Subsidio para la preparación de la Misa vespertina de la vigilia de Pentecostés

Subsidio para la preparación de la
MISA VESPERTINA DE LA VIGILIA DE PENTECOSTÉS

Sábado, 22 de mayo de 2021

El presente subsidio ha sido preparado por el equipo de Iglesiaactualidad
© De los textos litúrgicos oficiales: CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA

Misa de la vigilia de la solemnidad de Pentecostés (rojo).

MISAL: antífonas y oraciones propias, Gloria, Credo, prefacio prop., embolismos propios en las plegarias eucarísticas. No se puede decir la plegaria eucarística IV. Despedida con doble «Aleluya».

LECC.: vol. I (B).
– 1ª Gén 11, 1-9. Se llama Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra.
Sal 32. R. Dichoso el pueblo que Dios se escogió como heredad.
Éx 19, 3-8. 16-20b.El Señor descendió al monte Sinaí a la vista del pueblo.
– Salmo: Dan 3, 52-56. R. ¡A ti gloria y alabanza por los siglos!
o bien: Sal 18. R. Señor, tú tienes palabras de vida eterna.
– 3ª Ez 37, 1-14. Huesos secos, infundiré espíritu sobre vosotros y viviréis.
Sal 106. R. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.
– 4ª Jl 3, 1-5. Sobre mis siervos y siervas derramaré mi Espíritu.
Sal 103. R. Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
Rom 8, 22-27. El Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables.
Jn 7, 37-39. Manarán ríos de agua viva.

a) Celebración de las Primeras Vísperas junto a la Misa

V/. Dios mío, ven en mi auxilia.

R/. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santos. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

Veni, creátor Spíritus,
mentes tuórum vísita,
imple supérna grátia,
quæ tu creásti, péctora.

Qui díceris Paráclitus,
donum Dei altíssimi,
fons vivus, ignis, cáritas
et spiritális únctio.

Tu septifórmis múnere,
dextræ Dei tu dígitus,
tu rite promíssum Patris
sermóne ditans gúttura.

Accénde lumen sénsibus,
infúnde amórem córdibus,
infírma nostri córporis,
virtúte firmans pérpeti.

Hostem repéllas lóngius
pacémque dones prótinus;
ductóre sic te prævio
vitémus omne nóxium.

Per te sciámus da Patrem
noscámus atque Fílium,
te utriúsque Spíritum
credámus omni témpore. Amen.

Salmodia

Ant. 1. Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. Aleluya.

Salmo 112

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Ant. Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. Aleluya.

Ant. 2. Los apóstoles vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, y se posó encima de cada uno de ellos el Espíritu Santo. Aleluya.

Salmo 146

Alabad al Señor, que la música es buena;
nuestro Dios merece una alabanza armoniosa.

El Señor reconstruye Jerusalén,
reúne a los deportados de Israel;
él sana los corazones destrozados,
venda sus heridas.

Cuenta el número de las estrellas,
a cada una la llama por su nombre.
Nuestro Señor es grande y poderoso,
su sabiduría no tiene medida.
El Señor sostiene a los humildes,
humilla hasta el polvo a los malvados.

Entonad la acción de gracias al Señor,
tocad la cítara para nuestro Dios,
que cubre el cielo de nubes,
preparando la lluvia para la tierra;

que hace brotar hierba en los montes,
para los que sirven al hombre;
que da su alimento al ganado
y a las crías de cuervo que graznan.

No aprecia el vigor de los caballos,
no estima los jarretes del hombre:
el Señor aprecia a sus fieles,
que confían en su misericordia.

Ant. Los apóstoles vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, y se posó encima de cada uno de ellos el Espíritu Santo. Aleluya.

Ant. 3. El Espíritu que procede del Padre, él me glorificará. Aleluya.

Cántico
Ap15, 3-4

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Ant. El Espíritu que procede del Padre, él me glorificará. Aleluya.

Oración

Oremos.
Dios todopoderoso,
brille sobre nosotros el resplandor de tu gloria
y que tu luz fortalezca,
con la iluminación del Espíritu Santo,
los corazones de los renacidos por tu gracia.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo y es Dios
por los siglos de los siglos.

Sigue la celebración como se detalla en el apartado c).

b) Celebración únicamente de la Misa

Antífona de entrada (Cf. Rom 5, 5; 8, 11)

El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que habita en nosotros. Aleluya.

