Subsidio para la preparación de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Subsidio para la preparación de la
SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

Domingo, 6 de junio de 2021

El presente subsidio ha sido preparado por el equipo de Iglesiaactualidad
© De los textos litúrgicos oficiales: CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA

Misa de la solemnidad (blanco). Del Domingo X del tiempo ordinario, nada. Hoy no se permiten otras celebraciones, tampoco la misa exequial.

MISAL: ants. y oracs. props., Gl., Cr., Pf. I ó II de la Eucaristía.

LECC.: vol. I (B).
– Éx 24, 3-8.Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha concertado con vosotros.
– Sal 115. R. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.
– Heb 9, 11-15. La sangre de Cristo podrá purificar nuestra conciencia.
– Secuencia(opcional). Lauda, Sion, Salvatorem.
– Mc 14, 12-16. 22-26. Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre.

Procesión: Como celebración especial de esta solemnidad, la piedad de la Iglesia nos ha transmitido la procesión, en la que el pueblo cristiano recorre solemnemente las calles con la Eucaristía, con cantos y plegarias, dando así testimonio público de fe y de piedad hacia el Santísimo Sacramento (CO 386).

La fiesta de hoy se centra en la adoración de la eucaristía en la que Cristo está presente verdadera, real y sustancialmente. Una presencia que se prolonga fuera de la misa en el sagrario. Las lecturas de este año B se centran en la Alianza del Señor con su pueblo: la del Antiguo Testamento, sellada con la sangre de los holocaustos (cf. primera lectura), la Nueva y eterna Alianza, sellada con la sangre de Cristo (Evangelio) que purifica nuestra conciencia de las obras muertas llevándonos al culto del Dios vivo; Alianza de la cual él es el mediador (cf. segunda lectura). La participación en la eucaristía nos vinculará cada vez más con su Alianza. Caminando en ella seremos conducidos hasta el final de los tiempos, al encuentro definitivo con el Señor.

Antífona de entrada (Sal 80, 17)

El Señor los alimentó con flor de harina y los sació con miel silvestre.

Saludo al pueblo congregado

El sacerdote y los fieles, de pie, se santiguan, mientras el sacerdote dice:

En el nombre del Padre, y del Hijo,
y del Espíritu Santo.

R/. Amén.

El sacerdote, extendiendo las manos, saluda al pueblo diciendo:

La gracia de nuestro Señor Jesucristo,
el amor del Padre
y la comunión del Espíritu Santo
estén con todos vosotros.

R/. Y con tu espíritu

Si se juzga oportuno, el sacerdote, el diácono u otro ministro idóneo, hace la siguiente monición:

Hoy, solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, cobra su relieve el mandato del Señor: «Haced esto -la eucaristía- en memora mía». Alegrémonos todos en el Señor, comensales suyos; entremos en su presencia, dándole gracias. Celebremos con gozo el sagrado banquete, memorial de Jesucristo, de su Pascua, y prenda de vida eterna en el reino glorioso.

Acto penitencial

El sacerdote invita a los fieles al arrepentimiento:

Jesucristo, el justo, intercede por nosotros y nos reconcilia con el Padre. Abramos, pues, nuestro espíritu al arrepentimiento para acercarnos a la mesa del Señor.

Se hace una breve pausa de silencio. Después, el sacerdote, u otro ministro, dice las siguientes invocaciones:

  • Tú, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu Pasión: Señor ten piedad.
    R/. Señor, ten piedad.
  • Tú, que hoy nos entregas tu Cuerpo como alimento para la vida eterna: Cristo, ten piedad.
    R/. Cristo, ten piedad.
  • Tú, que has derramado tu Sangre para el perdón de los pecados: Señor, ten piedad.
    R/. Señor, ten piedad.

El sacerdote concluye con la siguiente plegaria:

Dios todopoderoso
tenga misericordia de nosotros,
perdone nuestros pecados
y nos lleve a la vida eterna.

