Videomensaje del Santo Padre con motivo de la 58ª Asamblea General de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil

15 de abril de 2021.- Ofrecemos a continuación el texto del videomensaje que el Santo Padre Francisco ha enviado a los participantes en la 58ª Asamblea General de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil (CNBB), que se celebra online con el tema “El pilar de la Palabra de Dios – La animación bíblica de la Pastoral” (12-16 de abril de 2021):

Videomensaje del Santo Padre

Queridos hermanos en el episcopado:

Con motivo de la 58 Asamblea General de la Conferencia Nacional de los Obispos del Brasil, quiero dirigirme a ustedes, y perdonen que lo haga en español, pero entre Brasil y Argentina hay un idioma que todos entendemos y que es el “portuñol”, así que ustedes me entenderán. Y a través de ustedes quiero dirigirme a todos los brasileños, en un momento en que este amado país enfrenta una de las pruebas más difíciles de su historia.

Me gustaría, en primer lugar, expresar mi cercanía a los cientos de miles de familias que lloran la pérdida de un ser querido. Jóvenes y ancianos, padres y madres, médicos y voluntarios, ministros sagrados, ricos y pobres: la pandemia no ha excluido a nadie en su estela de sufrimiento. Pienso en particular en los Obispos que murieron víctimas del Covid. Pido a Dios que conceda a los fallecidos el descanso eterno y que dé consuelo a los corazones afligidos de los familiares, que muchas veces ni siquiera han podido despedirse de sus seres queridos. Y este irse sin poder despedirse, este irse en la soledad más despojada es uno de los dolores muy grandes de quien se va y de quienes se quedan.

Queridos hermanos, la proclamación de la victoria del Señor Jesús sobre la muerte y el pecado todavía resuena entre nosotros. El anuncio pascual es un anuncio que renueva la esperanza en nuestros corazones: ¡no podemos rendirnos! Como cantamos en la Secuencia del Domingo de Pascua: «Lucharon vida y muerte en singular batalla / y muerto el que es la vida, triunfante se levanta». ¡Sí, queridos hermanos, el que ha triunfado está a nuestro lado! ¡Cristo ha vencido! ¡Ha vencido a la muerte! ¡Renovemos la esperanza de que la vida triunfará!

Nuestra fe en Cristo resucitado nos muestra que podemos superar este trágico momento. Nuestra esperanza nos da valor para levantarnos. La caridad nos urge a llorar con los que lloran y a dar una mano, sobre todo a los más necesitados, para que vuelvan a sonreír. Y la caridad nos urge a nosotros como obispos a despojarnos. No le tengan miedo al despojarse. Cada uno sabe de qué. Es posible superar la pandemia, es posible superar sus consecuencias. Pero sólo lo lograremos si estamos unidos. La Conferencia Episcopal debe ser una en este momento, porque el pueblo que sufre es uno.

Durante mi inolvidable visita a Brasil en el 13, al referirme a la historia de Nossa Senhora Aparecida, comenté que esa imagen que fue hallada rota, podría servir como símbolo de la realidad brasileña: «Lo que estaba separado recobra la unidad. […] En Aparecida, desde el principio, Dios nos da un mensaje de recomposición de lo que está separado, de reunión de lo que está dividido. Los muros, barrancos y distancias, que también hoy existen, están destinados a desaparecer. La Iglesia no puede desatender esta lección: la Iglesia debe ser instrumento de reconciliación» (Discurso al Episcopado Brasileño, 27 julio 2013).

Y ser instrumento de reconciliación, ser instrumento de unidad. Y esta es la misión de la Iglesia en Brasil. ¡Hoy más que nunca! Y para ello, es necesario dejar de lado las divisiones, los desacuerdos. Es necesario encontrarnos en lo esencial. Con Cristo, por Cristo y en Cristo, para poder redescubrir «la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz» (Ef 4,3). Sólo así ustedes, como Pastores del Pueblo de Dios, podrán inspirar no sólo a los fieles católicos, sino también a otros cristianos, y a los demás hombres y mujeres de buena voluntad, en todos los niveles de la sociedad, incluso a nivel institucional y gubernamental, podrán inspirar a trabajar juntos para superar no sólo el coronavirus, sino también otro virus, que desde hace tiempo infecta a la humanidad: el virus de la indiferencia, que nace del egoísmo y genera injusticia social.

Queridos hermanos, el desafío es grande. Sin embargo, sabemos que el Señor camina con nosotros: «Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20), nos dice Él. Por eso, en la certeza de que «no nos dio un espíritu de timidez, sino de fortaleza, caridad y templanza» (2 Tim 1,7), «sacudámonos todo lastre y del pecado que nos asedia, y continuemos corriendo con perseverancia la carrera emprendida: fijos los ojos en Jesús» (cf. Hb 12, 1-2). ¡Siempre Jesús! Ahí está nuestra base, nuestra fuerza, nuestra unidad.

Pido al Señor resucitado que esta Asamblea General dé frutos de unidad y reconciliación para todo el pueblo brasileño, y en la Conferencia Episcopal. Unidad que no es uniformidad, pero que es armonía, esa unidad armónica que da solamente el Espíritu Santo. Imploro a Nossa Senhora Aparecida que ella, como Madre, les alcance a todos sus hijos la gracia de ser custodios del bien y de la vida de los demás, y promotores de fraternidad.