Acto penitencial

El sacerdote invita a los fieles al arrepentimiento:

Jesucristo, el justo, intercede por nosotros y nos reconcilia con el Padre. Abramos, pues, nuestro espíritu al arrepentimiento para acercarnos a la mesa del Señor.

Se hace una breve pausa de silencio. Después, el sacerdote, u otro ministro, dice las siguientes invocaciones:

  • Tú, que eres el Camino y nos animas a nosotros a caminar. Señor, ten piedad.
    R/. Señor, ten piedad.
  • Tú, que eres la Verdad que brilla en medio de tanta mentira. Cristo, ten piedad.
    R/. Cristo, ten piedad.
  • Tú, que eres la Vida que supera los miedos y temores. Señor, ten piedad.
    R/. Señor, ten piedad.

El sacerdote concluye con la siguiente plegaria:

Dios todopoderoso
tenga misericordia de nosotros,
perdone nuestros pecados
y nos lleve a la vida eterna.

R/. Amén.

Oración

Oremos.
Dios todopoderoso,
brille sobre nosotros el resplandor de tu gloria
y que tu luz fortalezca,
con la iluminación del Espíritu Santo,
los corazones de los renacidos por tu gracia.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo y es Dios
por los siglos de los siglos.

Sigue la celebración como se detalla en el apartado c).

c) Parte común

A continuación, el sacerdote puede exhortar al pueblo con estas palabras u otras semejantes:

Hemos empezado ya, queridos hermanos, la vigilia de Pentecostés; imitando a los apóstoles y discípulos, que, con María, la madre de Jesús, se dedicaban a la oración, esperando el Espíritu prometido por el Señor, escuchemos ahora, con atención y con calma, la palabra de Dios. Meditemos los prodigios que hizo Dios en favor de su pueblo y pidamos que el Espíritu Santo, a quien el Padre envió como primicia para los creyentes, lleve a plenitud su obra en el mundo.

Primera lectura (Gén 11, 1-9): Se llamará Babel, porque allí confundió el Señor su lengua de toda la tierra

Lectura del libro del Génesis.

Toda la tierra hablaba una misma lengua con las mismas palabras. Al emigrar los hombres desde oriente, encontraron una llanura en la tierra de Senaar y se establecieron allí.

Se dijeron unos a otros:

«Vamos a preparar ladrillos y a cocerlos al fuego».

Y emplearon ladrillos en vez de piedras, y alquitrán en vez de argamasa.

Después dijeron:

«Vamos a construir una ciudad y una torre que alcance el cielo, para hacernos un nombre, no sea que nos dispersemos por la superficie de la tierra».

El Señor bajó a ver la ciudad y la torre que estaban construyendo los hombres. Y el Señor dijo:

«Puesto que son un solo pueblo con una sola lengua y esto no es más que el comienzo de su actividad, ahora nada que decidan hacer les resultará imposible. Bajemos, pues, y confundamos allí su lengua, de modo que ninguno entienda la lengua del prójimo».

El Señor los dispersó de allí por la superficie de la tierra y cesaron de construir la ciudad. Por eso se llama Babel, porque allí los dispersó el Señor por la superficie de la tierra.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial a la primera lectura (Sal 32, 10-11. 12-13. 14-15 [R/.: 12b])

R/.   Dichoso el pueblo que Dios se escogió como heredad.

V/.   El Señor deshace los planes de las naciones,
frustra los proyectos de los pueblos;
pero el plan del Señor subsiste por siempre;
los proyectos de su corazón, de edad en edad.   R/.

V/.   Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se escogió como heredad.
El Señor mira desde el cielo,
se fija en todos los hombres.   R/.

V/.   Desde su morada observa
a todos los habitantes de la tierra:
él modeló cada corazón,
y comprende todas sus acciones.   R/.

Oración

Oremos.
Dios todopoderoso,
haz que tu Iglesia permanezca siempre
como pueblo santo,
renacido en la unidad del Padre, y del Hijo, y del Espíritu,
que manifestaste al mundo el signo de tu santidad y unidad,
y que lo conduzca a la perfección de tu amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

SEGUNDA LECTURA (Éx 19, 3-8. 16-20b): El Señor descendió al monte Sinaí a la vista del pueblo

Lectura del libro del Éxodo.

En aquellos días, Moisés subió hacia Dios. El Señor lo llamó desde la montaña diciendo:

«Así dirás a la casa de Jacob y esto anunciarás a los hijos de Israel: “Vosotros habéis visto lo que he hecho con los egipcios y cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí. Ahora, pues, si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”. Estas son las palabras que has de decir a los hijos de Israel».

