Mensaje del Santo Padre con motivo de la apertura del Año Santo Compostelano 2021

31 de diciembre de 2020.- Con el solemne rito de la apertura de la Puerta Santa ha comenzado en la tarde de hoy, a las 16.30 horas, en la Catedral de Santiago de Compostela, el Año Santo Compostelano, que se celebra cada vez que la festividad del apóstol Santiago, el 25 de julio, coincide en domingo.

Ofrecemos a continuación el texto del mensaje que el Santo Padre Francisco ha enviado con este motivo a S.E. Mons. Julián Barrio Barrio, Arzobispo de Santiago de Compostela y que ha sido leído antes de abrir la Puerta Santa por el Nuncio Apostólico en España, S.E. Mons. Bernardito Auza:

Mensaje del Santo Padre

A Su Excelencia
Mons. Julián BARRIO BARRIO
Arzobispo de Santiago de Compostela

Querido hermano:

1. Con ocasión de la apertura de la Puerta Santa, que da comienzo al Jubileo Compostelano de 2021, con el lema «Sal de tu tierra», hago llegar mi afecto y cercanía a todos los que participan en este momento de gracia para toda la Iglesia, y en modo particular para la Iglesia en España y Europa.

El lema que han elegido para este año, así como la Carta pastoral que lo acompaña, evoca las palabras de san Juan Pablo II en el Mensaje del Año Santo Compostelano de 1999: «Como Abraham, —los peregrinos que caminaron durante siglos hacia el finis terraedejaban la propia casa para ir en busca de la tierra que el Señor habría de mostrarles (cf. Gn 12, 1), abandonaban las seguridades engañosas de su pequeño mundo para ponerse en manos del don de Dios» (Carta con ocasión de la apertura de la Puerta Santa de Santiago de Compostela, 29 noviembre 1998, 2).

Al ponernos en camino tras las huellas del Apóstol salimos de nuestro propio yo, de esas seguridades a las que nos aferramos, pero teniendo clara nuestra meta, no somos seres errantes, que giran siempre en torno a sí mismos sin llegar a ninguna parte. Es la voz del Señor que nos llama y, como peregrinos, la acogemos en actitud de escucha y de búsqueda, emprendiendo este viaje al encuentro con Dios, con el otro y con nosotros mismos. La finalidad es llegar a los confines de la existencia, a ese finis terrae que nos marca la tumba del Apóstol.

2. Caminar como un proceso de conversión, que inicia en la tierra de la que salimos y concluye en la patria a la que nos dirigimos. Una experiencia existencial en la que la meta es tan importante como el camino mismo, como decía el poeta, «se hace camino al andar» (ANTONIO MACHADO, Campos de Castilla XXIX). No hay recetas previas, peregrinar debe ser para nosotros un camino al paso con el que es Camino, Verdad y Vida, con Aquel que quiere entretenerse con nosotros, para ofrecernos su compañía y mostrarnos el sendero de la vida (cf. Carta ap. Misericordia et misera, 20 noviembre 2016, 6). En ese itinerario, la misericordia de Dios nos acompaña y aunque permanezca la condición de debilidad por el pecado, esta es superada por el amor que permite mirar el futuro con esperanza y a estar listos para encaminar nuevamente nuestras vidas (cf. ibíd., 1).

3. Caminar haciéndonos prójimo, supone el esfuerzo de ir ligeros de equipaje, sin apegos y vivir en continua tensión hacia ese anhelado encuentro con el Señor. Confiar el corazón al compañero de camino sin recelos, sin desconfianzas, y mirar ante todo lo que buscamos, nos ayuda a reconocer en el prójimo un don que Dios nos entrega para acompañarnos en este viaje. Salir de sí mismo para unirse a otros hace bien y esta experiencia se fragua en el camino, la hacen los peregrinos todos los días, esperándose, apoyándose, compartiendo fatigas y logros. Una travesía que empezaron solos, cargados de cosas que pensaban que les serían útiles, pero que acabarán con la mochila vacía y el corazón lleno de experiencias que se han ido fraguando en contraste y en sintonía con las vidas de otros hermanos y hermanas nuestros que provienen de contextos existenciales y culturales diferentes. Una lección que debe acompañarlos toda la vida (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 147).

4. Caminar como discípulos misioneros, reavivando en nuestro corazón el mandato del Señor a ser sus testigos hasta «los confines de la tierra» (Hch 1,8). De este modo la peregrinación a la tumba del Apóstol se convierte en una llamada a la misión, a convocar a todos a esa patria hacia la que avanzamos. Al hacer el camino, nos unimos espiritualmente al pueblo que tiene puesta su mirada en Dios, un pueblo peregrino y evangelizador (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 111). Evangelizar supone saber de pan y hogar, la patria prometida a la que convocamos, en el nombre del Señor, no es un ideal utópico sino una meta concreta, conocida, recordada, una calidez que nos acompaña y espera. La calidez del hogar nos hace creer en la fuerza revolucionaria de la ternura y del cariño, de la encarnación. El pelegrino es capaz de «ponerse en manos del don de Dios», consciente de que la patria prometida está ya presente en Aquel que ha querido acompañar en medio de su Pueblo, para custodiar su viaje. Y es así como toca el corazón del hermano, sin artificios, sin propaganda, en la mano tendida dispuesta a dar y acoger.

Al llegar a la Puerta santa, tres gestos nos recuerdan el motivo de nuestro viaje. El primero es contemplar en el Pórtico de la Gloria la mirada serena de Jesús, juez misericordioso, que con sus brazos abiertos nos ofrece su perdón y nos recibe en su casa. Esta es la razón por la que un día salimos de nuestra tierra, entrar a la que Él nos está mostrando. El segundo es el emotivo abrazo a la imagen del Apóstol peregrino. Abrazamos en él a la Iglesia entera y recordamos que no es una institución abstracta, sino que se encarna en el santo de la puerta de al lado, para mostrarnos el camino de la fe que profesamos. El tercero es la participación en la liturgia eucarística, el sonido de las campanas, el humo del butafumeiro, los cantos y las plegarias, nos invitan a sentirnos Pueblos de Dios que hace de sus tradiciones un cántico de alabanza. Un solo corazón que se hace casa de Dios y de los hombres y los llama a compartir la alegría del Evangelio.

Al agradecer finalmente los esfuerzos de la Arquidiócesis de Santiago de Compostela, así como los de todos los que colaboran en la realización de este Año Jubilar, les imparto con afecto la Bendición Apostólica.

Y, por favor, no se olviden de rezar por mí.

Fraternalmente,

Roma, San Juan de Letrán, 17 de diciembre de 2020.

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