Reflexión para la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO
(Año A)

José María CONGET ARIZALETA (†)
Obispo de Jaca entre 1990 y 2001

Finaliza el año litúrgico. Con toda la Iglesia hemos seguido a Jesús, desde la esperanza del Adviento, hasta el triunfo de Pascua y Pentecostés. Nos hemos querido identificar con Él. Pensar con Él, querer como Él, vivir en Él. Una tarea siempre inacabada, que nos recuerda a San Pablo: «… continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Él». (Fil 3 12)

Y hoy proclamamos al Señor Rey de nuestra vida y le rezamos con el Padre Nuestro: «Venga a nosotros tu reino»

Un Rey distinto

En el Evangelio que leemos nos hace entenderlo así. Los reyes de la tierra son personajes importantes, que reciben honores, tienen poder, fuerza, reconocimiento.

Nuestro Rey Jesús es un crucificado. ¿Cómo podrá reinar si tiene los pies y manos cosidos a la cruz? El título, que lo identifica: «Este es el Rey de los judíos», lo mandó escribir Pilato entre la ironía y la burla, pero era la gran profecía. Jesús lo había proclamado un poco antes: «Yo soy Rey; para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad» (Jn. 18. 37).

Y había dicho: «Cuando sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn. 12. 32). Y el primero, que cree en Él y se siente atraído, es el ladrón, crucificado a su derecha. «Jesús acuérdate de mí, cuando llegues a tu reino. Y Jesús le dijo: Hoy estarás conmigo en el paraíso».

Las apariencias engañan. El Crucificado vencería a la muerte con la vida. Y con su muerte y resurrección, el Padre «nos sacaría del dominio de las tinieblas, y nos trasladaría al reino de su Hijo, por cuya sangre hemos recibido el perdón de los pecados». (Epístola de San Pablo).

Jesucristo es un Rey, que no se impone, se sugiere. No fuerza, abre la puerta. No coacciona, invita. Pero es tal la grandeza de su amor, y el derroche de su gracia, que hoy y siempre ha tenido infinitos seguidores, capaces de dar la vida por Él.

El Reino de Dios

Son incontables las páginas del Evangelio, que hablan del Reino de Dios. Comenzando por la primera invitación de Jesús: «El plazo se ha cumplido. El reino de Dios está cerca, convertíos y creed la Buena Noticia» (Mc. 1. 15).

Llamamos Reino de Dios, al señorío de Jesús en la vida del hombre y a unas realizaciones sociales, que nacen cerca de los deseos de Jesús. Nunca el Evangelio lo llena todo. Siempre hay zonas sombrías en el corazón del hombre. En la vida crecen juntos el trigo y la cizaña. (Cf. Mt. 13. 24-30) El mal amenaza siempre el bien.

Y los que rezamos. «Hágase tu voluntad, venga a nosotros tu Reino», aunque sabemos que el Reino se nos regala, no lo esperamos todo de la fuerza de lo Alto, sino también de nuestro propio empeño, muchas veces perezoso. Vale el refrán. «A Dios rogando…»

Hoy en el Prefacio de la Misa, cantamos la gloria de ese Reino de Dios, que Jesús entrega al Padre «Un Reino eterno y universal; el reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y de la gracia, el reino de la justicia, del amor y de la paz».

Y ese Reino se dará en el Cielo, pero mientras tanto, estamos llama- dos a ser sus constructores en el mundo que depende de nosotros. Esta es la tarea de todos los seguidores de Jesús, que debemos caminar «con hambre y sed de justicia». Todos los bautizados estamos llamados a hacer el Reino de Dios.

– Unos lo iluminan con la Palabra: predicadores, teólogos, testigos…

– Otros lo maduran con la oración y el sacrificio: Contemplativos, enfermos…

– Otros lo realizan con su presencia en el mundo. Es la vocación de los seglares: «Buscar el reino de Dios, tratando y ordenando según Dios los asuntos temporales». (L. G. 31)

El reino es presente: se da aquí. Es futuro: será plenitud en el cielo.

Los teólogos lo dicen con una frase bonita: «Ya, pero todavía no».

¡Que Santa María Reina, nos enseñe y anime a ser constructores del Reino de su Hijo!

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