Fue, pues, Moisés, convocó a los ancianos del pueblo y les expuso todo lo que el Señor le había mandado.

Todo el pueblo, a una, respondió:

«Haremos todo cuanto ha dicho el Señor».

Moisés comunicó la respuesta del pueblo al Señor.

Al tercer día, al amanecer, hubo truenos y relámpagos y una densa nube sobre la montaña, se oía un fuerte sonido de trompeta y toda la gente que estaba en el campamento se echó a temblar. Moisés sacó al pueblo del campamento, al encuentro de Dios, y se detuvieron al pie de la montaña. La montaña Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre ella en medio del fuego. Su humo se elevaba como el de un horno y toda la montaña temblaba con violencia. El sonar de la trompeta se hacía cada vez más fuerte; Moisés hablaba y Dios le respondía con el trueno. El Señor descendió al monte Sinaí, a la cumbre del monte. El Señor llamó a Moisés a la cima de la montaña.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial a la segunda lectura (opción 1: Dn 3, 52. 53. 54. 55. 56 [R/.: 52b])

R/.   ¡A ti gloria y alabanza por los siglos!

V/.   Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres.
Bendito tu nombre, santo y glorioso.   R/.

V/.   Bendito eres en el templo de tu santa gloria.   R/.

V/.   Bendito eres sobre el trono de tu reino.   R/.

V/.   Bendito eres tú, que sentado sobre querubines
sondeas los abismos.   R/.

V/.   Bendito eres en la bóveda del cielo.   R/.

Salmo responsorial a la segunda lectura (opción 2: Sal 18, 8. 9. 10. 11 [R/.: Jn 6, 68c])

R/.   Señor, tú tienes palabras de vida eterna.

V/.   La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye a los ignorantes.   R/.

V/.   Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos.   R/.

V/.   El temor del Señor es puro
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos.   R/.

V/.   Más preciosos que el oro,
más que el oro fino;
más dulces que la miel
de un panal que destila.   R/.

Oración

Oremos.
Oh, Dios, que en el monte Sinaí,
en medio del resplandor del fuego,
diste a Moisés la ley antigua,
y en el día de hoy,
manifestare la nueva Alianza,
te pedimos que nos inflame continuamente
el mismo Espíritu que infundiste de modo inefable en tus apóstoles
y que el nuevo Israel, convocado de entre todos los pueblos,
reciba con alegría el mandamiento eterno de tu amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Tercera lectura (Ez 37, 1-14): Huesos secos, infundiré espíritu sobre vosotros y viviréis

Lectura de la profecía de Ezequiel.

En aquellos días, la mano del Señor se posó sobre mí. El Señor me sacó en espíritu y me colocó en medio de un valle todo lleno de huesos. Me hizo dar vueltas y vueltas en torno a ellos: eran muchísimos en el valle y estaban completamente secos.

Me preguntó:

«Hijo de hombre: ¿podrán revivir estos huesos?».

Yo respondí:

«Señor, Dios mío, tú lo sabes».

Él me dijo:

«Pronuncia un oráculo sobre estos huesos y diles: “¡Huesos secos, escuchad la palabra del Señor! Esto dice el Señor Dios a estos huesos: Yo mismo infundiré espíritu sobre vosotros y viviréis. Pondré sobre vosotros los tendones, haré crecer la carne, extenderé sobre ella la piel, os infundiré espíritu y viviréis. Y comprenderéis que yo soy el Señor”».

Yo profeticé como me había ordenado, y mientras hablaba se oyó un estruendo y los huesos se unieron entre sí. Vi sobre ellos los tendones, la carne había crecido y la piel la recubría; pero no tenían espíritu.

Entonces me dijo:

«Conjura al espíritu, conjúralo, hijo de hombre, y di al espíritu: “Esto dice el Señor Dios: ven de los cuatro vientos, espíritu, y sopla sobre estos muertos para que vivan”».

Yo profeticé como me había ordenado; vino sobre ellos el espíritu y revivieron y se pusieron en pie. Era una multitud innumerable.

Y me dijo:

«Hijo de hombre, estos huesos son la entera casa de Israel, que dice: “Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza, ha perecido, estamos perdidos”. Por eso profetiza y diles: “Esto dice el Señor Dios: Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos, pueblo mío, y os llevaré a la tierra de Israel. Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de ellos, pueblo mío, comprenderéis que yo soy el Señor. Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestra tierra y comprenderéis que yo, el Señor, lo digo y lo hago” —oráculo del Señor—».

