Subsidio para la preparación del Domingo de Pentecostés (23.05.2021)

Subsidio para la preparación del
DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Domingo, 23 de mayo de 2021

El presente subsidio ha sido preparado por el equipo de Iglesiaactualidad
© De los textos litúrgicos oficiales: CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA

Misa del día de la solemnidad (rojo).

MISAL: antífonas y oraciones propias, Gloria, Credo, prefacio prop., embolismos propios en las plegarias eucarísticas. No se puede decir la plegaria eucarística IV. Despedida con doble «Aleluya». Hoy no se permiten otras celebraciones, tampoco la misa exequial.

LECC.: vol. I (B).
– Hch 2, 1-11.
Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar.
– Sal 103. R. Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
– 1 Cor 12, 3b-7. 12-13. Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo.
– Secuencia: Ven, Espíritu divino.
– Jn 20, 19-23. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo; recibid el Espíritu Santo.
Lecturas alternativas para el presente año B:
– Gál 5, 16-25. El fruto del Espíritu.
– Jn 15, 26-27; 16, 12-15. El Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena.

En Pentecostés, cincuenta días después de la Pascua, celebraban los israelitas la Alianza del Sinaí, escrita en las tablas de piedra que Dios entregó a Moisés, y por la que fueron constituidos en pueblo de Dios. Estando reunidos todos los discípulos en ese día, a los cincuenta de la resurrección de Cristo, vino sobre ellos el Espíritu Santo, la ley de la Nueva Alianza, escrita no ya en tablas de piedra sino en el corazón de cada creyente. En este día comenzaron a ser el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, abierto a todo el mundo como se expresa en el don de lenguas que recibieron (cf. primera lectura y prefacio). Ya antes, Jesús resucitado había dado el Espíritu Santo a los apóstoles para que pudieran perdonar los pecados. El Espíritu sigue viniendo a nosotros por el bautismo y nos une así a todos formando un solo cuerpo en Cristo.

Antífona de entrada (Sab 1, 7)

El Espíritu del Señor llenó la tierra y todo lo abarca, y conoce cada sonido. Aleluya.

O bien (cf. Rom 5, 5; 8, 11):

El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que habita en nosotros. Aleluya.

Rito de la bendición y aspersión del agua bendita

Después del saludo, el sacerdote, de pie en la sede, vuelto hacia el pueblo, teniendo delante el recipiente con el agua que va a ser bendecida, invita al pueblo a orar con estas o similares palabras:

Invoquemos, queridos hermanos, a Dios, Padre todopoderoso, para que bendiga esta agua, que va a ser derramada sobre nosotros en memoria de nuestro bautismo, y pidámosle que nos renueve interiormente, para que permanezcamos fieles al Espíritu que hemos recibido.

Después de un breve silencio, prosigue diciendo con las manos juntas:

Señor, Dios todopoderoso,
escucha las oraciones de tu pueblo,
ahora que recordamos
la acción maravillosa de nuestra creación
y la maravilla, aún más grande, de nuestra redención;
dígnate bendecir ✠ esta agua.

La creaste para hacer fecunda la tierra
y para favorecer nuestros cuerpos
con la frescura y la limpieza.

La hiciste también instrumento de misericordia
al librar a tu pueblo de la esclavitud
y al apagar con ella su sed en el desierto;
por los profetas la revelaste como signo de la nueva Alianza
que quisiste sellar con los hombres.

Y, cuando Cristo descendió a ella en el Jordán,
renovaste nuestra naturaleza pecadora
en el baño del nuevo nacimiento.
Que esta agua, Señor,
avive en nosotros el recuerdo de nuestro bautismo
y nos haga participar en el gozo de nuestros hermanos
bautizados en la Pascua.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R/. Amén.

Cuando las circunstancias locales o la costumbre del pueblo aconsejen conservar el rito de mezclar sal en el agua bendita, el sacerdote bendice la sal, diciendo:

Te pedimos humildemente,
Dios todopoderoso,
que te dignes bendecir ✠ esta sal,
del mismo modo que mandaste al profeta Eliseo
que la arrojase al agua
para remediar su esterilidad.
Concédenos, Señor,
que allí donde se derrame esta mezcla de sal y agua
sea ahuyentado el poder del enemigo
y nos proteja siemprela presencia del Espíritu Santo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R/. Amén.

