Subsidio para la preparación del XII Domingo del tiempo ordinario

Subsidio para la preparación del
XII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Domingo, 20 de junio de 2021

El presente subsidio ha sido preparado por el equipo de Iglesiaactualidad
© De los textos litúrgicos oficiales: CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA

Misa del Domingo (verde). Hoy no se permiten las misas de difuntos, excepto la exequial.

MISAL: antífonas y oraciones propias, Gloria, Credo, Prefacio dominical.

LECC.: vol. I (B).
– Job 38, 1. 8-11. Aquí se romperá la arrogancia de tus olas.
– Sal 106. R. ¡Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia!
– 2 Cor 5, 14-17. Ha comenzado lo nuevo.
– Mc 4, 35-41.¿Quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!

En la primera lectura, Dios se muestra a Job como el Señor del mar y del universo, acallando así sus dudas. En el Ev., Jesús hace el milagro de apaciguar el viento y la tormenta en la barca con sus discípulos que, asustados, mostraban la debilidad de su fe. Jesús va revelando su divinidad: «¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!». La barca en el mar con frecuencia simboliza a la Iglesia. En ella Cristo va con nosotros y, en medio de las tempestades de este mundo, de las dificultades, de la persecución, hemos de mantener nuestra fe en él, pues nunca nos abandona. Demos, pues, gracias al Señor, porque es eterna su misericordia (cf. salmo responsorial).

Antífona de entrada (Cf. Sal 27, 8-9)

El Señor es fuerza para su pueblo, apoyo y salvación para su Ungido. Salva a tu pueblo, Señor, y bendice tu heredad, sé su pastor por siempre.

Saludo al pueblo congregado

El sacerdote y los fieles, de pie, se santiguan, mientras el sacerdote dice:

En el nombre del Padre, y del Hijo,
y del Espíritu Santo.

R/. Amén.

El sacerdote, extendiendo las manos, saluda al pueblo diciendo:

La gracia de nuestro Señor Jesucristo,
el amor del Padre
y la comunión del Espíritu Santo
estén con todos vosotros.

R/. Y con tu espíritu

Si se juzga oportuno, el sacerdote, el diácono u otro ministro idóneo, hace la siguiente monición:

Celebramos la eucaristía en el domingo decimosegundo del tiempo ordinario. En el evangelio escucharemos como Jesús calma la tempestad ante el estupor de los discípulos. Es una llamada a permanecer fuertes en la fe ante las adversidades de la vida, confiando en Dios, aunque no siempre seamos capaces de percibir su presencia. Que la eucaristía que estamos viviendo nos ayude a robustecer esa fe, que es y una gracia.

Acto penitencial

Al comenzar esta celebración eucarística, pidamos a Dios que nos conceda la conversión de nuestros corazones; así obtendremos la reconciliación y se acrecentará nuestra comunión con Dios y con nuestros hermanos.

Se hace una breve pausa en silencio. Después el sacerdote dice:

Señor, ten misericordia de nosotros.

El pueblo responde:

Porque hemos pecado contra ti.

El sacerdote prosigue:

Muéstranos, Señor, tu misericordia.

El pueblo responde:

Y danos tu salvación.

El sacerdote concluye con la siguiente plegaria:

Dios todopoderoso
tenga misericordia de nosotros,
perdone nuestros pecados
y nos lleve a la vida eterna.

El pueblo responde:

Amén.

Siguen las invocaciones Señor, ten piedad (Kýrie eléison).

A continuación, se canta o se dice el himno Gloria a Dios en el cielo.

Oración colecta

Oremos.
Concédenos tener siempre, Señor,
respeto y amor a tu santo nombre,
porque jamás dejas de dirigir
a quienes estableces
en el sólido fundamento de tu amor.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo y es Dios
por los siglos de los siglos.

R/. Amén.

Primera lectura (Job 38, 1. 8-11): Aquí se romperá la arrogancia de tus olas

Lectura del libro de Job.

El Señor habló a Job desde la tormenta:

«¿Quién cerró el mar con una puerta,
cuando escapaba impetuoso de su seno,
cuando le puse nubes por mantillas
y nubes tormentosas por pañales,
cuando le establecí un límite
poniendo puertas y cerrojos,
y le dije: “Hasta aquí llegarás y no pasarás;
aquí se romperá la arrogancia de tus olas”?».