Palabra de Dios.

Salmo responsorial a la tercera lectura (Sal 106, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 [R/.: 1])

R/.   Dad gracias al Señor,
        porque es eterna su misericordia.

V/.   Que lo confiesen los redimidos por el Señor,
los que él rescató de la mano del enemigo,
los que reunió de todos los países:
oriente y occidente, norte y sur.   R/.

V/.   Erraban por un desierto solitario,
no encontraban el camino de ciudad habitada;
pasaban hambre y sed,
se les iba agotando la vida.   R/.

V/.   Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Los guió por un camino derecho,
para que llegaran a una ciudad habitada.   R/.

V/.   Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Calmó el ansia de los sedientos,
y a los hambrientos los colmó de bienes.   R/.

Oración

Oremos.
Señor, Dios todopoderoso,
que restauras cuanto está caído
y, una vez restaurado, lo conservas,
multiplica los pueblos que han de ser renovados
por la acción santificadora de tu nombre,
para que todos los que reciban el santo bautismo
sean guiados siempre por tu misericordia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

O bien:

Oremos.
Oh, Dios que nos has regenerado por tu palabra de vida,
derrama sobre nosotros el Espíritu Santo,
para que, caminando en la unidad de la fe,
merezcamos llegar a la incorruptible resurrección
de la carne que habrá de ser glorificada.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

O bien:

Oremos.
Que tu pueblo, oh, Dios, exulte siempre
al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu,
para que todo el que se alegra ahora
de haber recobrado la gloria de la adopción filial,
ansíe el día de la resurrección
con la esperanza cierta de la felicidad eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Cuarta lectura (Jl 3, 1-5): Sobre mis siervos y siervas derramaré mi espíritu

Lectura de la profecía de Joel.

Esto dice el Señor:
«Derramaré mi espíritu sobre toda carne,
      vuestros hijos e hijas profetizarán,
      vuestros ancianos tendrán sueños
      y vuestros jóvenes verán visiones.
Incluso sobre vuestros siervos y siervas
     derramaré mi espíritu en aquellos días.
Pondré señales en el cielo y en la tierra:
     sangre, fuego y columnas de humo.
El sol se convertirá en tinieblas,
     la luna, en sangre
     ante el Día del Señor que llega,
     grande y terrible.
Y todo el que invoque
     el nombre del Señor se salvará.
Habrá supervivientes en el monte Sion,
     como lo dijo el Señor,
     y también en Jerusalén
     entre el resto que el Señor convocará».

Palabra de Dios.

Salmo responsorial a la cuarta lectura (Sal 103, 1-2a. 24 y 35c. 27-28. 29bc-30 [R/.: 30])

R/.   Envía tu Espíritu, Señor,
        y repuebla la faz de la tierra.

V/.   Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto.   R/.

V/.   Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas.
¡Bendice, alma mía, al Señor!   R/.

V/.   Todos ellos aguardan
a que les eches comida a su tiempo:
se la echas, y la atrapan;
abres tu mano, y se sacian de bienes.   R/.

V/.   Les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu espíritu, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra.   R/.

Oración

Oremos.
Cumple, Señor, en nosotros tu promesa,
para que la venida del Espíritu Santo
nos convierta ante el mundo
en testigos del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.
Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

A continuación, se canta o se dice el himno Gloria a Dios en el cielo.

Oración colecta

Oremos.
Dios todopoderoso y eterno,
que has querido que el Misterio pascual
se actualizase bajo el signo sagrado de los cincuenta días,
haz que los pueblos dispersos en la diversidad de lenguas
se congreguen, por los dones del cielo,
en la única confesión de tu nombre.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo y es Dios
por los siglos de los siglos.

Epístola (Rom 8, 22-27): El Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

Hermanos:

Sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto.

Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo.

Pues hemos sido salvados en esperanza. Y una esperanza que se ve, no es esperanza; efectivamente, ¿cómo va a esperar uno algo que ve?

Pero si esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia.

Del mismo modo, el Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.

Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

Palabra de Dios.

Aleluya

Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles
        y enciende en ellos la llama de tu amor.

Evangelio (Jn 7, 37-39): Manarán ríos de agua viva

✠ Lectura del santo Evangelio según san Juan.

El último día, el más solemne de la fiesta, Jesús en pie gritó:

«El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura: “de sus entrañas manarán ríos de agua viva”».

Dijo esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él.

Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado.

Palabra del Señor.

