Subsidio para el rezo en familia en el VI Domingo de Pascua

Subsidio para el rezo en familia
o el rezo individual en casa

V DOMINGO DE PASCUA

El presente subsidio ha sido preparado por el equipo de Iglesiaactualidad.

INTRODUCCIÓN

Como ambientación previa, se puede entonar el siguiente canto:

Cristo resucitó, Aleluya.
La vida venció a la muerte, Aleluya.
Por toda la tierra canta
el pueblo de bautizados. Aleluya. Aleluya.

Guía:

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Todos:

Amén.

Guía:

Bendigamos al Dios de la vida,
que ha resucitado a Jesucristo,
rompiendo las ataduras
del pecado y de la muerte.

Todos:

Bendito seas por siempre Señor.

Guía:

Tu, Señor, amas a todas tus criaturas,
y no aborreces nada de lo que hiciste;
Tú olvidas los pecados de quienes se convierte
y los perdonas, porque tu eres el Señor, Dios nuestro.

Todos:

Gloria a ti, Padre, que nos amas con infinita ternura.
Gloria a ti, Hijo Unigénito que ofreces el perdón del Padre.
Gloria a ti, Espíritu Santo, amor derramado en nuestros corazones.
Bendito el Señor por los siglos.

Guía:

Señor, ten misericordia de nosotros.

Todos:

Porque hemos pecado contra ti.

Guía:

Muéstranos, Señor, tu misericordia.

Todos:

Y danos tu salvación.

Guía:

Oremos.
Dios todopoderoso,
concédenos continuar celebrando con fervor sincero
estos días de alegría
en honor del Señor resucitado,
para que manifestemos siempre en las obras
lo que repasamos en el recuerdo.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo y es Dios
por los siglos de los siglos.

Todos:

Amén.

LITURGIA DE LA PALABRA

Se recomienda leer las tres lecturas de la Liturgia de la Palabra para el VI Domingo de Pascua (año A), aunque, si se estima conveniente, se puede leer únicamente el Evangelio. Las lecturas y el salmo pueden ser leídos por distintos miembros de la familia y el Evangelio por el guía de la oración.

Primera lectura (Hch 8, 5-8. 14-17)

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría. Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que Samaría había recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y a Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por ellos, para que recibieran el Espíritu Santo; pues aún no había bajado sobre ninguno; estaban solo bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

Salmo responsorial (Sal 65, 1-3a. 4-5. 6-7a. 16 y 20)

R/.   Aclamad al Señor, tierra entera.

V/.   Aclamad al Señor, tierra entera;
tocad en honor de su nombre,
cantad himnos a su gloria.
Decid a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!».   R/.

V/.   Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre.
Venid a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres.   R/.

V/.   Transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos en él.
Con su poder gobierna eternamente.   R/. 

V/.   Los que teméis a Dios, venid a escuchar,
os contaré lo que ha hecho conmigo.
Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica
ni me retiró su favor.   R/.

Segunda lectura (1 Pe 3, 15-18)

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro.

Queridos hermanos:

Glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero con delicadeza y con respeto, teniendo buena conciencia, para que, cuando os calumnien, queden en ridículo los que atentan contra vuestra buena conducta en Cristo.

Pues es mejor sufrir haciendo el bien, si así lo quiere Dios, que sufrir haciendo el mal.

Porque también Cristo sufrió su pasión, de una vez para siempre, por los pecados, el justo por los injustos, para conduciros a Dios. Muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu.

Ebangelio (Jn 14, 15-21)

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».

MEDITACIÓN

(BENEDICTO XVI, Alocución al rezo del Regina Coeli, 29 de mayo de 2011)