Palabra de Dios.

Salmo responsorial (Sal 106, 23-24. 25-26. 28-29. 30-31 [R/.: cf. 1])

R/.   ¡Dad gracias al Señor,
        porque es eterna su misericordia!

V/.   Entraron en naves por el mar,
comerciando por las aguas inmensas.
Contemplaron las obras de Dios,
sus maravillas en el océano.   R/.

V/.   Él habló y levantó un viento tormentoso,
que alzaba las olas a lo alto;
subían al cielo, bajaban al abismo,
se sentían sin fuerzas en el peligro.   R/.

V/.   Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Apaciguó la tormenta en suave brisa,
y enmudecieron las olas del mar.   R/.

V/.   Se alegraron de aquella bonanza,
y él los condujo al ansiado puerto.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.   R/.

Segunda lectura (2 Cor 5, 14-17): Ha comenzado lo nuevo

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

Hermanos:

Nos apremia el amor de Cristo al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron.

Y Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos.

De modo que nosotros desde ahora no conocemos a nadie según la carne; si alguna vez conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así.

Por tanto, si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo.

Palabra de Dios.

Aleluya (Lc 7, 16)

Un gran Profeta ha surgido entre nosotros.
Dios ha visitado a su pueblo.

Evangelio (Mc 4, 35-40): ¿Quién es este? ¡Hasta el viento y el mar le obedecen!

✠ Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

Aquel día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos:

«Vamos a la otra orilla».

Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un cabezal.

Lo despertaron, diciéndole:

«Maestro, ¿no te importa que perezcamos?»

Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar:

«¡Silencio, enmudece!»

El viento cesó y vino una gran calma.

Él les dijo:

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?»

Se llenaron de miedo y se decían unos a otros:

«¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar le obedecen!»

Palabra del Señor.

Comentario a las lecturas

BENEDICTO XVI, Homilía (21.VI.2009)

Acabamos de escuchar el pasaje evangélico de la tempestad calmada, que ha ido acompañado por un breve pero incisivo texto del libro de Job, en el que Dios se revela como el Señor del mar. Jesús increpa al viento y ordena al mar que se calme, lo interpela como si se identificara con el poder diabólico. En la Biblia, según lo que nos dicen la primera lectura y el Salmo 107, el mar se considera como un elemento amenazador, caótico, potencialmente destructivo, que sólo Dios, el Creador, puede dominar, gobernar y silenciar.

Sin embargo, hay otra fuerza, una fuerza positiva, que mueve al mundo, capaz de transformar y renovar a las criaturas: la fuerza del “amor de Cristo” (2 Co 5, 14), como la llama san Pablo en la segunda carta a los Corintios; por tanto, esencialmente no es una fuerza cósmica, sino divina, trascendente. Actúa también sobre el cosmos, pero, en sí mismo, el amor de Cristo es “otro” tipo de poder, y el Señor manifestó esta alteridad trascendente en su Pascua, en la “santidad” del “camino” que eligió para liberarnos del dominio del mal, como había sucedido con el éxodo de Egipto, cuando hizo salir a los judíos atravesando las aguas del mar Rojo. “Dios mío —exclama el salmista—, tus caminos son santos (…). Te abriste camino por las aguas, un vado por las aguas caudalosas” (Sal 77, 14.20). En el misterio pascual, Jesús pasó a través del abismo de la muerte, porque Dios quiso renovar así el universo: mediante la muerte y resurrección de su Hijo, “muerto por todos”, para que todos puedan vivir “por aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Co 5, 15), y para que no vivan sólo para sí mismos.