Y, en silencio, pone la sal en el agua.

A continuación, el sacerdote toma el hisopo, se rocía a sí mismo y a los ministros, después al clero y al pueblo, recorriendo la iglesia, si le parece oportuno. Mientras tanto se canta un canto apropiado. Terminado el canto, el sacerdote, de pie y de cara al pueblo, con las manos juntas, dice:

Que Dios todopoderoso nos purifique del pecado
y, por la celebración de esta eucaristía,
nos haga dignos de participar
del banquete de su reino.

R/. Amén.

A continuación, se canta o se dice el himno Gloria a Dios en el cielo.

Oración colecta

Oremos.
Oh, Dios, que por el misterio de esta fiesta
santificas a toda tu Iglesia
en medio de los pueblos y de las naciones,
derrama los dones de tu Espíritu
sobre todos los confines de la tierra
y realiza ahora también, en el corazón de tus fieles,
aquellas maravillas que te dignaste hacer
en los comienzos de la predicación evangélica.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo y es Dios
por los siglos de los siglos.

R/. Amén.

Primera lectura (Hch 2, 1-11): Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse.

Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo:

«¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua».

Palabra de Dios.

Salmo responsorial (Sal 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34 [R/.: cf. 30])

R/.   Envía tu Espíritu, Señor,
        y repuebla la faz de la tierra. 

V/.   Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas.   R/.

V/.   Les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu espíritu, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra.   R/.

V/.   Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras;
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor.   R/.

Segunda lectura (1 Cor 12, 3b-7. 12-13): Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

Hermanos:

Nadie puede decir: «Jesús es Señor», sino por el Espíritu Santo.

Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común.

Pues, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.

Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Palabra de Dios.

Secuencia

Ven, Espíritu divino,
   manda tu luz desde el cielo.
   Padre amoroso del pobre;
   don, en tus dones espléndido;
   luz que penetra las almas;
   fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
   descanso de nuestro esfuerzo,
   tregua en el duro trabajo,
   brisa en las horas de fuego,
   gozo que enjuga las lágrimas
   y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
   divina luz, y enriquécenos.
   Mira el vacío del hombre,
   si tú le faltas por dentro;
   mira el poder del pecado,
   cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
   sana el corazón enfermo,
   lava las manchas, infunde
   calor de vida en el hielo,
   doma el espíritu indómito,
   guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
   según la fe de tus siervos;
   por tu bondad y tu gracia,
   dale al esfuerzo su mérito;
   salva al que busca salvarse
   y danos tu gozo eterno.

Aleluya

Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos la llama de tu amor.

Evangelio (Jn 20, 19-23): Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo; recibid el Espíritu Santo

✠ Lectura del santo Evangelio según san Juan.

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Palabra del Señor.

Lecturas alternativas para el presente año B

Segunda lectura (Gál 5, 16-25): El fruto del Espíritu

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas.

Hermanos:

Caminad según el Espíritu y no realizaréis los deseos de la carne; pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne; efectivamente, hay entre ellos un antagonismo tal que no hacéis lo que quisierais. Pero si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley.

Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, discordia, envidia, cólera, ambiciones, divisiones, disensiones, rivalidades, borracheras, orgías y cosas por el estilo. Y os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen estas cosas no heredarán el reino de Dios. En cambio, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí. Contra estas cosas no hay ley.

Y los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con las pasiones y los deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu.

Palabra de Dios.

Evangelio (Jn 15, 26-27; 16, 12-15): El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena

✠ Lectura del santo Evangelio según san Juan.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo.
Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará».

Palabra del Señor.

Comentario a las lecturas

BENEDICTO XVI, Homilía (04.VI.2006)

En el día de Pentecostés el Espíritu Santo descendió con fuerza sobre los Apóstoles; así comenzó la misión de la Iglesia en el mundo. Jesús mismo había preparado a los Once para esta misión al aparecérseles en varias ocasiones después de la resurrección (cf. Hch 1, 3). Antes de la ascensión al cielo, «les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre» (cf. Hch 1, 4-5); es decir, les pidió que permanecieran juntos para prepararse a recibir el don del Espíritu Santo. Y ellos se reunieron en oración con María en el Cenáculo, en espera de ese acontecimiento prometido (cf. Hch 1, 14).

