Reflexión para el XXXIII del tiempo ordinario

XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(Año A)

PARÁBOLA DE LOS TALENTOS

José María CONGET ARIZALETA (†)
Obispo de Jaca entre 1990 y 2001

Es una de las páginas más conocidas del Evangelio. Y una de las enseñanzas, que más nos hace pensar. Nos habla de nuestra responsabilidad con los dones que Dios nos da.

Esta parábola la hemos entendido siempre como una llamada a la vigilancia, a la generosidad, a vencer la pereza.

Y si nuestra vida no ha estado a punto, cuando llegue la evaluación de Dios, no podremos quejarnos, como lo hace el «empleado negligente y holgazán».

Siempre tenemos que reconocer que Dios es bueno y que nos llena de posibilidades, para que seamos más y mejores. Y de paso, para que hagamos un poco mejor el pequeño mundo que depende de nosotros. Esta página nos recuerda los «pecados de omisión». No nos basta con no hacer el mal. Dios nos llama a multiplicar el bien.

«UN HOMBRE QUE SE IBA AL EXTRANJERO LLAMÓ A SUS EMPLEADOS Y LOS DEJÓ ENCARGADOS DE SUS BIENES…»

Para nosotros este personaje es Dios mismo, Jesucristo. Nos ha dejado un doble encargo:

– Cuidar la naturaleza. «Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla…» (Gen. 1. 28). Fue la primera consigna cuando creó al hombre.

– Hacer que florezca la gracia. «Id, haced discípulos… bautizándolos, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado». (Mt. 28. 19).

– Tenemos muchas posibilidades para hacer más habitable este mundo. La preocupación por la justicia social, la causa de los pobres, el drama de los hambrientos, el desafío de la violencia, la ecología… son realidades que no nos pueden dejar indiferentes. «El hombre es el camino de la Iglesia» (Juan Pablo II).

– Tenemos, además, la gracia de Jesucristo, la riqueza de la fe… y somos enviados al mundo como testigos y mensajeros de Jesús.

«A UNO LE DEJÓ CINCO TALENTOS DE PLATA; A OTRO DOS; A OTRO UNO…»

La maravilla de este mundo es que todos somos distintos. Cuando hoy se habla de «clonización», a parte del intento de querer suplantar al Creador, nos asusta el que se puedan hacer hombres ruborizados, todos iguales.

Somos diferentes y complementarios, gracias a Dios. Y cada uno sabe todo lo bueno que tiene para hacer felices a los otros y para hacer mejor y hasta más bonito este mundo.

– Hay gentes de inteligencia superior, o con dones humanos de ternura, simpatía, bondad, alegría, sentido común. Hay profesionales y expertos en todo. Las páginas amarillas con servicios distintos son interminables. Una red variopinta está siempre dispuesta a echarnos una mano. Y todos nos necesitamos. Un mundo sin médicos, sin payasos, sin barrenderos, sin madres, sin niños, sin políticos, sin periodistas… sin un etc. interminable, no lo podríamos entender. Cabemos todos. Y todos tenemos un papel importante en la armonía del conjunto.

– Y los creyentes tenemos, además, el tesoro de la gracia, la palabra de la fe, los ministerios de la Iglesia, la cercanía de Dios, el cariño de la Virgen… que son talentos que debemos hace fructificar.

Es un ejercicio saludable, en la familia o en el grupo, ver las cosas buenas que encontramos en los demás. Incluso hacer un recuento positivo de lo bueno que tenemos nosotros. Es una maravilla la de cosas positivas que podemos descubrir en la gente que comparte nuestra vida.

En la parábola hay un gran contraste entre los que trabajaron sus talentos y el perezoso, que enterró el suyo y encima se quejaba de su amo. Está claro que Dios no está de acuerdo con nuestra pereza.

Quiere gente viva, que reconoce lo bueno que tiene y le saca todas las posibilidades.

«AL CABO DE MUCHO TIEMPO VOLVIÓ EL SEÑOR… Y SE PUSO A AJUSTAR LAS CUENTAS…»

El «mucho tiempo», nunca sabemos cuánto será. Sabemos que la hora de llegada del Señor es siempre sorprendente.

Y en ese momento el encuentro con el Amo será un gozo, si nos encuentra con las manos llenas. O vacías porque todo lo hemos puesto al servicio de los otros.

«El que avisa no es traidor», dice el refrán y el Señor nos avisa, para que en ese momento no nos llevemos sorpresas desagradables. No somos propietarios de las cosas buenas que tenemos sino administradores, que tienen que responder. Queremos oir el «pasa al banquete de tu señor». Y eso lo vamos preparando día a día.

Que Santa María nos abra los ojos y nos ayude, como Ella, a decir sí a esa cercanía de Dios, que son las muchas cosas buenas que tenemos.

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