R/. Amén.

A continuación, se canta o se dice el himno Gloria a Dios en el cielo.

Oración colecta

Oremos.
Oh, Dios,
que en este sacramento admirable
nos dejaste el memorial de tu pasión,
te pedimos nos concedas venerar de tal modo
los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre,
que experimentemos constantemente en nosotros
el fruto de tu redención.
Tú, que vives y reinas con el Padre
en la unidad del Espíritu Santo y eres Dios
por los siglos de los siglos.

R/. Amén.

Primera lectura (Éx 24, 3-8): Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha concertado con vosotros

Lectura del libro del Éxodo.

En aquellos días, Moisés bajó y contó al pueblo todas las palabras del Señor y todos sus decretos; y el pueblo contestó con voz unánime:

«Cumpliremos todas las palabras que ha dicho el Señor».

Moisés escribió todas las palabras del Señor. Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas, por las doce tribus de Israel. Y mandó a algunos jóvenes de los hijos de Israel ofrecer al Señor holocaustos e inmolar novillos como sacrificios de comunión. Tomó Moisés la mitad de la sangre y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después tomó el documento de la alianza y se lo leyó en voz alta al pueblo, el cual respondió:

«Haremos todo lo que ha dicho el Señor y le obedeceremos».

Entonces Moisés tomó la sangre y roció al pueblo, diciendo:

«Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha concertado con vosotros, de acuerdo con todas estas palabras».

Palabra de Dios.

Salmo responsorial (Sal 115, 12-13. 15-16. 17-18 [R/.: 13])

R/.   Alzaré la copa de la salvación,
        invocando el nombre del Señor.

V/.   ¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando el nombre del Señor.   R/.

V/.   Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.   R/.

V/.   Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando el nombre del Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.   R/.

Segunda lectura (Heb 9, 11-15): La sangre de Cristo podrá purificar nuestra conciencia

Lectura de la carta a los Hebreos.

Hermanos:

Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su «tienda» es más grande y más perfecta: no hecha por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado. No lleva sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna.

Si la sangre de machos cabríos y de toros, y la ceniza de una becerra, santifican con su aspersión a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, para que demos culto al Dios vivo!

Por esa razón, es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna.

Palabra de Dios.

Secuencia

Alaba, alma mía, a tu Salvador;
   alaba a tu guía y pastor
   con himnos y cánticos.

Pregona su gloria cuanto puedas,
   porque él está sobre toda alabanza,
   y jamás podrás alabarle lo bastante.

El tema especial de nuestros loores
   es hoy el pan vivo
   y que da vida.

El cual se dio en la mesa de la sagrada cena
   al grupo de los doce apóstoles
   sin género de duda.

Sea, pues, llena, sea sonora,
   sea alegre, sea pura
   la alabanza de nuestra alma.

Pues celebramos el solemne día
   en que fue instituido
   este divino banquete.

En esta mesa del nuevo rey,
   la pascua nueva de la nueva ley
   pone fin a la pascua antigua.

Lo viejo cede ante lo nuevo,
   la sombra ante la realidad,
   y la luz ahuyenta la noche.

Lo que Jesucristo hizo en la cena,
   mandó que se haga
   en memoria suya.

Instruidos con sus santos mandatos,
   consagramos el pan y el vino,
   en sacrificio de salvación.

Es dogma que se da a los cristianos,
   que el pan se convierte en carne,
   y el vino en sangre.

Lo que no comprendes y no ves,
   una fe viva lo atestigua,
   fuera de todo el orden de la naturaleza.

Bajo diversas especies,
   que son accidentes y no sustancia,
   están ocultos los dones más preciados.

Su Carne es alimento y su Sangre bebida;
   mas Cristo está todo entero
   bajo cada especie.

Quien lo recibe no lo rompe,
   no lo quebranta ni lo desmembra;
   recíbese todo entero.

