Reflexión para el XVII del tiempo ordinario

XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(Año A)

EL TESORO Y LA PERLA

José María CONGET ARIZALETA (†)
Obispo de Jaca entre 1990 y 2001

Comienza la Liturgia de la Palabra, presentándonos a Salomón, el Rey Sabio. No le pide al Señor ni poder sobre sus enemigos, ni fuerza, ni fama. Le pide la sabiduría necesaria para ser un buen Rey: saber discernir entre el bien y el mal para ejercer justicia.

Y esa sabiduría se nos propone a nosotros, que queremos entender los misterios del Reino de Dios, escondido en las parábolas del Evangelio.

«El reino de los cielos…»

El Reino de Dios o Reino de los Cielos es una palabra, que está siempre en labios de Jesús y que resume toda la Buena Noticia que Él nos trae. Él nos anunció el hombre nuevo, que nace por la fe y el bautismo. Los nuevos valores, que encarnan las Bienaventuranzas. El amor, la donación de sí mismo, el perdón, como signos del Reino. La esperanza de un mundo mejor, una Fiesta sin fin en el Cielo. Un Reino que es presente y futuro. Un Reino, que lo anhelamos como promesa de Dios y que lo pedimos cada día en el Padre nuestro. Todo esto, y más, entra en la Palabra Reino. Resumiendo, el Reino es Jesús.

Todos los cristianos estamos llamados a ser testigos, anunciadores y constructores de ese Reino. Es un regalo de Dios. Él nos lo mereció con su vida, muerte y resurrección. Pero es una tarea nuestra. Por eso las parábolas de hoy nos explican con qué actitudes nos acercamos al Reino.

 «El Reino… se parece…»

Ese mundo tan apetecible y misterioso, que Jesús nos ha conquistado a precio de muerte «se parece a un tesoro escondido en el campo… a una perla de gran valor…» Con dos imágenes distintas Jesús nos explica, cuáles han de ser las vivencias interiores de los que se han encontrado con el Reino de Dios.

– El hombre que encuentra el tesoro o la perla es el creyente: un buscador de Dios, un oyente de la Palabra que «ha visto al Señor». Lo ha conocido, se ha dejado seducir, y está dispuesto a todo por hacerse con ese tesoro. En el Evangelio (Mt. 19, 20) la antítesis de este hombre es el joven rico, que se lo dejó escapar, porque no estaba dispuesto a darlo todo por Él. Los Apóstoles son los que encontraron el tesoro. «Nosotros lo hemos dejado todo por ti y te hemos seguido». (Mt. 19, 27) Un Jesús conocido, gustado, amigo, seductor, es el mejor tesoro que un hombre o mujer pue- den encontrar.

«Y al encontrarlo… lleno de alegría va a vender todo lo que tiene y compra el campo». El Reino tiene sus exigencias. Impone negaciones, cambios de conducta. El seguidor de Jesús no se deja hipotecar por el dinero, ni la fama, ni el sexo, ni el desamor. Es un creyente, libre de corazón, que sólo se expropia en favor del Señor Jesús.

Y sólo desde la alegría que da la fe, desde el entusiasmo que Él comunica, puede uno comprometerse en el seguimiento pleno de Jesús, hasta poder decir como Pablo, en el colmo del amor y la alegría: «todas las cosas las tengo por basura, para ganar a Cristo y ser hallado en Él». (Fil. 3. 8).

Consecuencias

– Toda la vida cristiana, lejos de ser un cumplimiento, es un dejarse seducir por Jesús. Por eso es importante cultivar su amistad con la oración personal y diaria.

– Desde ese amor todo es fácil. No faltan cruces pero Él ayuda. Son bonitas las promesas de San Pablo en la Epístola.

– La alegría ha de ser una nota distintiva del cristiano que ha descu- bierto el gozo del Reino.

– Santa María dijo un Sí gozoso y perenne cuando el Ángel le abrió la inteligencia del Reino, que nos venía con su Hijo.

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