Homilía del cardenal D. Juan José Omella Omella en la ordenación episcopal de D. José Antonio Satué Huerto

CARDENAL JUAN JOSÉ OMELLA
ARZOBISPO DE BARCELONA

Ordenación episcopal de
D. José Antonio Satué Huerto

Teruel
18 de septiembre de 2021

Queridos hermanos en el episcopado (Sr. Nuncio, Cardenales, Arzobispos y Obispos),
Hermanos sacerdotes y diáconos,
Hermanos y hermanas que formáis parte de la Vida Consagrada,
Queridas Autoridades civiles y de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado,
Queridos familiares y amigos de José Antonio Satué,
Hermanos y hermanas de esta entrañable Iglesia que peregrina en Teruel, mi tierra de origen,
Hermanos todos en el Señor,

I
Eligió a los que quiso

Querido José Antonio, estoy seguro de que a lo largo de tu vida, y especialmente en los últimos días, le has dicho al Señor lo que tantas veces repetimos en la Liturgia de las Horas como oración que brota de un corazón sorprendido y agradecido:

¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta cubierto de rocío
pasas las noches de invierno oscuras?

¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

(Lope de Vega)

Y seguro que te preguntas: ¿qué tengo de especial para que el Señor me haya elegido para ser pastor de su pueblo? Y la respuesta, lo sabes perfectamente, es que no tienes nada, nada de especial. El Evangelio de san Marcos lo deja bien claro cuando dice: «Jesús […] llamó a los que quiso» (Mc 3,13). No dice que llamara a los perfectos, a los sabios, a los mejores, sino que dice que eligió a los que quiso y los eligió para que sirvieran a los hermanos y hermanas y para promover la comunión del pueblo de Dios.

¿Por qué el Señor te elige a ti, por qué nos elige a nosotros para ser pastores, para ser padres de familia cristianos, para ser catequistas, misioneros, para ser evangelizadores en medio de nuestro mundo? Sencillamente porque Él nos ama y cuenta con nosotros para llegar a todos los demás. Cuenta con nuestra pequeñez y nuestra pobreza a fin de que, de esta manera, se manifieste la grandeza de Dios.

Por eso, nuestra oración, tu oración, hoy y siempre, es y debe ser una oración de acción de gracias, porque el Señor te mira con amor y te confía una porción de su pueblo para que actúes en medio de la comunidad como padre amoroso y servidor de la comunión y de la paz, que guía hacia la meta que es Cristo. No dejes de dar siempre gracias al Señor por esa confianza depositada en tu persona, en cada uno de los bautizados, de los que formamos el pueblo santo de Dios.

Y esa oración de acción de gracias debe también estar siempre envuelta de ese tono tan sencillo y entrañable que mostraba la oración de Moisés, guía del Pueblo de Israel, cuando pedía misericordia y clemencia para su pueblo, hasta el punto de suplicar a Dios que le borrase del libro de la vida, si no perdonaba el pecado del Pueblo de Israel (cf. Ex 32,32). ¡Cuántas veces tendrás que hacer tú también una oración de intercesión semejante a la de Moisés porque, no lo olvides, el corazón del pastor debe estar repleto de misericordia y solidaridad! Que el diablo no te lleve a engaño y te haga creer que eres superior a los demás. Eres un hermano entre hermanos, necesitado también de perdón y de misericordia.

II
Estar con Él

Pero esa oración no brotará fácilmente de tu corazón si no te ejercitas en el trato diario de tú a tú con el Señor. No olvides, querido José Antonio, que el Señor llamó a sus apóstoles para que estuvieran con Él. Esa es la primera misión que nos confía Cristo: estar con Él, ser sus íntimos amigos. De ahí que te recuerde lo importante y necesaria que es para un obispo, para todo pastor de la comunidad cristiana, la oración, el trato personal con el Señor.

¡Qué hermosa recomendación da san Ignacio de Antioquía al obispo Policarpo de Esmirna! Le dice: «Dedícate continuamente a la oración. Pide mayor sabiduría de la que tienes. Mantén alerta tu espíritu, pues el espíritu desconoce el sueño. Háblales a todos al estilo de Dios. Carga sobre ti, como perfecto atleta, las enfermedades de todos».

Ahí tienes, querido José Antonio, el primer consejo que te da el Señor para ser un buen pastor, un buen obispo: poner en el centro de tu vida la oración y el estudio de la Palabra de Dios. Así lo hacía el gran obispo de Milán, san Ambrosio. Dice san Agustín que quedaba admirado viendo a san Ambrosio absorto en la lectura y en el estudio de la Palabra de Dios allá en la catedral de Milán mientras atendía a la gente que iba a hablar con él.

Benedicto XVI decía en una homilía que los obispos son los mensajeros de Dios. Llevan a Dios a la gente, abren el cielo y, por tanto, abren la tierra. Precisamente porque están cerca de Dios, pueden estar también muy cerca del hombre. Porque Dios es más íntimo a cada uno de nosotros que nosotros mismos. Los ángeles hablan al hombre de lo que constituye su verdadero ser, de lo que en su vida está tan a menudo cubierto y enterrado.