Recíbelo uno, recíbenlo mil;
   y aquel lo toma tanto como estos,
   pues no se consume al ser tomado.

Recíbenlo buenos y malos;
   mas con suerte desigual
   de vida o de muerte.

Es muerte para los malos,
   y vida para los buenos;
   mira cómo un mismo alimento
   produce efectos tan diversos.

Cuando se divida el Sacramento,
   no vaciles, sino recuerda
   que Jesucristo tan entero
   está en cada parte como antes en el todo.

No se parte la sustancia,
   se rompe solo la señal;
   ni el ser ni el tamaño
   se reducen de Cristo presente.

He aquí el pan de los ángeles,
   hecho viático nuestro;
   verdadero pan de los hijos,
   no lo echemos a los perros.

Figuras lo representaron:
   Isaac fue sacrificado;
   el cordero pascual, inmolado;
   el maná nutrió a nuestros padres.

Buen Pastor, Pan verdadero,
   ¡oh, Jesús!, ten piedad.
   Apaciéntanos y protégenos;
   haz que veamos los bienes
   en la tierra de los vivientes.

Tú, que todo lo sabes y puedes,
   que nos apacientas aquí siendo aún mortales,
   haznos allí tus comensales,
   coherederos y compañeros
   de los santos ciudadanos.

Aleluya (Jn 6, 51)

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo —dice el Señor—;
el que coma de este pan vivirá para siempre.

Evangelio (Mc 14, 12-16. 22-26): Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre

✠ Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

El primer día de los Ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos:

«¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?».

Él envió a dos discípulos diciéndoles:

«Id a la ciudad, os saldrá al paso un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo, y en la casa adonde entre, decidle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Cuál es la habitación donde voy a comer la Pascua con mis discípulos?”.
Os enseñará una habitación grande en el piso de arriba, acondicionada y dispuesta. Preparádnosla allí».

Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la Pascua.

Mientras comían, tomó pan y, pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio diciendo:

«Tomad, esto es mi cuerpo».

Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias, se lo dio y todos bebieron.

Y les dijo:

«Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. En verdad os digo que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios».
Después de cantar el himno, salieron para el monte de los Olivos.

Palabra del Señor.

Comentario a las lecturas

BENEDICTO XVI, Homilía (15.VI.2006)

En la víspera de su Pasión, durante la Cena pascual, el Señor tomó el pan en sus manos —como acabamos de escuchar en el Evangelio— y, después de pronunciar la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: «Tomad, este es mi cuerpo». Después tomó el cáliz, dio gracias, se lo dio y todos bebieron de él. Y dijo: «Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos» (Mc 14, 22-24). Toda la historia de Dios con los hombres se resume en estas palabras. No sólo recuerdan e interpretan el pasado, sino que también anticipan el futuro, la venida del reino de Dios al mundo. Jesús no sólo pronuncia palabras. Lo que dice es un acontecimiento, el acontecimiento central de la historia del mundo y de nuestra vida personal.

