Subsidio para la preparación del V Domingo de Pascua (02.05.2021)

Subsidio para la preparación del
V DOMINGO DE PASCUA

Domingo, 2 de mayo de 2021

El presente subsidio ha sido preparado por el equipo de Iglesiaactualidad
© De los textos litúrgicos oficiales: CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA

Misa del Domingo (blanco).

MISAL: antífonas y oraciones propias., Gloria, Credo, Prefacio pascual. Hoy no se permiten otras celebraciones, tampoco la misa exequial.

LECC.: vol. I (B).
– Hch 9, 26-31.
Él les contó cómo había visto al Señor en el camino.
– Sal 21. R. El Señor es mi alabanza en la gran asamblea.
– 1 Jn 3, 18-24. Este es su mandamiento: que creamos y que nos amemos.
– Jn 15, 1-8. El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante.

Ser cristiano equivale a estar llamados a dar frutos de santidad. Y para dar esos frutos tenemos que estar como los sarmientos unidos a la vid. Cristo es la vid verdadera (Evangelio). Y estaremos unidos a él guardando sus mandamientos, que es creer por la fe en su nombre, y amándonos unos a otros tal como nos lo mandó (segunda lectura). Por la gracia que se nos da en los sacramentos, especialmente en la eucaristía, Cristo permanece en nosotros y nosotros en él. Por el sacrificio eucarístico, Dios nos hace partícipes de su divinidad (oración sobre las ofrendas). Sin él no podemos hacer nada. Son sus palabras las que deben guiar siempre nuestras vidas.

Antífona de entrada (Cf. Sal 97, 1-2)

Cantad al Señor un cántico nuevo porque ha hecho maravillas; reveló a las naciones su salvación. Aleluya.

Rito de la bendición y aspersión del agua bendita

Después del saludo, el sacerdote, de pie en la sede, vuelto hacia el pueblo, teniendo delante el recipiente con el agua que va a ser bendecida, invita al pueblo a orar con estas o similares palabras:

Invoquemos, queridos hermanos, a Dios, Padre todopoderoso, para que bendiga esta agua, que va a ser derramada sobre nosotros en memoria de nuestro bautismo, y pidámosle que nos renueve interiormente, para que permanezcamos fieles al Espíritu que hemos recibido.

Después de un breve silencio, prosigue diciendo con las manos juntas:

Señor, Dios todopoderoso,
escucha las oraciones de tu pueblo,
ahora que recordamos
la acción maravillosa de nuestra creación
y la maravilla, aún más grande, de nuestra redención;
dígnate bendecir ✠ esta agua.
La creaste para hacer fecunda la tierra
y para favorecer nuestros cuerpos
con la frescura y la limpieza.
La hiciste también instrumento de misericordia
al librar a tu pueblo de la esclavitud
y al apagar con ella su sed en el desierto;
por los profetas la revelaste como signo de la nueva Alianza
que quisiste sellar con los hombres.
Y, cuando Cristo descendió a ella en el Jordán,
renovaste nuestra naturaleza pecadora
en el baño del nuevo nacimiento.
Que esta agua, Señor,
avive en nosotros el recuerdo de nuestro bautismo
y nos haga participar en el gozo de nuestros hermanos
bautizados en la Pascua.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R/. Amén.

A continuación, el sacerdote toma el hisopo, se rocía a sí mismo y a los ministros, después al clero y al pueblo. Mientras tanto se canta un canto apropiado. Terminado el canto, el sacerdote, de pie y de cara al pueblo, con las manos juntas, dice:

Que Dios todopoderoso nos purifique del pecado
y, por la celebración de esta eucaristía,
nos haga dignos de participar
del banquete de su reino.

R/. Amén.

A continuación, se canta o se dice el himno Gloria.

Oración colecta

Oremos.
Dios todopoderoso y eterno,
lleva a su pleno cumplimiento en nosotros el Misterio pascual,
para que, quienes, por tu bondad,
han sido renovados en el santo bautismo,
den frutos abundantes con tu ayuda y protección
y lleguen a los gozos de la vida eterna.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo y es Dios
por los siglos de los siglos.

Primera lectura (Hch 9, 26-31)

Él les contó cómo había visto al Señor en el camino

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

En aquellos días, llegado Pablo a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos, pero todos le tenían miedo, porque no se fiaban de que fuera discípulo.