En este sentido, nosotros, que somos seres humanos, debemos convertirnos en ángeles para los demás; ángeles que nos aparten de los caminos del error y nos indiquen siempre el camino de vuelta a Dios.

«Multum orat pro populo» (Reza mucho por el pueblo), dice el libro de la Liturgia de las Horas sobre los santos obispos. El obispo debe ser un hombre de oración, alguien que interceda por la gente ante Dios. Cuanto más lo haga, más comprenderá también a las personas que le han sido confiadas y podrá convertirse en un ángel para ellas, en un mensajero de Dios, que les ayude a encontrar el sentido de sus vidas y les abra la puerta al encuentro con Dios.

III
Predicar, enseñar el Mensaje de Jesús

El Señor te pide, como le pidió a los apóstoles, que proclames la Palabra de Dios, no la tuya, no la palabra que puede contentar a los oyentes. Predicar parece que es un arte fácil de ejecutar. Sin embargo, es un ministerio exigente. Porque podemos predicar a los otros lo que deben hacer y, a lo mejor, somos incapaces de cumplirlo. La verdadera predicación es la que brota del corazón, es la palabra que sale de la escucha atenta a Dios en el silencio de la oración.

San Carlos Borromeo lo deja bien claro cuando dice: «¿Estás dedicado a la predicación y a la enseñanza? Estudia y ocúpate en todo lo necesario para el recto ejercicio de este cargo. Procura antes que todo predicar con tu vida y costumbres. No sea que, al ver que una cosa es lo que dices y otra lo que haces, se burlen de tus
palabras meneando la cabeza
» (Oficio de Lecturas. 4 de noviembre. Libro de las Horas, Tomo IV, pág. 1351).

IV
Expulsar demonios

Al demonio se le denomina «diabolus», que significa el que separa. Tu gran labor será estar al servicio de la comunión. Es un trabajo hermoso, pero nada fácil de lograr. ¡Qué labor tan hermosa la de caminar juntos estando a la escucha de Dios y de los hombres! Eso es lo que pedía el Señor en la última cena: «que todos sean uno como tú, Padre, en mí, y yo en ti» (Jn 17,21).

El Apocalipsis también llama al demonio «el acusador de nuestros hermanos, que los acusaba día y noche ante nuestro Dios» (Ap 12,10). Quien deja de lado a Dios no engrandece al hombre, sino que le quita su dignidad. El hombre se convierte entonces en un producto fallido de la evolución.

Quien acusa al hombre también acusa a Dios. La fe en Dios defiende al hombre en todas sus debilidades y carencias: el esplendor de Dios brilla en cada individuo. La tarea del obispo, como hombre de Dios, es trabajar, conjuntamente con los ministros ordenados, los hermanos y hermanas de la vida consagrada y los laicos, para hacer sitio a Dios en un mundo que apenas le deja espacio. Cuando la sociedad acoge a Dios potencia la grandeza del hombre. ¿Y qué más puede decirse y pensarse del ser humano, cuando Dios, nuestro creador, decidió hacerse hombre?

Una de las tareas más hermosas, aunque duras de llevar a cabo, es la de crear comunión. Nuestra sociedad está crispada y dividida. Le cuesta vivir la unión, la comunión. Y el obispo está puesto en medio del pueblo, en medio del presbiterio, en medio de la comunidad cristiana para propiciar la comunión. Y eso cuesta. Y eso lleva, a veces, a tener ganas de tirar la toalla porque los frutos son eximios. Pero la tarea principal del obispo es vivir y fomentar la espiritualidad de comunión porque sin comunión no hay verdadera evangelización.

Ayuda al Pueblo de Dios a encontrar la alegría en la fe y a aprender el arte del discernimiento espiritual: a acoger el bien y a rechazar el mal, a convertirse cada vez más, en virtud de la esperanza que nace de la fe, en personas que, unidas al Dios del Amor, viven en profunda comunión con sus hermanos y hermanas.

Y recuerda cada día que la espiritualidad de comunión no es otra cosa que:

[…] una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de comunión que es capacidad de sentir al hermano de fe (…) como «uno que me pertenece», para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de comunión que es capacidad de ver, ante todo, lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios (…). En fin, espiritualidad de comunión que es saber «dar espacio» al hermano llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Gal 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos acechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias (Novo Millennio Ineunte, 43).

Que Santa María, Estrella de la Evangelización, Aurora luminosa y Guía segura de nuestro camino, te ayude y nos ayude a todos a sostener viva la fe, a mantener segura la esperanza y constante la caridad; nos ayude a emprender cada día, con nuevo ardor, el itinerario misionero, echando incansablemente las redes, fiados en la palabra del Señor y caminando por la senda de la sinodalidad, porque la Iglesia, no lo olvidemos, es misterio de comunión en tensión misionera.

Y que santa Emerenciana, patrona de Teruel, te ayude a ser un buen pastor, según el corazón de Dios. Que te ayude a desempeñar el cargo que ocupas con toda diligencia corporal y espiritual. Que te ayude a preocuparte por conservar la concordia, que es lo mejor que puede existir. Y que, finalmente, te ayude a llevar a todos tus hermanos sobre ti, como a ti te lleva el Señor. Amén.

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