Estas palabras son inagotables. En este momento quisiera meditar con vosotros sólo en un aspecto. Jesús, como signo de su presencia, escogió pan y vino. Con cada uno de estos dos signos se entrega totalmente, no sólo una parte de sí mismo. El Resucitado no está dividido. Él es una persona que, a través de los signos, se acerca y se une a nosotros. Ahora bien, cada uno de los signos representa, a su modo, un aspecto particular de su misterio y, con su manera típica de manifestarse, nos quieren hablar para que aprendamos a comprender algo más del misterio de Jesucristo. Durante la procesión y en la adoración, contemplamos la Hostia consagrada, la forma más simple de pan y de alimento, hecho sólo con un poco de harina y agua. Así se ofrece como el alimento de los pobres, a los que el Señor destinó en primer lugar su cercanía. La oración con la que la Iglesia, durante la liturgia de la misa, entrega este pan al Señor lo presenta como fruto de la tierra y del trabajo del hombre. En él queda recogido el esfuerzo humano, el trabajo cotidiano de quien cultiva la tierra, de quien siembra, cosecha y finalmente prepara el pan. Sin embargo, el pan no es sólo producto nuestro, algo hecho por nosotros; es fruto de la tierra y, por tanto, también don, pues el hecho de que la tierra dé fruto no es mérito nuestro; sólo el Creador podía darle la fertilidad. Ahora podemos también ampliar un poco más esta oración de la Iglesia, diciendo: el pan es fruto de la tierra y a la vez del cielo. Presupone la sinergia de las fuerzas de la tierra y de los dones de lo alto, es decir, del sol y de la lluvia. Tampoco podemos producir nosotros el agua, que necesitamos para preparar el pan. En un período en el que se habla de la desertización y en el que se sigue denunciando el peligro de que los hombres y los animales mueran de sed en las regiones que carecen de agua, somos cada vez más conscientes de la grandeza del don del agua y de que no podemos proporcionárnoslo por nosotros mismos. Entonces, al contemplar más de cerca este pequeño trozo de Hostia blanca, este pan de los pobres, se nos presenta como una síntesis de la creación. Concurren el cielo y la tierra, así como la actividad y el espíritu del hombre. La sinergia de las fuerzas que hace posible en nuestro pobre planeta el misterio de la vida y la existencia del hombre nos sale al paso en toda su maravillosa grandeza. De este modo, comenzamos a comprender por qué el Señor escoge este trozo de pan como su signo. La creación con todos sus dones aspira, más allá de sí misma, hacia algo todavía más grande. Más allá de la síntesis de las propias fuerzas, y más allá de la síntesis de la naturaleza y el espíritu que en cierto modo experimentamos en ese trozo de pan, la creación está orientada hacia la divinización, hacia las santas bodas, hacia la unificación con el Creador mismo. […]

Mientras el pan hace referencia a la vida diaria, a la sencillez y a la peregrinación, el vino expresa la exquisitez de la creación: la fiesta de alegría que Dios quiere ofrecernos al final de los tiempos y que ya ahora anticipa una vez más como indicio mediante este signo. Pero el vino habla también de la Pasión: la vid debe podarse muchas veces para que sea purificada; la uva tiene que madurar con el sol y la lluvia, y tiene que ser pisada: sólo a través de esta pasión se produce un vino de calidad.

En la fiesta del Corpus Christi contemplamos sobre todo el signo del pan. Nos recuerda también la peregrinación de Israel durante los cuarenta años en el desierto. La Hostia es nuestro maná; con él el Señor nos alimenta; es verdaderamente el pan del cielo, con el que él se entrega a sí mismo. En la procesión, seguimos este signo y así lo seguimos a él mismo. Y le pedimos: Guíanos por los caminos de nuestra historia. Sigue mostrando a la Iglesia y a sus pastores el camino recto. Mira a la humanidad que sufre, que vaga insegura entre tantos interrogantes. Mira el hambre física y psíquica que la atormenta. Da a los hombres el pan para el cuerpo y para el alma. Dales trabajo. Dales luz. Dales a ti mismo. Purifícanos y santifícanos a todos. Haznos comprender que nuestra vida sólo puede madurar y alcanzar su auténtica realización mediante la participación en tu pasión, mediante el “sí” a la cruz, a la renuncia, a las purificaciones que tú nos impones. Reúnenos desde todos los confines de la tierra. Une a tu Iglesia; une a la humanidad herida. Danos tu salvación. Amén.

Se dice Credo.

Oración de los fieles

Oremos a Dios Padre, que da el alimento a todo viviente.

