Presentación de la primera Jornada Mundial de los Abuelos y los Mayores

Kevin, Card. FARRELL
Prefecto del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida

La Jornada Mundial de los Abuelos y las Personas Mayores es una fiesta. Sentíamos la necesidad: después de un año tan difícil hay una verdadera necesidad de fiesta, abuelos y nietos, jóvenes y mayores. “Había que hacer fiesta” dice el Padre en la parábola. Se abre una nueva página, tras unos meses dramáticos de dificultades. Y, sin embargo, muchas personas mayores tendrían derecho a quejarse de cómo han sido tratadas -o maltratadas- en estos meses de pandemia. Pero la Iglesia nos invita a dar un paso más y nos habla de ternura. Ternura hacia los mayores porque, como nos recuerda el Santo Padre en el mensaje que hoy les presentamos, el Coronavirus “les ha reservado un trato más duro”. Por eso, el Papa espera la visita de un ángel, que baje a consolarlos en su soledad, e imagina que este ángel puede tener el semblante de un joven que visita a un anciano.

Por otro lado, la Jornada también nos habla de la ternura de los abuelos hacia sus nietos, de la guía segura que pueden ser los mayores para tantos jóvenes que se encuentran perdidos, especialmente en una época como la que vivimos, en la que las relaciones humanas se han enrarecido.

La ternura no es sólo un sentimiento privado, que alivia las heridas, sino una forma de relacionarse con los demás, que también debería respirarse en el espacio público. Nos hemos acostumbrado a vivir solos, a no abrazarnos, a considerar al otro un peligro para nuestra salud. Nuestras sociedades, nos dice el Papa en Fratelli tutti, están fragmentadas.

La ternura puede convertirse en una forma de ser, que nace del corazón, de una mirada de compasión, y se traduce en pensamientos y acciones impregnados de auténtica caridad. El cristianismo está hecho de lazos afectivos, de abrazos, de encuentros, y la soledad no tiene nada de normal para un creyente, si su existencia está centrada en su relación con Dios. “Yo estoy contigo todos los días” -el tema de la Jornada que vamos a celebrar- es la promesa que cada uno de nosotros ha recibido del Señor y que cada uno está llamado a repetir a sus hermanos.

La ternura tiene, por tanto, un valor social, que la celebración del Día pretende afirmar. Es un bálsamo que todos necesitamos, y nuestros abuelos pueden ser sus dispensadores. En la sociedad deshilachada y endurecida que está surgiendo de la pandemia, no sólo hay que vacunarse y recuperarse económicamente (aunque es fundamental), sino que hay que volver a aprender el arte de las relaciones. En esto, los abuelos y los mayores pueden ser nuestros maestros. Por eso también son tan importantes.

El mensaje que presentamos hoy es a la vez afectuoso y exigente con los abuelos y las personas mayores. El Santo Padre se dirige a ellos con palabras afectuosas, pero también les anuncia una llamada a “una vocación renovada en un momento crucial de la historia”. Hay tres elementos que caracterizan esta llamada: “sueños, memoria y oración”. La cercanía del Señor”, dice el Papa, “dará la fuerza para emprender un nuevo viaje incluso a los más frágiles de entre nosotros, por los caminos de los sueños, la memoria y la oración”. Sin embargo, lo que parece más relevante no es tanto la forma en que se declina esta vocación, sino la circunstancia de que se consideran destinatarios de una llamada específica.

En la Iglesia, con el Papa Francisco, los abuelos y los mayores tienen un lugar de honor y la Jornada que celebramos pretende reafirmarlo. En la pastoral, cada una de nuestras comunidades está invitada a no considerar a los mayores como clientes de nuestros servicios sociales, sino a considerarlos también como protagonistas de nuestros programas y a valorar su espiritualidad. Poner a los abuelos y a los mayores en el centro, comprender el valor de su presencia es, además, la única alternativa real a la cultura del descarte. Lo contrario del descarte no son sólo las obras de caridad (por muy necesarias que sean), sino la atención pastoral, en la conciencia del valor que representan para las familias, la Iglesia y la sociedad.

Quisiera ahora detenerme en un tema muy del agrado del Santo Padre: la sabiduría de los mayores. La insistencia en la sabiduría no proviene de la idea de que los mayores están dotados de mayor sabiduría que los demás, sino que tienen una sabiduría experiencial, la sabiduría de muchos años de vida.

Las personas mayores son, desde esta perspectiva, un gran recurso para salir de la crisis mejores y no peores. Sobre todo, pueden ayudarnos a comprender que la crisis que vivimos no es la primera ni será la última, y que las vicisitudes de los hombres y mujeres forman parte de una historia que las trasciende. En el mensaje, el Papa dice a todos los ancianos que “es necesario que también vosotros seáis testigos de que es posible salir renovados de una experiencia de prueba” y cita, como ejemplo, la experiencia de la guerra, que tantos han vivido.

No despreciar a la generación anterior significa no dejarse aplastar por el presente. Los obstáculos que hoy vivimos y que parecen insuperables adquieren las proporciones adecuadas si se miran desde la perspectiva del largo plazo.

Es en este sentido que la experiencia de las personas mayores puede ayudar a los jóvenes: ayudarles a leer su propia vida de forma más distanciada y realista, con la prudencia necesaria para tomar buenas decisiones. ¿Cuántas veces un abuelo ha ayudado a un nieto a entender que una aparente gran decepción era un nuevo camino que el Señor estaba trazando bajo sus pasos?

Del mismo modo, el conocimiento de que la Iglesia ha nacido de la experiencia de generaciones de cristianos, que nos han precedido y alimentado con su fe, ¿no debería llevarnos a comprender que las crisis que vivimos son sólo etapas en el camino de un pueblo a través de la historia? El Papa Francisco dedicó algunos pasajes importantes de “Fratelli tutti” precisamente a la necesidad de no perder la conciencia histórica, valorando a los abuelos, que son la voz y la presencia de esta conciencia.

Espero que el Día Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores nos ayude a crecer en el afecto por nuestros abuelos y a descubrirlos como maestros de ternura, guardianes de nuestras raíces y dispensadores de sabiduría. Por nuestra parte, toda la Iglesia repite a cada abuelo y a cada persona mayor: “estaremos contigo todos los días”, hasta el fin del mundo.

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