Entonces Bernabé, tomándolo consigo, lo presentó a los apóstoles y él les contó cómo había visto al Señor en el camino, lo que le había dicho y cómo en Damasco había actuado valientemente en el nombre de Jesús.

Saulo se quedó con ellos y se movía con libertad en Jerusalén, actuando valientemente en el nombre del Señor. Hablaba y discutía también con los helenistas, que se propusieron matarlo. Al enterarse los hermanos, lo bajaron a Cesarea y lo enviaron a Tarso.

La Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaría. Se iba construyendo y progresaba en el temor del Señor, y se multiplicaba con el consuelo del Espíritu Santo.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial (Sal 21, 26b-27. 28 y 30. 31-32 [R/.: 26a])

R/.   El Señor es mi alabanza en la gran asamblea.

O bien:

R/.   Aleluya.

V/.   Cumpliré mis votos delante de sus fieles.
Los desvalidos comerán hasta saciarse,
alabarán al Señor los que lo buscan.
¡Viva su corazón por siempre!   R/.

V/.   Lo recordarán y volverán al Señor
hasta de los confines del orbe;
en su presencia se postrarán
las familias de los pueblos.
Ante él se postrarán las cenizas de la tumba,
ante él se inclinarán los que bajan al polvo.   R/.

V/.   Me hará vivir para él, mi descendencia le servirá,
hablarán del Señor a la generación futura,
contarán su justicia al pueblo que ha de nacer
todo lo que hizo el Señor.   R/.

Segunda lectura (1 Jn 3, 18-24)

Este es su mandamiento: que creamos y que amemos

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan.

Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras.

En esto conoceremos que somos de la verdad y tranquilizaremos nuestro corazón ante él, en caso de que nos condene nuestro corazón, pues Dios es mayor que nuestro corazón y lo conoce todo.

Queridos, si el corazón no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios. Cuanto pidamos lo recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada.

Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó.

Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio.

Palabra de Dios.

Aleluya (Jn 15, 4. 5b)

Permaneced en mí, y yo en vosotros —dice el Señor—;
el que permanece en mí da fruto abundante.

Evangelio (Jn 15, 1-8)

El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante

✠ Lectura del santo Evangelio según san Juan.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.
Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».

Palabra del Señor.

Comentario a las lecturas

BENEDICTO XVI, Alocución al rezo del Regina Caeli (06.V.2012)

El Evangelio de hoy, quinto domingo del tiempo pascual, comienza con la imagen de la viña. «Jesús dijo a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador”» (Jn 15, 1). A menudo, en la Biblia, a Israel se le compara con la viña fecunda cuando es fiel a Dios; pero, si se aleja de él, se vuelve estéril, incapaz de producir el «vino que alegra el corazón del hombre», como canta el Salmo 104 (v. 15). La verdadera viña de Dios, la vid verdadera, es Jesús, quien con su sacrificio de amor nos da la salvación, nos abre el camino para ser parte de esta viña. Y como Cristo permanece en el amor de Dios Padre, así los discípulos, sabiamente podados por la palabra del Maestro (cf. Jn 15, 2-4), si están profundamente unidos a él, se convierten en sarmientos fecundos que producen una cosecha abundante. San Francisco de Sales escribe: «La rama unida y articulada al tronco da fruto no por su propia virtud, sino en virtud de la cepa: nosotros estamos unidos por la caridad a nuestro Redentor, como los miembros a la cabeza; por eso las buenas obras, tomando de él su valor, merecen la vida eterna» (Trattato dell’amore di Dio, XI, 6, Roma 2011, 601).

