Subsidio para la preparación del XIII Domingo del tiempo ordinario

Subsidio para la preparación del
XIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Domingo, 27 de junio de 2021

El presente subsidio ha sido preparado por el equipo de Iglesiaactualidad
© De los textos litúrgicos oficiales: CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA

Misa del Domingo (verde). Hoy no se permiten las misas de difuntos, excepto la exequial.

MISAL: antífonas y oraciones propias, Gloria, Credo, Prefacio dominical.

LECC.: vol. I (B).
– Sab 1, 13-15; 2, 23-24.
Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo.
– Sal 29. R. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
– 2 Cor 8, 7. 9. 13-15. Vuestra abundancia remedia la carencia de los hermanos pobres.
– Mc 5, 21-43. Contigo hablo, niña, levántate.

La primera lectura de hoy nos dice que «Dios creó al hombre incorruptible y lo hizo a imagen de su propio ser; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo». El Hijo de Dios se hizo hombre para vencer al pecado y a la muerte, cuando murió en la cruz y resucitó. Ya en su vida pública, anunció esta victoria cuando resucitaba a los muertos, como es el caso del Ev. de hoy, la resurrección de un jefe de la sinagoga, al que pidió únicamente que tuviera fe. Pidamos al Señor vivir siempre en el esplendor de la verdad, el esplendor de la fe, por la que venzamos las tinieblas del error, el pecado y la muerte (cf. oración colecta).

Antífona de entrada (Sal 46, 2)

Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo.

Saludo al pueblo congregado

El sacerdote y los fieles, de pie, se santiguan, mientras el sacerdote dice:

En el nombre del Padre, y del Hijo,
y del Espíritu Santo.

R/. Amén.

El sacerdote, extendiendo las manos, saluda al pueblo diciendo:

La gracia de nuestro Señor Jesucristo,
el amor del Padre
y la comunión del Espíritu Santo
estén con todos vosotros.

R/. Y con tu espíritu

Si se juzga oportuno, el sacerdote, el diácono u otro ministro idóneo, hace la siguiente monición:

Hermanos: Convocados por el Señor, nos reunimos en torno al altar para celebrar la eucaristía. En este domingo decimotercero del tiempo ordinario se nos llama fuertemente a creer en la vida eterna. Dios es el Señor de la vida y quiere darnos ese don con generosidad, si ponemos en él nuestra fe y nuestra esperanza. También a cada uno de nosotros hoy nos dice Jesús: «¡Levántate!», para seguirlo amando a Dios y a los hermanos, anticipando así, en pequeñas primicias, la vida eterna.

Acto penitencial

El sacerdote invita a los fieles al acto penitencial:

Jesucristo, el justo, intercede por nosotros y nos reconcilia con el Padre. Abramos, pues, nuestro espíritu al arrepentimiento, para acercarnos a la mesa del Señor.

Se hace una breve pausa en silencio. Después el sacerdote o el diácono, u otro ministro, entona o dice las siguientes invocaciones:

  • Tú eres la salud del mundo: Señor, ten piedad.
    R/. Señor, ten piedad.
  • Tú eres la resurrección y la vida: Cristo, ten piedad.
    R/. Cristo, ten piedad.
  • Tú eres nuestra única esperanza: Señor, ten piedad.
    R/. Señor, ten piedad.

El sacerdote concluye con la siguiente plegaria:

Dios todopoderoso
tenga misericordia de nosotros,
perdone nuestros pecados
y nos lleve a la vida eterna.

R/. Amén.

A continuación, se canta o se dice el himno Gloria a Dios en el cielo.

Oración colecta

Oremos.
Oh, Dios,
que por la gracia de la adopción
has querido hacernos hijos de la luz,
concédenos que no nos veamos envueltos por las tinieblas del error,
sino que nos mantengamos siempre en el esplendor de la verdad.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo y es Dios
por los siglos de los siglos.

R/. Amén.

Primera lectura (Sab 1, 13-15; 2, 23-24): Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo

Lectura del libro de la Sabiduría.

Dios no ha hecho la muerte,
ni se complace destruyendo a los vivos.

Él todo lo creó para que subsistiera
y las criaturas del mundo son saludables:
no hay en ellas veneno de muerte,
ni el abismo reina en la tierra.

Porque la justicia es inmortal.

Dios creó al hombre incorruptible
y lo hizo a imagen de su propio ser;
mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo,
y la experimentan los de su bando.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial (Sal 29, 2 y 4. 5 6. 11 y l2a y 13b [R/.: 2a])

R/.   Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

V/.   Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.   R/.

V/.   Tañed para el Señor, fieles suyos,
dad gracias a su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana, el júbilo.   R/.

V/.   Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.   R/.

Segunda lectura (2 Cor 8, 7. 9. 13-15): Vuestra abundancia remedia la carencia de los hermanos pobres

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

Hermanos:

Lo mismo que sobresalís en todo —en fe, en la palabra, en conocimiento, en empeño y en el amor que os hemos comunicado—, sobresalid también en esta obra de caridad.

Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza.

Pues no se trata de aliviar a otros, pasando vosotros estrecheces; se trata de igualar. En este momento, vuestra abundancia remedia su carencia, para que la abundancia de ellos remedie vuestra carencia; así habrá igualdad.

Como está escrito:

«Al que recogía mucho no le sobraba; y al que recogía poco no le faltaba».

Palabra de Dios.

Aleluya (Cf. 2 Tm 1, 10)

Nuestro Salvador, Cristo Jesús, destruyó la muerte,
e hizo brillar la vida por medio del Evangelio.   R/.