Comentario a las lecturas

Cf. FRANCISCO, Homilía (8.VI.2019)

También esta noche, víspera del último día del tiempo de Pascua, fiesta de Pentecostés, Jesús está entre nosotros y proclama en voz alta: «Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí, como dice la Escritura, de su seno correrán ríos de agua viva» (Jn 7, 37-38).

Es “el río de agua viva del Espíritu Santo” que brota del seno de Jesús, de su costado atravesado por la lanza y que lava y fecunda a la Iglesia, esposa mística representada por María, la nueva Eva, al pie de la cruz.

El Espíritu Santo brota del seno de la misericordia de Jesús Resucitado, llena nuestro seno con una «medida buena, apretada, remecida hasta rebasar»  de misericordia (cf. Lc 6, 38) y nos transforma en Iglesia-seno de misericordia, es decir, en una “madre de corazón abierto”  para todos. ¡Cuánto me gustaría que la gente que vive en Roma reconociera a la Iglesia, que nos reconociera por este más de misericordia, no por otras cosas, por este más de humanidad y de ternura, que tanto se necesitan! Nos sentiríamos como en casa, en la “casa materna”, donde siempre se es bienvenido y donde siempre se puede volver. […]

También en nuestros días hay quien intenta construir “una ciudad y una torre que lleguen hasta el cielo” (cf. Gén 11, 4). Son proyectos humanos, también los nuestros, puestos al servicio de un “yo” cada vez más grande, hacia un cielo en el que ya no hay lugar para Dios. Dios deja que lo hagamos durante algún tiempo, para que podamos experimentar hasta qué punto del mal y de la tristeza podemos llegar sin Él… Pero el Espíritu de Cristo, Señor de la historia, no ve el momento de tirarlo todo por la borda, para hacernos empezar de nuevo. Siempre somos un poco “cortos” de vista y de corazón; abandonados a nosotros mismos, acabamos perdiendo el horizonte; llegamos a convencernos de que lo hemos entendido todo, de que hemos tenido en cuenta todas las variables, de que hemos previsto qué va a pasar y cómo va a pasar… Son todas construcciones nuestras que se imaginan que tocarán el cielo. En cambio el Espíritu irrumpe en el mundo desde las alturas, desde el seno de Dios, allí donde el Hijo fue generado, y hace nuevas todas las cosas. […]

Si pensamos en los dolores del parto, entendemos que nuestro gemido, el del pueblo que vive en esta ciudad y el gemido de toda la creación no son más que el gemido mismo del Espíritu: es el parto del nuevo mundo. Dios es el Padre y la madre, Dios es la partera, Dios es el gemido, Dios es el Hijo engendrado en el mundo y nosotros, la Iglesia, estamos al servicio de este parto. No al servicio de nosotros mismos, no al servicio de nuestra ambiciones, de tantos sueños de poder, no: al servicio de esto que Dios hace, de estas maravillas que Dios hace. […]

Dejémonos llevar, pues, de la mano del Espíritu e ir en medio del corazón de la ciudad para escuchar su grito, su gemido. Dios dijo a Moisés que este grito escondido del Pueblo ha llegado hasta Él: Él lo ha escuchado, ha visto la opresión y el sufrimiento… Y ha decidido intervenir enviando a Moisés a suscitar y alimentar el sueño de libertad de los israelitas y a revelarles que este sueño es su propia voluntad: hacer de Israel un pueblo libre, su Pueblo, vinculado a Él por una alianza de amor, llamado a testimoniar la fidelidad del Señor ante todas las gentes.

Pero para que Moisés pueda llevar a cabo su misión, Dios quiere que “baje” con él en medio de los israelitas. El corazón de Moisés debe volverse como el de Dios, atento y sensible a los sufrimientos y a los sueños de los hombres, a lo que gritan a escondidas cuando levantan las manos al Cielo, porque ya no tienen ningún agarradero en la tierra. Es el gemido del Espíritu, y Moisés debe escuchar no con el oído, sino con el corazón. Hoy nos pide a nosotros, los cristianos, que aprendamos a escuchar con el corazón. Y el Maestro de esta escucha es el Espíritu. Abrir el corazón para que Él nos enseñe a escuchar con el corazón.

Se dice Credo.

Oración de los fieles

Oremos a Dios Padre, que por la muerte y resurrección de Cristo nos ha dado el Espíritu Santo.

1.   Por la Iglesia, extendida por todo el universo, para que, impulsada por el Espíritu Santo, permanezca atenta a lo que sucede en el mundo, haga suyos los sufrimientos, alegrías y esperanzas de los hombres de nuestro tiempo, intuya los signos caritativos que debe realizar y así pueda iluminarlo todo con el Evangelio. Roguemos al Señor.