El gesto solemne de calmar el mar tempestuoso es claramente un signo del señorío de Cristo sobre las potencias negativas e induce a pensar en su divinidad: “¿Quién es este —se preguntan asombrados y atemorizados los discípulos—, que hasta el viento y las aguas le obedecen?” (Mc 4, 41). Su fe aún no es firme; se está formando; es una mezcla de miedo y confianza; por el contrario, el abandono confiado de Jesús al Padre es total y puro. Por eso, por este poder del amor, puede dormir durante la tempestad, totalmente seguro en los brazos de Dios. Pero llegará el momento en el que también Jesús experimentará miedo y angustia: cuando llegue su hora, sentirá sobre sí todo el peso de los pecados de la humanidad, como una gran ola que está punto de abatirse sobre él. Esa sí que será una tempestad terrible, no cósmica, sino espiritual. Será el último asalto, el asalto extremo del mal contra el Hijo de Dios.

Sin embargo, en esa hora Jesús no dudó del poder de Dios Padre y de su cercanía, aunque tuvo que experimentar plenamente la distancia que existe entre el odio y el amor, entre la mentira y la verdad, entre el pecado y la gracia. Experimentó en sí mismo de modo desgarrador este drama, especialmente en Getsemaní, antes de ser arrestado y, después, durante toda la Pasión, hasta su muerte en la cruz. En esa hora Jesús, por una parte, estaba totalmente unido al Padre, plenamente abandonado en él; y, por otra, al ser solidario con los pecadores, estaba como separado y se sintió como abandonado por él.

Algunos santos han vivido personalmente de modo intenso esta experiencia de Jesús. El padre Pío de Pietrelcina es uno de ellos. Un hombre sencillo, de orígenes humildes, “conquistado por Cristo” (Flp 3, 12) —como escribe de sí el apóstol san Pablo— para convertirlo en un instrumento elegido del poder perenne de su cruz: poder de amor a las almas, de perdón y reconciliación, de paternidad espiritual y de solidaridad activa con los que sufren. Los estigmas que marcaron su cuerpo lo unieron íntimamente al Crucificado resucitado. Auténtico seguidor de san Francisco de Asís, hizo suya, como el Poverello, la experiencia del apóstol san Pablo, tal como la describe en sus cartas: “Estoy crucificado con Cristo: y ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Ga 2, 19-20); o también: “La muerte está actuando en nosotros, y la vida en vosotros” (2 Co 4, 12).

Esto no significa alienación, pérdida de la personalidad: Dios no anula nunca lo humano, sino que lo transforma con su Espíritu y lo orienta al servicio de su designio de salvación. El padre Pío conservó sus dones naturales, y también su temperamento, pero ofreció todo a Dios, que pudo servirse libremente de él para prolongar la obra de Cristo: anunciar el Evangelio, perdonar los pecados y curar a los enfermos en el cuerpo y en el alma.

Se dice Credo.

Oración de los fieles

Oremos a Dios Padre, que apacigua la tormenta en suave brisa.

  • Por la Iglesia, para que confíe en quien conduce la barca al ansiado puerto. Roguemos al Señor.
  • Por las vocaciones sacerdotales, para que nunca falten sacerdotes santos que transmitan la gracia y la compasión que vienen de Dios. Roguemos al Señor.
  • Por los que luchan sin esperanza, y piensan que sus esfuerzos son en vano, para que encuentren junto a ellos al que domina el viento y las aguas. Roguemos al Señor.
  • Por los que sienten admiración por Cristo, para que descubran con él que lo viejo ha pasado y ha llegado lo nuevo. Roguemos al Señor.
  • Por nosotros, para que comprendamos que el que vive en comunión con Cristo es ya criatura nueva. Roguemos al Señor.

Escucha, Señor, nuestras súplicas;
aumenta nuestra fe.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas

Acepta, Señor,
este sacrificio de reconciliación y alabanza
y concédenos que, purificados por su eficacia,
te ofrezcamos el obsequio agradable de nuestro corazón.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R/. Amén.

Prefacio dominical.

Antífona de comunión (Cf. Sal 144, 15)

Los ojos de todos te están aguardando, Señor; tú les das la comida a su tiempo.

O bien (Cf. Jn 10, 11. 15):

Yo soy el Buen Pastor, yo doy mi vida por las ovejas, dice el Señor.

Oración después de la comunión

Oremos.
Renovados por la recepción del Cuerpo santo
y de la Sangre preciosa,
imploramos tu bondad, Señor,
para obtener con segura clemencia
lo que celebramos con fidelidad constante.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R/. Amén.

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