Permanecer juntos fue la condición que puso Jesús para acoger el don del Espíritu Santo; presupuesto de su concordia fue una oración prolongada. Así nos da una magnífica lección para toda comunidad cristiana. A veces se piensa que la eficacia misionera depende principalmente de una esmerada programación y de su sucesiva aplicación inteligente mediante un compromiso concreto. Ciertamente, el Señor pide nuestra colaboración, pero antes de cualquier respuesta nuestra se necesita su iniciativa:  su Espíritu es el verdadero protagonista de la Iglesia. Las raíces de nuestro ser y de nuestro obrar están en el silencio sabio y providente de Dios.

Las imágenes que utiliza san Lucas para indicar la irrupción del Espíritu Santo —el viento y el fuego— aluden al Sinaí, donde Dios se había revelado al pueblo de Israel y le había concedido su alianza (cf. Éx 19, 3ss). La fiesta del Sinaí, que Israel celebraba cincuenta días después de la Pascua, era la fiesta del Pacto. Al hablar de lenguas de fuego (cf. Hch 2, 3), san Lucas quiere presentar Pentecostés como un nuevo Sinaí, como la fiesta del nuevo Pacto, en el que la alianza con Israel se extiende a todos los pueblos de la tierra. La Iglesia es católica y misionera desde su nacimiento. La universalidad de la salvación se pone significativamente de relieve mediante la lista de las numerosas etnias a las que pertenecen quienes escuchan el primer anuncio de los Apóstoles (cf. Hch 2, 9-11).

El pueblo de Dios, que había encontrado en el Sinaí su primera configuración, se amplía hoy hasta superar toda frontera de raza, cultura, espacio y tiempo. A diferencia de lo que sucedió con la torre de Babel (cf. Gén 11, 1-9), cuando los hombres, que querían construir con sus manos un camino hacia el cielo, habían acabado por destruir su misma capacidad de comprenderse recíprocamente, en Pentecostés el Espíritu, con el don de las lenguas, muestra que su presencia une y transforma la confusión en comunión. El orgullo y el egoísmo del hombre siempre crean divisiones, levantan muros de indiferencia, de odio y de violencia. El Espíritu Santo, por el contrario, capacita a los corazones para comprender las lenguas de todos, porque reconstruye el puente de la auténtica comunicación entre la tierra y el cielo. El Espíritu Santo es el Amor.

Pero, ¿cómo entrar en el misterio del Espíritu Santo? ¿Cómo comprender el secreto del Amor? El pasaje evangélico de hoy nos lleva al Cenáculo donde, terminada la Última Cena, los Apóstoles se sienten tristes y desconcertados. El motivo es que las palabras de Jesús suscitan interrogantes inquietantes: habla del odio del mundo hacia él y hacia los suyos, habla de su misteriosa partida y queda todavía mucho por decir, pero por el momento los Apóstoles no pueden soportar esa carga (cf. Jn 16, 12). Para consolarlos les explica el significado de su partida: se irá, pero volverá; mientras tanto no los abandonará, no los dejará huérfanos. Enviará al Consolador, al Espíritu del Padre, y será el Espíritu quien les dará a conocer que la obra de Cristo es obra de amor:  amor de él que se ha entregado y amor del Padre que lo ha dado.

Este es el misterio de Pentecostés: el Espíritu Santo ilumina el corazón humano y, al revelar a Cristo crucificado y resucitado, indica el camino para llegar a ser más semejantes a él, o sea, ser «expresión e instrumento del amor que proviene de él» (Deus caritas est, 33). Reunida con María, como en su nacimiento, la Iglesia hoy implora: «Veni, Sancte Spiritus!», «¡Ven, Espíritu Santo! Llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor». Amén.

Se dice Credo.

Oración de los fieles

En este santísimo día en que terminamos las fiestas pascuales, oremos, hermanos, al Padre por mediación de su Hijo Jesucristo, que nos envía al Espíritu Santo para confirmar y acrecentar la renovación pascual de su Iglesia.

1.   Por la santa Iglesia de Dios, para que, llena de los dones del Espíritu, sea congregada en la unidad. Roguemos al Señor.

2.   Por nuestro santo padre el papa Francisco, por nuestro obispo N. y por todos los sacerdotes, para que les conceda en abundancia el Espíritu de sabiduría y santidad. Roguemos al Señor.