A cada uno de ustedes, queridos hermanos, hermanos Obispos, a los fieles que les han sido confiados y a todos los habitantes del Brasil, de corazón les doy mi bendición. Y, por favor, les pido que no se olviden de rezar por mí. O Senhor vos abençoe.

[00503-ES.01] [Texto original: Español]

Traduzione in lingua portoghese

Queridos irmãos no Episcopado,

Por ocasião da 58º Assembleia geral da Conferência Nacional dos Bispos do Brasil, quero me dirigir a vocês; e perdoem-me que o faça em espanhol, mas entre Brasil e Argentina há um idioma que todos entendemos: o “portunhol”, assim que vocês me entenderão. E, através de vocês, quero me dirigir a cada brasileiro e brasileira, no momento em que este tão amado país enfrenta uma das provas mais difíceis de sua história.

Desejo, em primeiro lugar, manifestar a minha proximidade a todas as centenas de milhares de famílias que choram a perda de um ente querido. Jovens, idosos, pais e mães, médicos e voluntários, ministros sagrados, ricos e pobres: a pandemia não excluiu ninguém no seu rastro de sofrimento. Penso de modo particular nos Bispos que faleceram, vítimas da COVID. Peço a Deus que conceda a todos o descanso eterno e que traga consolação aos corações enlutados dos familiares que muitas vezes nem sequer puderam despedir-se dos seus parentes amados. E esta partida sem poder despedir-se, esta partida na solidão mais despojada é uma das maiores dores de quem parte e de quem fica.

Queridos irmãos, ainda ressoa junto de nós o anúncio da vitória do Senhor Jesus sobre a morte e o pecado. O anúncio Pascal é um anúncio que renova a esperança nos nossos corações: não podemos dar-nos por vencidos! Como cantamos na Sequência do Domingo de Páscoa: “Duelam forte e mais forte: é a vida que enfrenta a morte. O Rei da vida, cativo, é morto, mas reina vivo!” Sim queridos irmãos, o mais forte está ao nosso lado! Cristo venceu! Venceu a morte! Renovemos a esperança de que a vida vencerá!

A nossa fé em Cristo Ressuscitado nos mostra que podemos superar esse momento trágico. Nossa esperança nos dá coragem para nos reerguemos. A caridade nos impulsiona a chorar com os que choram e a dar a mão, sobretudo aos mais necessitados, para que possam voltar a sorrir. E a caridade nos impulsiona a nós como Bispos a nos despojar. Não tenham medo de despojar-se. Cada um sabe de que coisa… É possível superar a pandemia, é possível superar suas consequências. Mas somente conseguiremos se estivermos unidos! A Conferência Episcopal deve ser una neste momento, pois o povo que sofre é uno.

Durante a minha inesquecível visita ao Brasil em 2013, ao referir-me à história de Nossa Senhora Aparecida, comentava que aquela imagem encontrada dividida, podia servir de símbolo para a realidade brasileira: “Aquilo que estava quebrado retoma a unidade. (…) Em Aparecida, logo desde o início, Deus dá uma mensagem de recomposição do que está fraturado, de compactação do que está dividido. Muros, abismos, distâncias ainda hoje existentes estão destinados a desaparecer. A Igreja não pode descurar esta lição: a Igreja deve ser instrumento de reconciliação” (Discurso, 27/07/2013).

E ser instrumento de reconciliação, ser instrumento de unidade. Essa é a missão da Igreja no Brasil: hoje mais do que nunca! Para tal, é preciso deixar de lado as divisões, os desentendimentos. É preciso nos encontrar no essencial. Com Cristo, por Cristo e em Cristo reencontrar à “unidade do Espírito, pelo vínculo da paz” (Ef 4,3). Somente assim vocês, como Pastores do Povo de Deus, poderão inspirar os fiéis católicos, mas também os demais cristãos e os homens e mulheres de boa vontade, em todos os níveis da sociedade, inclusive no nível institucional e governamental, poderão inspirar a trabalhar juntos para superar não somente o coronavírus, mas também outro vírus que há muito tempo assola a humanidade: o vírus da indiferença, que nasce do egoísmo e gera injustiça social.

Queridos irmãos, o desafio é grande. Porém sabemos que o Senhor caminha conosco: “Eis que estarei convosco, todos os dias, até o final dos tempos” (Mt 28,20) – nos diz Ele. Por isso, na certeza de que “não nos deu um espírito de covardia, mas de fortaleza, de amor e moderação” (2 Tim 1,7), deixemos “de lado tudo o que non atrapalha e o pecado que nos envolve. Corramos com perseverança na competição que nos é proposta, com os olhos fixos em Jesus” (cf. Heb 12, 1-2). Sempre Jesus! Nele está a nossa base, a nossa força, a nossa unidade.

Peço ao Senhor ressuscitado que esta Assembleia Geral produza frutos de unidade e reconciliação para todo o povo brasileiro e na Conferência Episcopal. Unidade que não é uniformidade, mas que é harmonia: essa unidade harmônica que somente o Espírito Santo confere. Imploro à Nossa Senhora Aparecida que Ela, como Mãe, fomente entre todos os seus filhos a graça de ser defensores do bem e da vida dos outros, bem como promotores da fraternidade.

A cada um de vocês, queridos irmãos Bispos, aos fiéis que lhes foram confiados e a todo povo brasileiro concedo de todo o coração a minha Bênção. E por favor, peço que não se esqueçam de rezar por mim. O Senhor vos abençoe.

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