Bula Papal para el nombramiento de Mons. D. Santiago Gómez Sierra como obispo de Huelva

FRANCISCO, OBISPO, Siervo de los Siervos de Dios, al venerable hermano Santiago Gómez Sierra, hasta ahora obispo titular de Vergi y auxiliar de la archidiócesis Hispalense, elegido obispo de Huelva, salud y bendición apostólica.

Al dirigir al Padre la oración pública y común, favorable y eficaz para los que oran, pues la oración pacífica, simple y espiritual granjea en favor del Señor, como San Cipriano, demos gracias al Señor y confesemos que somos hijos de Dios proclamando su Nombre a los hermanos y alabándolo en medio de la asamblea, que eligió a lo débil del mundo para confundir a los fuertes (cf. 1 Cor 1, 27). Sostenidos por esta esperanza y apoyados en el quicio de la misión apostólica, cuando somos movidos a modelar la Iglesia universal y a procurar cuidadosamente la salud de las almas de los fieles cristianos, hemos dirigido nuestra paternal atención a la comunidad eclesial onubense, que, vacante por la renuncia del último prelado, el venerable hermano José Vilaplana Blasco, espera a un nuevo pastor y modelador de la vida diocesana. Venerable hermano, teniendo en cuenta que tus cualidades humanas y sacerdotales y tus pericias en los asuntos de gobierno han quedado patentes, nos pareció que eras la persona idónea para desempeñar este cargo.

Por consiguiente, oído el parecer de la Congregación para los Obispos, por la plenitud de nuestra Autoridad Apostólica, una vez liberado del vínculo de la anterior Iglesia titular y del cargo de auxiliar, te constituimos obispo Onubense, con los debidos derechos y las correspondientes obligaciones.

Queremos que muestres nuestro decreto al clero y al pueblo de esta comunidad eclesial a la que exhortamos, de todo corazón, que te veneren como custodio y maestro. Que con tu diligente ayuda, venerable hermano, sean satisfechos abundantemente los que tienen sed de la fuente de las riquezas evangélicas y Dios te conceda, a ti y a la grey que se te encomienda, la gracia de la unidad en Dios, los frutos de la Encarnación del Verbo y del Sacramento de la Eucaristía; de modo que, como hombres nuevos renacidos y restituidos a Dios por su gracia, proclaméis que tenemos al Señor como Padre.

Dado en Roma, en Letrán, el día decimoquinto del mes de mayo en el año del Señor dos mil veinte, octavo de nuestro Pontificado.

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