Subsidio para la preparación del VI Domingo de Pascua (09.05.2021)

Subsidio para la preparación del
VI DOMINGO DE PASCUA

Domingo, 9 de mayo de 2021

El presente subsidio ha sido preparado por el equipo de Iglesiaactualidad
© De los textos litúrgicos oficiales: CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA

Misa del Domingo (blanco).

MISAL: antífonas y oraciones propias., Gloria, Credo, Prefacio pascual. Hoy no se permiten otras celebraciones, tampoco la misa exequial.

LECC.: vol. I (B).
– Hch 10, 25-26. 34-35. 44-48.
El don del Espíritu Santo ha sido derramado también sobre los gentiles.
– Sal 97. R. El Señor revela a las naciones su salvación.
– 1 Jn 4, 7-10. Dios es amor.
– Jn 15, 9-17. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

Cristo nos ha llamado a ser sus amigos y es él el que nos ha elegido y nos ha destinado para llevar al mundo la Buena Noticia de su amor. Y esto lo haremos amándonos unos a otros como él lo ha hecho al dar la vida por nosotros y por todo el mundo (Evangelio). Así testimoniamos que Dios es amor, un amor que nos ha manifestado enviándonos a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados (segunda lectura). Y ese amor ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado por los sacramentos de la iniciación cristiana y que es para toda la humanidad (cf. primera lectura).

Antífona de entrada (Cf. Is 48, 20)

Anunciadio con gritos de júbilo, publicadlo y proclamadlo hasta el confín de la tierra. Decid: «El Señor ha rescatado a su pueblo». Aleluya.

Rito de la bendición y aspersión del agua bendita

Después del saludo, el sacerdote, de pie en la sede, vuelto hacia el pueblo, teniendo delante el recipiente con el agua que va a ser bendecida, invita al pueblo a orar con estas o similares palabras:

Invoquemos, queridos hermanos, a Dios, Padre todopoderoso, para que bendiga esta agua, que va a ser derramada sobre nosotros en memoria de nuestro bautismo, y pidámosle que nos renueve interiormente, para que permanezcamos fieles al Espíritu que hemos recibido.

Después de un breve silencio, prosigue diciendo con las manos juntas:

Señor, Dios todopoderoso,
escucha las oraciones de tu pueblo,
ahora que recordamos
la acción maravillosa de nuestra creación
y la maravilla, aún más grande, de nuestra redención;
dígnate bendecir ✠ esta agua.
La creaste para hacer fecunda la tierra
y para favorecer nuestros cuerpos
con la frescura y la limpieza.
La hiciste también instrumento de misericordia
al librar a tu pueblo de la esclavitud
y al apagar con ella su sed en el desierto;
por los profetas la revelaste como signo de la nueva Alianza
que quisiste sellar con los hombres.
Y, cuando Cristo descendió a ella en el Jordán,
renovaste nuestra naturaleza pecadora
en el baño del nuevo nacimiento.
Que esta agua, Señor,
avive en nosotros el recuerdo de nuestro bautismo
y nos haga participar en el gozo de nuestros hermanos
bautizados en la Pascua.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R/. Amén.

A continuación, el sacerdote toma el hisopo, se rocía a sí mismo y a los ministros, después al clero y al pueblo. Mientras tanto se canta un canto apropiado. Terminado el canto, el sacerdote, de pie y de cara al pueblo, con las manos juntas, dice:

Que Dios todopoderoso nos purifique del pecado
y, por la celebración de esta eucaristía,
nos haga dignos de participar
del banquete de su reino.

R/. Amén.

A continuación, se canta o se dice el himno Gloria.

Oración colecta

Oremos.
Dios todopoderoso,
concédenos continuar celebrando con fervor sincero
estos días de alegría
en honor del Señor resucitado,
para que manifestemos siempre en las obras
lo que repasamos en el recuerdo.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo y es Dios
por los siglos de los siglos.

Primera lectura (Hch 10, 25-26. 34-35. 44-48): El don del Espíritu Santo ha sido derramado también sobre los gentiles

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

Cuando iba a entrar Pedro, Cornelio le salió al encuentro y, postrándose, le quiso rendir homenaje. Pero Pedro lo levantó, diciéndole:

«Levántate, que soy un hombre como tú».

Pedro tomó la palabra y dijo:

«Ahora comprendo con toda verdad que Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea».

Todavía estaba hablando Pedro, cuando bajó el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban la palabra, y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se sorprendieron de que el don del Espíritu Santo se derramara también sobre los gentiles, porque los oían hablar en lenguas extrañas y proclamar la grandeza de Dios.

Entonces Pedro añadió:

«¿Se puede negar el agua del bautismo a los que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros?».

Y mandó bautizarlos en el nombre de Jesucristo.

Entonces le rogaron que se quedara unos días con ellos.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial (Sal 97, 1bcde. 2-3ab. 3cd-4 [R/.: cf. 2])

R/.   El Señor revela a las naciones su salvación.

O bien:

R/.   Aleluya.

V/.   Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas;
su diestra le ha dado la victoria
su santo brazo.   R/.

V/.   El Señor da a conocer su salvación,
revela a las naciones su justicia.
Se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel».   R/.

V/.   Los confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad.   R/.

Segunda lectura (1 Jn 4, 7-10): Dios es amor

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan.

Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.

En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él.

En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.

Palabra de Dios.

Aleluya (Cf. Jn 14, 23)

El que me ama guardará mi palabra —dice el Señor—,
y mi Padre lo amará, y vendremos a él.

Evangelio (Jn 15, 9-17): Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos

✠ Lectura del santo Evangelio según san Juan.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.
Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.
Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.
Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca.
De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros».

Palabra del Señor.