  • Por la unión de todos los cristianos en la unidad de la Iglesia de Cristo, para que formemos un solo cuerpo los que comemos del mismo pan. Roguemos al Señor.
  • Por las vocaciones al ministerio sacerdotal en nuestra diócesis, para que nunca nos falten sacerdotes santos que celebren la Eucaristía y nos ofrezcan con abundancia el alimento de la vida eterna. Roguemos al Señor.
  • Por la organización eclesial de Cáritas, para que promueva el amor fraterno, la mutua ayuda, la solidaridad. Roguemos al Señor.
  • Por los responsables políticos de las naciones, para que fomenten la libertad religiosa y la justicia. Roguemos al Señor.
  • Por los que sufren hambre, para que sepamos compartir con ellos nuestro pan de cada día, anuncio del pan de vida eterna. Roguemos al Señor.
  • Por nosotros, invitados a la mesa del Señor, para que el pan de la palabra despierte en nosotros el hambre del pan de la eucaristía. Roguemos al Señor.

Escucha, Señor, la oración de tu Iglesia,
que observando fielmente el mandato de tu Hijo,
celebra el memorial de su obra, hasta que él vuelva.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas

Señor, concede propicio a tu Iglesia
los dones de la paz y de la unidad,
místicamente representados
en los dones que hemos ofrecido.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R/. Amén.

Prefacio

El sacrificio y el sacramento de Cristo

V/.   El Señor esté con vosotros.
R/.   Y con tu espíritu.

V/.   Levantemos el corazón.
R/. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V/.   Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R/. Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.

El cual, verdadero y único sacerdote,
al instituir el sacrificio de la eterna alianza
se ofreció el primero a ti como víctima de salvación,
y nos mandó perpetuar esta ofrenda en memoria suya.
Su carne, inmolada por nosotros,
es alimento que nos fortalece;
su sangre, derramada por nosotros,
es bebida que nos purifica.

Por eso, con los ángeles y arcángeles,
con los tronos y dominaciones, y con todos los coros celestiales,
cantamos sin cesar el himno de tu gloria:

Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.

O bien:

Los frutos de la Santísima Eucaristía

V/.   El Señor esté con vosotros.
R/.   Y con tu espíritu.

V/.   Levantemos el corazón.
R/. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V/.   Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R/. Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.

El cual, en la última cena con sus apóstoles,
para perpetuar a través de los siglos
el memorial de la cruz salvadora,
se entregó a ti como Cordero inmaculado
y ofrenda perfecta de alabanza.

Con este sacramento alimentas y santificas a tus fieles,
para que una misma fe ilumine,
y un mismo amor congregue,
a todos los hombres que habitan un mismo mundo.

Así, pues, nos acercamos a la mesa de este sacramento admirable,
para que, impregnados de la suavidad de tu gracia,
nos transformemos según el modelo celestial.

Por eso, Señor,
tus criaturas del cielo y de la tierra
te adoran cantando un cántico nuevo,
y también nosotros, con todo el ejército de los ángeles,
te aclamamos por siempre diciendo:

Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.

Antífona de comunión (Cf. Jn 6, 57)

El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él, dice el Señor.

Conviene que la procesión tenga lugar después de la Misa en la que se consagra la hostia que se ha de llevar en ella. Pero nada impide que la procesión se haga después de una adoración pública y prolongada que siga a la Misa. En los lugares donde, debido a la crisis sanitaria provocada por la Covid-19, no se realiza la tradicional procesión eucarística de este día, se puede celebrar una Statio de adoración eucarística al final de la Misa, tal y como se detalla en este subsidio.

Concluida la comunión de los fieles se lleva la custodia al altar, en la cual el sacerdote coloca reverentemente la forma consagrada. La purificación de los vasos sagrados es preferible hacerla en la credencia. Luego hace genuflexión y vuelve a la sede, donde dice la oración después de la comunión.

Oración después de la comunión

Oremos.
Concédenos, Señor,
saciarnos del gozo eterno de tu divinidad,
anticipado en la recepción actual
de tu precioso Cuerpo y Sangre.
Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos.

R/. Amén.

Procesión o Statio eucarística

Dicha la oración después de la comunión y omitidos los ritos conclusivos, se organiza la procesión.

