz):

El Señor nos bendiga,
nos guarde de todo mal
y nos lleve a la vida eterna.

Todos:

Amén.

CANTO A LA VIRGEN MARÍA

Para concluir, se puede entonar la siguiente antífona a la Virgen, u otro canto mariano:

Regina cæli, lætare; alleluia.
Quia quem meruisti portare; alleluia.
Resurrexit sicut dixit; alleluia.
Ora pro nobis Deum; alleluia.

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