Carta del Santo Padre en el Año Santo Guadalupense

A SS.EE. Mons. Francisco CERRO CHAVES, Arzobispo de Toledo,
Mons. Celso MORGA IRUZUBIETA, Arzobispo de Mérida-Badajoz,
y a los demás Prelados de esa Provincia Eclesiástica

Queridos hermanos:

Quiero responder a vuestra invitación de acercarme a venerar la sagrada imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, en este año jubilar marcado por la pandemia que azota a la humanidad. Y aunque no puede acudir en persona, me uno a la peregrinación espiritual de muchos fieles que no han podido cumplir su deseo de acercarse al Santuario. Ellos, en su oración diaria y con el corazón, han recorrido ese itinerario espiritual que, por María, nos conduce a Jesús. Muchos han ido desgranando en las cuentas de su rosario las etapas del camino tantos veces transitado que nos lleva a ese hogar de María, que se vislumbra como casa de sanación. Es este un hermoso nombre con el que habéis querido dar título a la carta pastoral dirigida al santo Pueblo de Dios con motivo del Jubileo. De su meditación quiero valerme para este viaje espiritual.

Tres actitudes son cruciales para caminar de la mano de nuestra Madre hacia la morada que nos espera. La primera, sin duda, es la conversión. Nuestra pequeñez, nuestra inconsistencia, nuestra nada ante el infinito amor de Jesús que nos ama apasionadamente, nos recuerdan que debemos ponernos en camino, volver al Padre y decir juntos, porque no nos salvamos solos: «Sáname, Señor, porque hemos pecado contra ti» (Sal 40, cf. Lc 15,18). Si en ese momento de profunda compunción las lágrimas alcanzan nuestro ojos, estas no deben brotar de la desesperación o el desconsuelo. Nuestra Madre nos sostiene incluso en la soledad del enfermo, del que está alejado de su familia, porque, como expresaba el recordado Cardenal Primado don Marcelo González, en aquel entrañable testimonio de una devota de la Virgen de Guadalupe, la oración de quien nos quiere, la oración del santo Pueblo fiel de Dios, nos sostiene, nos encomienda a María, que guarda esas lágrimas como precioso licor ante el trono del Padre (cf. Ap 7,17). De ese modo, cada uno en su situación puede dirigir sus pasos al encuentro con Dios, en un sincero acto de arrepentimiento, en la confesión sacramental y en el peregrinaje físico o espiritual que nos lleva al encuentro con nuestro Salvador.

La segunda actitud, el abandono filial. La casa de sanación deja de ser una meta y se convierte en una realidad cierta, radicada en una firme esperanza (cf. Rm 8,24). Es la Betania de Marta, de María, y de su hermano Lázaro. En esa casa el encuentro con Jesús se hace efectivo, nuestros deseos más íntimos, nuestra oración encuentra desahogo a los pies de la misericordia. Ante los pies del Señor, cada uno de nosotros, en la intimidad de nuestras casas, en la comunidad reunida en asamblea, o en el camarín de Nuestro Señora, en el Santuario, confesamos a Jesús como Señor de nuestras vidas, meditamos y contemplamos como María ese presencia que no nos puede ser arrebatada. Pero Betania es una paradoja, pue nos muestra que el abandono filial no puede estar desencarnado, sino que exige el esfuerzo del servicio. La presencia de Jesús en la oración, en la Palabra, en la Eucaristía, se completa con la que percibe Marta al ver a Jesús encarnado para siempre en los pobres. Nuestras lágrimas son dulces, porque las del Señor nos liberaron de las cadenas de la muerte y hemos oído como Lázaro el apremiante llamado de Jesús: «Sal afuera» (Jn 11,43). Pero el gozo de este encuentro no puede ser una evasión, sino un compromiso con la cruz que el Maestro nos propone, mostrando su carne todavía sufriente en la del hermano. en ese hogar suspiramos que las lágrimas de nuestros seres queridos sean dulces: de consuelo y de quietud. Le imploramos: «El que Tú amas, está enfermo» (v. 3), en la certeza de que, gracias al misterio de la Iglesia, las vendas que lo aferran a la muerte pueden ser arrancadas y ser libre para andar y difundir el perfume del nardo de su misericordia, llevando en un frágil vaso de barro el inapreciable tesoro que ha recibido.

La tercera más que una actitud es un proyecto de vida, ponernos en camino de la mano de María, para llevar a Jesús al mundo. El Samaritano que nos curó, nos interpela para que “andemos y hagamos nosotros lo mismo” (cf. Lc 10,35). La antigua talla de la Virgen de Guadalupe, que se conformaba casi como un trono, para acoger y llevar a Jesús, se nos propone como ejemplo, para que también nosotros nos sintamos portadores de Cristo, mensajeros de la alegría del Evangelio. Pero nuestra actitud no puede ser sólo la de quien ofrece su tesoro a la contemplación, como María a los pastores de Belén. No, ante la violencia y la muerte, presagio de la cruz, María se puso en camino de la mano de José, para salvar a Jesús de la insidia de Herodes, y lo envolvió con su manto para protegerlo del duro camino del desierto. También ahora la imagen de la Virgen se nos presenta con ese manto que nos cubre espiritualmente a todos, en ese peregrinaje que se hace procesión. Con María, aprendemos a ser tronos, a ser templos de la gracia, del don recibido, de la alegría que nos desborda y debe ser compartida. Con María, aprendamos a ser mantos que envuelven la carne sufriente de Jesús en el duro camino del desierto, sabiendo que a Quien protegemos, cuidando al pobre y restituyendo así la misericordia de la que somos deudores, es el mismo que en la estrella guía nuestros pasos, pues es en esa página donde podemos leer a Dios.

Que Jesús los bendiga y que María de Guadalupe, Madre de las Américas y Reina de las Españas, los cuide y los proteja. A todos los fieles que tienen encomendados y se unen con devoción en este santo Jubileo les imparto la Bendición Apostólica. Y no se olviden de rezar por mí.

Fraternalmente,

Roma, San Juan de Letrán, 31 de mayo de 2021. Fiesta de la Visitación de Nuestra Señora.

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