En el día de nuestro Bautismo, la Iglesia nos injerta como sarmientos en el Misterio pascual de Jesús, en su propia Persona. De esta raíz recibimos la preciosa savia para participar en la vida divina. Como discípulos, también nosotros, con la ayuda de los pastores de la Iglesia, crecemos en la viña del Señor unidos por su amor. «Si el fruto que debemos producir es el amor, una condición previa es precisamente este “permanecer”, que tiene que ver profundamente con esa fe que no se aparta del Señor» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 310). Es indispensable permanecer siempre unidos a Jesús, depender de él, porque sin él no podemos hacer nada (cf. Jn 15, 5). En una carta escrita a Juan el Profeta, que vivió en el desierto de Gaza en el siglo V, un creyente hace la siguiente pregunta: ¿Cómo es posible conjugar la libertad del hombre y el no poder hacer nada sin Dios? Y el monje responde: Si el hombre inclina su corazón hacia el bien y pide ayuda de Dios, recibe la fuerza necesaria para llevar a cabo su obra. Por eso la libertad humana y el poder de Dios van juntos. Esto es posible porque el bien viene del Señor, pero se realiza gracias a sus fieles (cf. Ep 763: SC 468, París 2002, 206). El verdadero «permanecer» en Cristo garantiza la eficacia de la oración, como dice el beato cisterciense Guerrico d’Igny: «Oh Señor Jesús…, sin ti no podemos hacer nada, porque tú eres el verdadero jardinero, creador, cultivador y custodio de tu jardín, que plantas con tu palabra, riegas con tu espíritu y haces crecer con tu fuerza» (Sermo ad excitandam devotionem in psalmodia: SC 202, 1973, 522).

Queridos amigos, cada uno de nosotros es como un sarmiento, que sólo vive si hace crecer cada día con la oración, con la participación en los sacramentos y con la caridad, su unión con el Señor. Y quien ama a Jesús, la vid verdadera, produce frutos de fe para una abundante cosecha espiritual. Supliquemos a la Madre de Dios que permanezcamos firmemente injertados en Jesús y que toda nuestra acción tenga en él su principio y su realización.

Se dice Credo.

Oración de los fieles

Oremos con la confianza puesta en Cristo, en su promesa: «Si permanecéis en mí, pediréis lo que deseéis y se realizará».

1.   Por la Iglesia, para que, animada por el Espíritu Santo, progrese en la fidelidad a Cristo y a los hombres de nuestro tiempo y dé fruto abundante. Roguemos al Señor.

2.    Por nuestra diócesis, para que aumenten entre nosotros las vocaciones sacerdotales y religiosas que tanto necesitamos. Oremos.

3.   Por los que recelan y desconfían de sus hermanos en la fe que piensan como ellos, como los discípulos de Jerusalén respecto de san Pablo, para que sean capaces de comprender, respetar y amar. Roguemos al Señor.

4.   Por todos los que se sienten fracasados, indefensos, incapaces de remediar ellos mismos sus males, para que encuentren la ayuda en la solidaridad de todos. Roguemos al Señor.

5.   Por nosotros, para que aprendamos a amarnos con obras y conforme a la verdad, y así permanezcamos unidos a Cristo, como los sarmientos a la vid. Roguemos al Señor.

Concédenos, Señor, lo que te pedimos
en el nombre de Jesucristo, tu Hijo,
en quien queremos permanecer
y cuya Palabra queremos guardar,
que vive y reina contigo,
inmortal y glorioso,
por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas

Oh, Dios,
que nos haces partícipes de tu única y suprema divinidad
por el admirable intercambio de este sacrificio,
concédenos alcanzar en una vida santa
la realidad que hemos conocido en ti.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio pascual.

Antífona de comunión       Cf. Jn 15, 1. 5

Yo soy la verdadera vid, y vosotros los sarmientos, dice el Señor; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante. Aleluya.

Oración después de la comunión

Oremos.
Asiste, Señor, a tu pueblo
y haz que pasemos del antiguo pecado
a la vida nueva
los que hemos sido alimentados
con los sacramentos del cielo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Bendición solemne

El sacerdote, vuelto hacia el pueblo, extendiendo las manos, dice:

El Señor esté con vosotros.

R/. Y con tu espíritu.

El diácono o, en su defecto, el mismo sacerdote, puede amonestar a los fieles con estas palabras u otras parecidas:

Inclinaos para recibir la bendición.

Luego, el sacerdote, con las manos extendidas continúa diciendo:

Dios, que por la resurrección de su Unigénito
os ha redimido y adoptado como hijos,
os llene de alegría con sus bendiciones.

R/. Amén.

Y ya que por la redención de Cristo
recibisteis el don de la libertad verdadera,
por su bondad recibáis también la herencia eterna.

R/. Amén.

Y, pues confesando la fe
habéis resucitado con Cristo en el bautismo,
por vuestras buenas obras
merezcáis ser admitidos en la patria del cielo.

R. Amén.

Y la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo ✠, y Espíritu Santo,
descienda sobre vosotros y os acompañe siempre.

R. Amén.

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