El celebrante se dirige ante el altar, pone incienso en el incensario y, de rodillas, inciensa el Santísimo Sacramento. Mientras tanto todos permanecen de rodillas. Se entona el Pange, lingua:

Pange, lingua, gloriósi
córporis mystérium,
sanguinisque pretiósi,
quem in mundi prétium
fructus ventris generósi
Rex effúdit géntium.

Nobis datus, nobis natus
ex intácta Vírgine,
et in mundo conversátus,
sparso verbi sémine,
sui moras incolátus
miro clausit órdine.

In suprémæ nocte cenæ
recúmbens cum frátribus,
observáta lege plene
cibis in legálibus,
cibum turbæ duodénæ
se dat suis mánibus.

Verbum caro panem verum
verbo carnem éfficit,
fitque sanguis Christi merum,
et, si sensus déficit,
ad firmándum cor sincérum
sola fides súfficit.

Luego recibe el paño de hombros, sube al altar y toma la custodia con ambas manos, cubiertas con el paño. Si se utiliza el palio, los que lo llevan esperan al pie del presbiterio al sacerdote con la custodia.

Si las dimensiones del templo lo permiten, se puede organizar una procesión con el Santísimo Sacramento por las naves. Los fieles permanecen en sus sitios. Al llegar la procesión a la puerta principal del templo, el celebrante puede impartir la bendición eucarística sobre la ciudad o el pueblo.

De no poderse llevar a cabo la procesión por el interior del templo, todos permanecen en sus sitios en silencio. Mientras se pueden leer algunos pasajes de la Sagradas Escrituras, como los que se ofrecen a continuación, intercalando cantos eucarísticos.

Estaciones

Si es costumbre, a lo largo del recorrido de la procesión pueden hacerse “estaciones”, en las que se imparte la bendición Eucarística. El sacerdote coloca la custodia en el “altar” que se ha preparado, inciensa el Santísimo mientras se canta un canto adecuado y hace una de las siguientes oraciones:

Oremos.
Oh Dios, que nos diste el verdadero pan del cielo,
concédenos, te rogamos,
que, con la fuerza de este alimento espiritual,
siempre vivamos en ti
y resucitemos gloriosos en el último día.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R/. Amén.

O bien:

Oremos.
Oh Dios, que redimiste a todos los hombres
con el misterio pascual de Cristo,
conserva en nosotros la obra de misericordia,
para que, venerando constantemente
el misterio de nuestra salvación,
merezcamos conseguir su fruto.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R/. Amén.

O bien:

Oremos.
Ilumina, Señor, con la luz de la fe nuestros corazones
y abrásalos con el fuego de la caridad,
para que adoremos confiadamente
en espíritu y en verdad
a quien reconocemos en este Sacramento
como nuestro Dios y Señor.
Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

R/. Amén.

O bien:

Ilumina, Señor, con la luz de la fe nuestros corazones
y abrásalos con el fuego de la caridad,
para que adoremos confiadamente en espíritu y en verdad
a quien reconocemos en este Sacramento
como nuestro Dios y señor.
Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

R/. Amén.

Lecturas bíblicas

Las siguientes lacturas bíblicas pueden ser utilizadas tanto en las estaciones que se realicen durante la procesión como en la adoración eucarística.

Con la fuerza de aquel alimento, caminó hasta el monte de Dios

Lectura del primer libro de los Reyes (19, 4-8).

En aquellos días, Elías continuó por el desierto una jornada de camino, y, al final, se sentó bajo una retama y se deseó la muerte:

— «¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!»

Se echó bajo la retama y se durmió. De pronto un ángel lo tocó y le dijo:

— «¡Levántate, come!»

Miró Elías y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a echar. Pero el ángel del Señor lo volvió a tocar y le dijo:

— «¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas».

Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.

Palabra de Dios.