Evangelio (Mc 5, 21-43): Contigo hablo, niña, levántate

✠ Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor y se quedó junto al mar.

Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia:

«Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva».

Se fue con él y lo seguía mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando:

«Con solo tocarle el manto curaré».

Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente y preguntaba:

«¿Quién me ha tocado el manto?».

Los discípulos le contestaban:

«Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”».

Él seguía mirando alrededor, para ver a la que había hecho esto. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad.

Él le dice:

«Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad».

Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle:

«Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?».

Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga:

«No temas; basta que tengas fe».

No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a casa del jefe de la sinagoga y encuentra el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos y después de entrar les dijo:

«¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida».

Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo:

«Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»).

La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor.

Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

Palabra del Señor.

Comentario a las lecturas

BENEDICTO XVI, Angelus (01.VII.2012)

Este domingo, el evangelista san Marcos nos presenta el relato de dos curaciones milagrosas que Jesús realiza en favor de dos mujeres: la hija de uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y una mujer que sufría de hemorragia (cf. Mc 5, 21-43). Son dos episodios en los que hay dos niveles de lectura; el puramente físico: Jesús se inclina ante el sufrimiento humano y cura el cuerpo; y el espiritual: Jesús vino a sanar el corazón del hombre, a dar la salvación y pide fe en él. En el primer episodio, ante la noticia de que la hija de Jairo había muerto, Jesús le dice al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe» (v. 36), lo lleva con él donde estaba la niña y exclama: «Contigo hablo, niña, levántate» (v. 41). Y esta se levantó y se puso a caminar. San Jerónimo comenta estas palabras, subrayando el poder salvífico de Jesús: «Niña, levántate por mí: no por mérito tuyo, sino por mi gracia. Por tanto, levántate por mí: el hecho de haber sido curada no depende de tus virtudes» (Homilías sobre el Evangelio de Marcos, 3). El segundo episodio, el de la mujer que sufría hemorragias, pone también de manifiesto cómo Jesús vino a liberar al ser humano en su totalidad. De hecho, el milagro se realiza en dos fases: en la primera se produce la curación física, que está íntimamente relacionada con la curación más profunda, la que da la gracia de Dios a quien se abre a él con fe. Jesús dice a la mujer: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad» (Mc 5, 34).

Para nosotros estos dos relatos de curación son una invitación a superar una visión puramente horizontal y materialista de la vida. A Dios le pedimos muchas curaciones de problemas, de necesidades concretas, y está bien hacerlo, pero lo que debemos pedir con insistencia es una fe cada vez más sólida, para que el Señor renueve nuestra vida, y una firme confianza en su amor, en su providencia que no nos abandona.

Jesús, que está atento al sufrimiento humano, nos hace pensar también en todos aquellos que ayudan a los enfermos a llevar su cruz, especialmente en los médicos, en los agentes sanitarios y en quienes prestan la asistencia religiosa en los hospitales. Son «reservas de amor», que llevan serenidad y esperanza a los que sufren. En la encíclica Deus caritas est, expliqué que, en este valioso servicio, hace falta ante todo competencia profesional —que es una primera necesidad fundamental—, pero esta por sí sola no basta. En efecto, se trata de seres humanos, que necesitan humanidad y atención cordial. «Por eso, dichos agentes, además de la preparación profesional, necesitan también y sobre todo una “formación del corazón”: se les ha de guiar hacia el encuentro con Dios en Cristo que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro» (n. 31).

Pidamos a la Virgen María que acompañe nuestro camino de fe y nuestro compromiso de amor concreto especialmente a los necesitados, mientras invocamos su maternal intercesión por nuestros hermanos que viven un sufrimiento en el cuerpo o en el espíritu.

Se dice Credo.

Oración de los fieles

Oremos a Dios Padre. Su bondad dura por siempre.

  • Para que la Iglesia sea cada día más comunidad, signo de Cristo, que se hizo pobre por amor. Roguemos al Señor.
  • Para que Jesús llame a muchos jóvenes al ministerio sacerdotal, y éstos no teman seguirlo con generosidad. Roguemos al Señor.
  • Para que el respeto a la vida y los derechos de la persona prevalezcan siempre sobre cualesquiera otros intereses. Roguemos al Señor.
  • Para que la fe de tantos cristianos, todavía imperfecta, se purifique y llegue a ser adhesión a Cristo Salvador. Roguemos al Señor.
  • Para que los que sufren en el cuerpo o en el alma encuentren en Cristo y en su palabra un motivo para seguir esperando. Roguemos al Señor.
  • Para que seamos capaces de la generosidad de que nos habla el Apóstol, a imitación de Cristo, que nos enriqueció a todos con su pobreza. Roguemos al Señor.

Escúchanos, Señor, y ten piedad de nosotros;
ayuda a nuestra pobre fe.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R/. Amén.

Oración sobre las ofrendas

Oh, Dios,
que actúas con la eficacia de tus sacramentos,
concédenos que nuestro ministerio
sea digno de estos dones sagrados.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R/. Amén.

Prefacio dominical.

Antífona de comunión (Sal 102, 1)

Bendice, alma mía, al Señor y todo mi ser a su santo nombre.

O bien (Cf. Jn 17, 20-21):

Padre, por ellos ruego; para que todos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado, dice el Señor.

Oración después de la comunión

Oremos.
La ofrenda divina
que hemos presentado y recibido
nos vivifique, Señor,
para que, unidos a ti en amor continuo,
demos frutos que siempre permanezcan.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R/. Amén.

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