2.   Por todos los pueblos y razas en la diversidad de culturas y civilizaciones, para que el Espíritu Santo abra los corazones de todos al Evangelio, proclamado en sus propias lenguas, y los guíe hasta la verdad plena. Roguemos al Señor.

3.   Por nuestro mundo de hoy, sujeto a cambios profundos y rápidos, para que el Espíritu Santo, que abarca la historia humana, promueva la esperanza de un futuro mejor y vislumbremos el gran día de Jesucristo. Roguemos al Señor.

4.   Por nosotros, aquí reunidos, para que, iluminados y fortalecidos por el Espíritu Santo, demos testimonio de nuestra fe. Roguemos al Señor.

Dios, Padre nuestro,
tu Espíritu ora con nosotros, dentro de nosotros;
escucha la oración de tu Iglesia, morada suya,
concédenos lo que el mismo Espíritu nos sugiere pedirte.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas

Colma, Señor, estos dones
con la acción santificadora de tu Espíritu,
para que se manifiesta, por medio de ellos,
aquel amor de tu Iglesia
que hace brillar en todo el mundo
la verdad del misterio de la salvación
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio:

El misterio de Pentecostés

V/.   El Señor esté con vosotros.
R/.   Y con tu espíritu.

V/.   Levantemos el corazón.
R/. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V/.   Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R/. Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.

Pues, para llevar a plenitud el Misterio pascual,
enviaste hoy el Espíritu Santo
sobre los habías adoptada como hijos
por la encarnación de tu Unigénito.
El Espíritu que,
desde el comienzo de la Iglesia naciente,
infundió el conocimiento de Dios en todos los pueblos
y reunió a diversidad de lenguas
en la confesión de una misma fe.

Por eso,
con esta efusión de gozo pascual,
el mundo entero se desborda de alegría,
y también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles,
cantan el himno de tu gloria diciendo sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.

Cuando se utiliza el Canon romano, se dice Reunidos en comunión propio. Cuando se utiliza la plegaria eucarística II, se dice la intercesión Acuérdate, Señor propia. Cuando se utiliza la plegaria eucarística III, se dice el recuerdo propio en la intercesión Atiende los deseos.

Antífona de comunión (Jn 7, 37)

El último día de la fiesta, Jesús en pie gritó: «El que tenga sed, que venga a mí y beba». Aleluya.

Cántico evangélico

Si se han celebrado las Primeras Vísperas unidas a la Misa, después de la comunión, se canta el Magnificat con su antífona:

Ant. Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor, tú que congregaste a los pueblos de todas las lenguas en la confesión de una sola fe. Aleluya.

Magníficat

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor, tú que congregaste a los pueblos de todas las lenguas en la confesión de una sola fe. Aleluya.

Oración después de la comunión

Oremos.
Estos dones que acabamos de recibir, Señor,
nos sirvan de provecho,
para que nos inflame el mismo Espíritu
que infundiste de modo inefable en tus apóstoles.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Bendición solemne

El sacerdote, vuelto hacia el pueblo, extendiendo las manos, dice:

El Señor esté con vosotros.

R/. Y con tu espíritu.

El diácono o, en su defecto, el mismo sacerdote, puede amonestar a los fieles con estas palabras u otras parecidas:

Inclinaos para recibir la bendición.

Luego, el sacerdote, con las manos extendidas continúa diciendo:

Dios, Padre de los astros,
que en el día de hoy iluminó las mentes de sus discípulos
derramando sobre ellas el Espíritu Santo,
os alegre con sus bendiciones
y os llene con los dones del Espíritu consolador.

R/. Amén.

Que el mismo fuego divino,
que de manera admirable se posó sobre los apóstoles,
purifique vuestros corazones de todo pecado
y los ilumine con la efusión de su claridad.

R/. Amén.

Y que el Espíritu que congregó en la confesión de una misma fe
a los que el pecado había dividido en diversidad de lenguas
os conceda el don de la perseverancia en esta misma fe,
y así podáis pasar de la esperanza a la plena visión.

R/. Amén.

Y la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo ✠ y Espíritu Santo,
descienda sobre vosotros y os acompañe siempre.

R/. Amén.

Para despedir al pueblo, el diácono, o el mismo sacerdote, canta:

Podéis ir en paz, aleluya, aleluya.

R/. Demos gracias a Dios, aleluya, aleluya.

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