3.   Por todos los que trabajan por la paz y la concordia entre los pueblos, para que logren reunir a los hombres en el amor y cesen todos los conflictos. Roguemos al Señor.

4.    Por los que son víctimas del pecado, de la debilidad humana o de los errores del mundo, para que el Espíritu del Señor los lleve por las sendas del bien y de la verdad. Roguemos al Señor.

5.   Por todos los laicos comprometidos, para que, renovados por el Espíritu Santo, sepan llevar el mensaje de Jesús a la vida de cada día. Roguemos al Señor.

6.   Por el pueblo de Dios aquí reunido, por los fieles de nuestra comunidad (parroquia) y de nuestra diócesis, para que la fuerza del Espíritu nos haga crecer a todos en la fe y en la unidad. Roguemos al Señor.

Dios todopoderoso y eterno,
que has derramado tu Espíritu sobre los hombres,
escucha las oraciones de tu Iglesia
para que los pueblos,
dispersos por la división de las lenguas,
lleguen finalmente a la unidad
en la confesión de tu nombre.
Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas

Te pedimos, Señor,
que, según la promesa de tu Hijo,
el Espíritu Santo nos haga comprender más profundamente
la realidad misteriosa de este sacrificio
y se digne llevarnos al conocimiento pleno
de toda la verdad revelada.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio:

El misterio de Pentecostés

V/.   El Señor esté con vosotros.
R/.   Y con tu espíritu.

V/.   Levantemos el corazón.
R/. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V/.   Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R/. Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.

Pues, para llevar a plenitud el Misterio pascual,
enviaste hoy el Espíritu Santo
sobre los habías adoptada como hijos
por la encarnación de tu Unigénito.
El Espíritu que,
desde el comienzo de la Iglesia naciente,
infundió el conocimiento de Dios en todos los pueblos
y reunió a diversidad de lenguas
en la confesión de una misma fe.

Por eso,
con esta efusión de gozo pascual,
el mundo entero se desborda de alegría,
y también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles,
cantan el himno de tu gloria diciendo sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.

Cuando se utiliza el Canon romano, se dice Reunidos en comunión propio. Cuando se utiliza la plegaria eucarística II, se dice la intercesión Acuérdate, Señor propia. Cuando se utiliza la plegaria eucarística III, se dice el recuerdo propio en la intercesión Atiende los deseos.

Antífona de comunión (Hch 2, 4. 11)

Se llenaron todos de Espíritu Santo y hablaron de las grandezas de Dios, aleluya.

Oración después de la comunión

Oremos.
Oh, Dios, que has comunicado a tu Iglesia
los bienes del cielo,
conserva la gracia que le has dado,
para que el don infuso del Espíritu Santo
sea siempre nuestra fuerza,
y el alimento espiritual
acreciente su fruto para la redención eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Bendición solemne

El sacerdote, vuelto hacia el pueblo, extendiendo las manos, dice:

El Señor esté con vosotros.

R/. Y con tu espíritu.

El diácono o, en su defecto, el mismo sacerdote, puede amonestar a los fieles con estas palabras u otras parecidas:

Inclinaos para recibir la bendición.

Luego, el sacerdote, con las manos extendidas continúa diciendo:

Dios, Padre de los astros,
que en el día de hoy iluminó las mentes de sus discípulos
derramando sobre ellas el Espíritu Santo,
os alegre con sus bendiciones
y os llene con los dones del Espíritu consolador.

R/. Amén.

Que el mismo fuego divino,
que de manera admirable se posó sobre los apóstoles,
purifique vuestros corazones de todo pecado
y los ilumine con la efusión de su claridad.

R/. Amén.

Y que el Espíritu que congregó en la confesión de una misma fe
a los que el pecado había dividido en diversidad de lenguas
os conceda el don de la perseverancia en esta misma fe,
y así podáis pasar de la esperanza a la plena visión.

R/. Amén.

Y la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo ✠ y Espíritu Santo,
descienda sobre vosotros y os acompañe siempre.

R/. Amén.

Para despedir al pueblo, el diácono, o el mismo sacerdote, canta:

Y la asamblea responde:

Acabado el tiempo de Pascua con las Segundas Vísperas del Domingo de Pentecostés, se apaga el cirio pascual, que es conveniente colocar en un lugar digno del baptisterio, para que, en la celebración del bautismo se enciendan en su llama los cirios de los bautizados.

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