Comentario a las lecturas

BENEDICTO XVI, Homilía (Arezzo, 13.V.2012)

[…] La primera lectura nos ha presentado un momento importante en el que se manifiesta precisamente la universalidad del mensaje cristiano y de la Iglesia: san Pedro, en la casa de Cornelio, bautizó a los primeros paganos. En el Antiguo Testamento Dios había querido que la bendición del pueblo judío no fuera exclusiva, sino que se extendiera a todas las naciones. Desde la llamada de Abrahán había dicho: «En ti serán benditas todas las familias de la tierra» (Gén 12, 3). Y así Pedro, inspirado desde lo alto, comprende que «Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea» (Hch 10, 34-35). El gesto realizado por Pedro se convierte en imagen de la Iglesia abierta a toda la humanidad. Siguiendo la gran tradición de vuestra Iglesia y de vuestras comunidades, sed testigos auténticos del amor de Dios hacia todos.

Pero, ¿cómo podemos nosotros, con nuestra debilidad, llevar este amor? San Juan, en la segunda lectura, nos ha dicho con fuerza que la liberación del pecado y de sus consecuencias no es iniciativa nuestra, sino de Dios. No hemos sido nosotros quienes lo hemos amado a él, sino que es él quien nos ha amado a nosotros y ha tomado sobre sí nuestro pecado y lo ha lavado con la sangre de Cristo. Dios nos ha amado primero y quiere que entremos en su comunión de amor, para colaborar en su obra redentora.

En el pasaje del Evangelio ha resonado la invitación del Señor: «Os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca» (Jn 15, 16). Son palabras dirigidas de modo específico a los Apóstoles, pero, en sentido amplio, conciernen a todos los discípulos de Jesús. Toda la Iglesia, todos nosotros hemos sido enviados al mundo para llevar el Evangelio y la salvación. Pero la iniciativa siempre es de Dios, que llama a los múltiples ministerios, para que cada uno realice su propia parte para el bien común. Llamados al sacerdocio ministerial, a la vida consagrada, a la vida conyugal, al compromiso en el mundo, a todos se les pide que respondan con generosidad al Señor, sostenidos por su Palabra, que nos tranquiliza: «No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido» (ib.). […]

La Palabra de Dios que hemos escuchado es una fuerte invitación a vivir el amor de Dios a todos, y la cultura de estas tierras, entre sus valores distintivos, la solidaridad, la atención a los más débiles, el respeto de la dignidad de cada uno. Es muy conocida la acogida, que también en tiempos recientes habéis sabido dar a quienes han venido en busca de libertad y de trabajo. Ser solidarios con los pobres es reconocer el proyecto de Dios Creador, que ha hecho de todos una sola familia. […]

Testimoniar el amor de Dios en la atención a los últimos se conjuga también con la defensa de la vida, desde su primer instante hasta su término natural. En vuestra región asegurar a todos dignidad, salud y derechos fundamentales se siente con razón como un bien irrenunciable. La defensa de la familia, a través de leyes justas y capaces de tutelar también a los más débiles, ha de constituir siempre un punto importante para mantener un tejido social sólido y ofrecer perspectivas de esperanza para el futuro. […]

Se dice Credo.

Oración de los fieles

Oremos con la confianza puesta en Cristo, que nos asegura: «Lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dará»

1.   Por todos los que tienen alguna responsabilidad en la Iglesia, para que permanezcan atentos y dóciles a las llamadas imprevisibles del Espíritu Santo. Roguemos al Señor.

2.   Por los que no aceptan otras formas que la suya de vivir la fe, para que sean capaces de comprender que Dios acepta sin distinción a todo el que lo teme y practica la justicia. Roguemos al Señor.

3.   Por todos los que sufren, para que la alegría de Cristo esté con ellos y su alegría llegue a plenitud. Roguemos al Señor.

4.   Por nosotros, amados de Dios, amigos de Cristo, para que amándonos unos a otros, como Cristo nos ha amado, demos testimonio del amor de Dios. Roguemos al Señor.

Dios, Padre nuestro,
tú nos has revelado tu amor en Jesucristo, tu Hijo;
concédenos lo que en su nombre te pedimos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas

Suban hasta ti, Señor, nuestras súplicas
con la ofrenda del sacrificio,
para que, purificados por tu bondad,
nos preparemos para el sacramento de tu inmenso amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio pascual.

Antífona de comunión (Cf. Jn 14, 15-16)

Si me amáis, guardaréis mis mandamientos, dice el Señor. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros. Aleluya.

Oración después de la comunión

Oremos.
Dios todopoderoso y eterno,
que en la resurrección de Jesucristo
nos has renovado para la vida eterna,
multiplica en nosotros los frutos del Misterio pascual
e infunde en nuestros corazones
la fortaleza del alimento de salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Bendición solemne

El sacerdote, vuelto hacia el pueblo, extendiendo las manos, dice:

El Señor esté con vosotros.

R/. Y con tu espíritu.

El diácono o, en su defecto, el mismo sacerdote, puede amonestar a los fieles con estas palabras u otras parecidas:

Inclinaos para recibir la bendición.

Luego, el sacerdote, con las manos extendidas continúa diciendo:

Dios, que por la resurrección de su Unigénito
os ha redimido y adoptado como hijos,
os llene de alegría con sus bendiciones.

R/. Amén.

Y ya que por la redención de Cristo
recibisteis el don de la libertad verdadera,
por su bondad recibáis también la herencia eterna.

R/. Amén.

Y, pues confesando la fe
habéis resucitado con Cristo en el bautismo,
por vuestras buenas obras
merezcáis ser admitidos en la patria del cielo.

R. Amén.

Y la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo ✠, y Espíritu Santo,
descienda sobre vosotros y os acompañe siempre.

R. Amén.

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