Comed de mi pan y bebed el vino que he mezclado

Lectura del libro de los Proverbios (9, 1-6)

La Sabiduría se ha construido su casa
plantando siete columnas,
ha preparado el banquete,
mezclado el vino y puesto la mesa;
ha despachado a sus criados
para que lo anuncien
en los puntos que dominan la ciudad:
«Los inexpertos que vengan aquí,
quiero hablar a los faltos de juicio:
“Venid a comer de mi pan
y a beber el vino que he mezclado;
dejad la inexperiencia y viviréis,
seguid el camino de la prudencia”».

Palabra de Dios.

Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (11, 23-26)

Hermanos:

Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido:
Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo:

— «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía».

Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo:

— «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía».

Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Palabra de Dios.

La sangre de Cristo podrá purificar nuestra conciencia

Lectura de la carta a los Hebreos (9, 11-15)

Hermanos:

Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su tabernáculo es más grande y más perfecto: no hecho por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado.

No usa sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna.

Si la sangre de machos cabríos y de toros y el rociar con las cenizas de una becerra tienen el poder de consagrar a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo.

Por esa razón, es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna.

Palabra de Dios.

Bendición con el Santísimo Sacramento

Al final de la procesión o el momento de adoración, se imparte la bendición con el Santísimo Sacramento. El sacerdote coloca la custodia sobre el altar. Hace genuflexión y se arrodilla ante el altar. Todos se arrodillan. Después de poner y bendecir el incienso, hace reverencia e inciensa al Santísimo con tres movimientos triples del incensario. Mientras tanto se canta el Tantum ergo:

Tantum ergo sacraméntum
venerémur cernui,
et antíquum documéntum
novo cedat rítui;
praestet fides supleméntum
sensuum deféctui.

Genitóri Genitóque
laus et iubilátio,
salus, honor, virtus quoque
sit et benedictio;
procedénti ab utróque
compar sit laudátio. Amen.

Luego, el sacerdote se levanta y dice la siguiente oración:

V/.  Panem de caelo praestitísti eis.
R/.  Omne delectamén­tum in se habéntem

Oremus.
Deus, qui nobis sub sacraménto mirábili
passiónis tuae memóriam Reliquísti,
tríbue, quaésumus,
ita nos Córporis et Sánguinis tui sacra mystéria venerári,
ut redemptiónis tuae fructum in nobis iúgiter sentiámus.
Qui vivís et regnas in saécula saéculórum.
R/.  Amen.

Luego recibe el paño de hombros, sube al altar, hace genuflexión y toma la custodia, que mantiene elevada con ambas manos cubiertas con el paño de hombros. Vuelto hacia el pueblo, hace la señal de la cruz con la custodia sin decir nada. Luego la coloca sobre el altar y hace genuflexión.

Seguidamente se recitan las alabanzas al Santísimo Sacramento:

Bendito sea Dios.

Bendito sea su santo Nombre.

Bendito sea Jesucristo, Dios y Hombre verdadero.

Bendito sea el Nombre de Jesús.

Bendito sea su Sacratísimo Corazón.

Bendita sea su Preciosísima Sangre.

Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar.

Bendito sea el Espíritu Santo Paráclito.

Bendita sea la excelsa Madre de Dios, María Santísima.

Bendita sea su Santa e Inmaculada Concepción.

Bendita sea su gloriosa Asunción.

Bendito sea el nombre de María Virgen y Madre.

Bendito sea San José, su castísimo esposo.

Bendito sea Dios en sus ángeles y en sus Santos.

Amén.

Luego se traslada el santísimo a la capilla de la reserva. Entre tanto se puede cantar el salmo Laudate Dominum:

Laudate Dominum omnes gentes,
laudate eum, omnes populi

Quoniam confirmata est
super nos misericordia eius,
et veritas Domini manet in aeternum.

Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto.
Sicut erat in principio, et nunc, et semper
et in saecula saeculorum.
Amen.

Reservado el Santísimo, la procesión a la sacristía se hace la manera acostumbrada.

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