En el libro de los Hechos de los Apóstoles se narra que, tras una primera violenta persecución, la comunidad cristiana de Jerusalén, a excepción de los Apóstoles, se dispersó en las regiones circundantes y Felipe, uno de los diáconos, llegó a una ciudad de Samaría. Allí predicó a Cristo resucitado y numerosas curaciones acompañaron su anuncio, de forma que la conclusión del episodio es muy significativa: «La ciudad se llenó de alegría» (Hch 8, 8). Cada vez nos impresiona esta expresión, que esencialmente nos comunica un sentido de esperanza; como si dijera: ¡es posible! Es posible que la humanidad conozca la verdadera alegría, porque donde llega el Evangelio, florece la vida; como un terreno árido que, regado por la lluvia, inmediatamente reverdece. Felipe y los demás discípulos, con la fuerza del Espíritu Santo, hicieron en los pueblos de Palestina lo que había hecho Jesús: predicaron la Buena Nueva y realizaron signos prodigiosos. Era el Señor quien actuaba por medio de ellos. Como Jesús anunciaba la venida del reino de Dios, así los discípulos anunciaron a Jesús resucitado, profesando que él es Cristo, el Hijo de Dios, bautizando en su nombre y expulsando toda enfermedad del cuerpo y del espíritu.

«La ciudad se llenó de alegría». Leyendo este pasaje, espontáneamente se piensa en la fuerza sanadora del Evangelio, que a lo largo de los siglos ha «regado», como río benéfico, a tantas poblaciones. Algunos grandes santos y santas han llevado esperanza y paz a ciudades enteras: pensemos en san Carlos Borromeo en Milán, en el tiempo de la peste; en la beata madre Teresa de Calcuta; y en tantos misioneros, cuyos nombres Dios conoce, que han dado la vida por llevar el anuncio de Cristo y hacer que florezca entre los hombres la alegría profunda. Mientras los poderosos de este mundo buscaban conquistar nuevos territorios por intereses políticos y económicos, los mensajeros de Cristo iban por todas partes con el objetivo de llevar a Cristo a los hombres y a los hombres a Cristo, sabiendo que sólo él puede dar la verdadera libertad y la vida eterna. También hoy la vocación de la Iglesia es la evangelización: tanto de las poblaciones que todavía no han sido «regadas» por el agua viva del Evangelio; como de aquellas que, aun teniendo antiguas raíces cristianas, necesitan linfa nueva para dar nuevos frutos, y redescubrir la belleza y la alegría de la fe.

PRECES

Guía:

Elevemos nuestra oración a Dios Padre, en quien ponemos nuestra confianza. Lo hacemos por mediación de María, salud de los enfermos.

  • Para que el Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad, promueva en la Iglesia comunidades deseosas de profundizar en la fe. Roguemos al Señor.
  • Para que el Espíritu Santo, el Defensor, fortalezca en la prueba a quienes sufren persecución cuando tengan que dar razón de su esperanza. Roguemos al Señor.
  • Para que el Espíritu Santo, el Espíritu de la unidad, promueva en el mundo el sentido de la solidaridad. Roguemos al Señor.
  • Para que el Espíritu Santo, que recibimos en la confirmación, permanezca con nosotros y nos haga profetas de Cristo con la palabra y el testimonio de vida. Roguemos al Señor.
  • Por nuestros hermanos enfermos: para que, experimentando el misterio del dolor, sientan también la presencia cercana y maternal de la Virgen. Roguemos al Señor.
  • Por los profesionales, los voluntarios, y todos aquellos que atienden y cuidan a los enfermos, para que reciban la fuerza de María y se conviertan para nosotros en un ejemplo de acompañamiento. Roguemos al Señor.

Se pueden incluir intenciones particulares.

ORACIÓN DOMINICAL

Guía:

Unidos a Jesucristo resucitado,
como hijos e hijas de Dios,
nos atrevemos a decir

Todos:

Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.

CONCLUSIÓN

Guía:

Dios, Padre nuestro,
sabemos que tu Hijo vive junto a ti;
cumple ya en nosotros tu deseo:
que nosotros estemos con él
y él con nosotros.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Todos:

Amén.

Guía (mientras todos hacen la señal de la cruz):

El Señor nos bendiga,
nos guarde de todo mal
y nos lleve a la vida eterna.

Todos:

Amén.

CANTO A LA VIRGEN MARÍA

Para concluir, se puede entonar la siguiente antífona a la Virgen, u otro canto mariano:

Regina cæli, lætare; alleluia.
Quia quem meruisti portare; alleluia.
Resurrexit sicut dixit; alleluia.
Ora pro nobis Deum; alleluia.

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