La conmemoración de todos los fieles difuntos

LA CONMEMORIACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

Ramón NAVARRO GÓMEZ
Director del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Liturgia

Cada vez que celebramos la misa, en el momento de la plegaria eucarística, después de la consagración, la Iglesia, en su oración, manifiesta una realidad profunda: celebramos la eucaristía en comunión no solo con la Iglesia extendida por toda la tierra, sino también con la Iglesia triunfante del cielo –los santos, a los que pedimos que intercedan por nosotros– y con aquellos cristianos, hermanos nuestros que, habiendo dejado ya este mundo, puedan necesitar de purificación a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1030). Por ellos pedimos y ofrecemos en sufragio el don más grande que tenemos: la eucaristía.

Esta comunión de la Iglesia peregrina en la tierra con los santos que están con Cristo en la gloria, la celebramos especialmente en la liturgia el uno de noviembre, en la Solemnidad de Todos los Santos. Al celebrar en una sola festividad a todos los santos, recibimos el estímulo de su ejemplo, la dicha de su patrocinio y, un día, si Dios quiere, podremos recibir la corona del triunfo de la visión eterna de la divina Majestad (cf. Martirologio, 1 de noviembre).

Al día siguiente de la celebración de la Solemnidad de Todos los Santos, cada día dos de noviembre, la Iglesia celebra la conmemoración de todos los fieles difuntos.

Rezar por los difuntos es tan antiguo como la misma Iglesia. Incluso anterior. Ya en el Antiguo Testamento, conforme avanza la preparación para el misterio de Cristo, va aflorando la esperanza en la resurrección. Los libros de la Sabiduría o de los Macabeos muestran esa esperanza en la vida futura que nos lleva a rezar por lo que ya partieron de este mundo (cf. Sab 3,1; 2Mac 12, 42-45). En el nuevo testamento, junto al misterio central de nuestra fe, que es la muerte y resurrección del Señor, raíz de nuestra esperanza cristiana, resuenan con fuerza, por ejemplo, las exhortaciones de San Pablo en la primera carta a los tesalonicenses, animándoles ante la realidad triste de la muerte de algunos hermanos de aquella comunidad cristiana.

La esperanza cristiana animará siempre a la oración. Por eso, en el aniversario de la muerte de los mártires, la primitiva comunidad cristiana se reunía junto a sus tumbas no para hacer un banquete en su honor, como se hacía en la religión pagana, sino para celebrar la eucaristía.

Célebre es la petición de Santa Mónica, la madre de San Agustín. En el capítulo XI de las Confesiones se nos narra que a ella le daba igual dónde fuese sepultado su cuerpo, pero pide a sus hijos que «os acordéis de mí ante el altar del Señor donde quiera que os hallareis».

La edad media supuso la generalización de las misas ofrecidas como «sufragio» por los difuntos. En el fondo esto responde a un artículo de fe, el de la comunión de los santos. Nuestra oración, especialmente unida a la eucaristía, servirá para ayudar a que el difunto, purificado de toda mancha de pecado, pueda gozar de la felicidad eterna.

Fue en el siglo X cuando un monje benedictino, San Odilón, en Francia, comenzó a celebrar la misa en un día concreto –el dos de noviembre­–, pidiendo por todos los difuntos. Como ocurría con la introducción de nuevas fiestas –pasó también, por ejemplo, con el Corpus– primero esta conmemoración fue celebrada localmente, en Francia, y, con el tiempo, fue adoptada para toda la Iglesia de rito latino, a partir del s. XVI. Este es el origen de la conmemoración de todos los fieles difuntos, donde, hasta el día de hoy, oramos «en favor de las almas de cuantos nos precedieron con el signo de la fe y duermen en la esperanza de la resurrección, y por todos los difuntos desde el principio del mundo, cuya fe solo Dios conoce» (cf. Martirologio, 2 de noviembre).

Esta conmemoración ha calado profundamente en el pueblo cristiano que, desde tiempo inmemorial, la ha traducido también en prácticas devocionales y en tradiciones que varían mucho de unos lugares a otros –pensemos, por citar un caso bien conocido, en el «día de muertos» en México–.

En España hay diversas costumbres asociadas a estos días. Sobre todo, destaca la más sencilla: en torno al día de la conmemoración de todos los fieles difuntos visitamos las tumbas de los que nos son más cercanos. Vamos al cementerio, rezamos por ellos, adornamos con flores el lugar donde están sepultados, etc. Vivimos así, en lo personal, a nivel de sentimiento y devoción, lo que celebramos con toda la Iglesia.

Bien es cierto que hay una pequeña –o gran– confusión. Como el día dos de noviembre, por lo general, es laborable, se suele visitar el cementerio el día anterior, coincidiendo con la solemnidad de Todos los Santos, que es festivo -y, además, «de precepto»–. Muchas veces, por comodidad, se celebra la misa en el camposanto en ese día, facilitando de esa manera la participación de los fieles. Lógicamente se celebra la misa de Todos los Santos, eso sí, pidiendo por los difuntos. Esto ha provocado que muchas veces asociemos la visita de los cementerios con la festividad de todos los Santos. Pero conviene que tengamos presente que son dos celebraciones distintas, que nos ayudan a estar en comunión con la Iglesia entera, que es una realidad mucho más grande que los fieles que peregrinamos todavía en este mundo camino de la casa del padre.

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