Segunda predicación de Adviento del cardenal Raniero Cantalamessa

Card. Raniero Cantalamessa, O.F.M. Cap.

Adviento 2021
Segunda predicación

«DIOS ENVIÓ A NUESTROS CORAZONES EL ESPÍRITU DE SU HIJO»

Viernes, 10 de diciembre de 2021

En 1882 el arqueólogo William M. Ramsay descubrió en Hierópolis, en Frigia, una antigua inscripción griega. El hallazgo fue donado por el sultán Abdul Hamid al papa León XIII en 1892, con ocasión de su jubileo. Desde el Museo de Letrán pasó a continuación al Museo Pío Cristiano.

El epitafio —definido por los historiadores como «la reina de las inscripciones cristianas»—, contiene el testamento espiritual de un obispo llamado Abercio que vivió hacia finales del siglo II. En él, el autor resume toda su experiencia de la fe cristiana. Lo hace en el lenguaje impuesto en ese momento por la «disciplina de lo arcano», es decir, utilizando metáforas y expresiones, cuyo significado solo los cristianos podían entender, sin exponerse a sí mismos y a los demás a la burla y a la persecución. Escuchémosla de cerca en la parte que más nos interesa:

«Yo, de nombre Abercio, [soy] discípulo del pastor casto con ojos grandes que apacienta rebaños de ovejas por montes y llanuras… Él me enseñó las escrituras dignas de fe; me envió a Roma para contemplar el palacio y ver a una reina con túnicas y zapatos de oro; vi allí a un pueblo con un sello brillante. También visité la llanura de Siria y todas sus ciudades y, más allá del Éufrates, Nisibi. En todas partes encontré hermanos…, tenía a Pablo conmigo, y la Fe me guió en todas partes y me dió de comer un Pez muy grande y puro, que la casta Virgen concibió y que [la Fe] suele dar de comer todos los días a sus fieles amigos, teniendo un excelente vino que hace para dar junto con el pan» [1].

El pastor «de ojos grandes» es Jesús, las escrituras son la Biblia, la reina con las túnicas doradas (alusión al Salmo 45,10) es la Iglesia, el sello es el bautismo; Pablo es, naturalmente, el apóstol; el pez, como en muchos mosaicos antiguos, indica a Cristo; la casta Virgen es María; el pan y el vino, la Eucaristía. A los ojos de Abercio, Roma no es tanto la capital del imperio (que incluso en ese momento está en el apogeo de su poder), sino «el palacio» de otro reino, el centro espiritual de la Iglesia.

Lo que llama la atención en este testamento es la frescura, el entusiasmo y el asombro con que Abercio mira el nuevo mundo que la fe ha abierto de par en par ante él. ¡Para él todo esto no es verdaderamente algo que deba darse por descontado! Es la verdadera novedad del mundo y de la historia. Precisamente lo he recordado por esta razón: porque es el sentimiento que los cristianos de hoy más necesitamos redescubrir. Se trata, una vez más, de mirar las vidrieras de la catedral desde su interior, más que desde la vía pública.

Después de unos sesenta años de predicar en todo el mundo, podría hacer mío el testamento de Abercio, sin tener necesidad siquiera de usar su lenguaje velado. Yo también, dentro de mis posibilidades, he conocido en todas partes este nuevo pueblo a quien la Lumen Gentium del Vaticano II define como el pueblo mesiánico que «tienen a Cristo como cabeza, como condición la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, por ley el nuevo precepto del amor y como fin el reino de Dios» (cf. LG 9).

El mismo Concilio recuerda que la Iglesia está formada por santos y pecadores; más aún, que ella misma —como realidad concreta e histórica—, es santa y pecadora, «casta meretrix», como la llaman algunos Padres [2], y que las dos cosas — pecado y santidad— están presentes en cada miembro suyo, no sólo entre una categoría y otra de ellas. Es correcto, por lo tanto, que nos entristezcamos y lloremos por los pecados de la Iglesia, pero también es correcto y apropiado alegrarnos por su santidad y su belleza. Por una vez elegimos hacer esta segunda cosa, que es quizás la más difícil y descuidada hoy en día.

La prueba de que somos hijos de Dios

Volvamos al texto de Gálatas que estamos comentando:

Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos la adopción filial. Y que sois hijos se demuestra por el hecho de que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡Abbá! ¡Padre!» Así que ya no eres esclavo, sino hijo, y si eres hijo, también eres heredero por la gracia de Dios.

La última vez meditamos en la primera parte sobre nuestro ser hijos de Dios; meditemos ahora sobre la segunda parte, sobre el papel desempeñado por el Espíritu Santo en todo esto. Debemos tener en cuenta el pasaje casi gemelo de Romanos 8,15-16:

No habéis recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el miedo, sino que habéis recibido el Espíritu que hace hijos adoptivos, a través del cual clamamos: «¡Abbá! ¡Padre!» El Espíritu mismo, junto con nuestro espíritu, testifica que somos hijos de Dios.

La última vez hablé de la importancia de la Palabra de Dios para saborear la dulzura de saberse hijos de Dios y experimentar a Dios como Padre bueno. San Pablo nos dice ahora que hay otro medio sin el cual, incluso la Palabra de Dios, es insuficiente: ¡el Espíritu Santo!

San Buenaventura termina su tratado Itinerario de la mente a Dios con una frase alusiva y misteriosa; dice: «Nadie conoce esta sabiduría mística secretísima, excepto quien la recibe; nadie la recibe excepto quien lo desea; nadie la desea excepto quien está inflamado en las profundidades del Espíritu Santo enviado por Cristo a la tierra» [3]. En otras palabras, podemos desear tener un conocimiento vivo de ser hijos de Dios y experimentarlo, pero obtener esto es obra solo del Espíritu Santo.

¿El Espíritu «testifica» que somos hijos de Dios? ¿Qué significan estas palabras? No se puede tratar de una especie de atestado externo y jurídico como en las adopciones naturales, o como lo es el certificado de bautismo. Si el Espíritu es «prueba» de que somos hijos de Dios, si Él lo «testifica» a nuestro espíritu, no puede ser algo que sucede en alguna parte, pero de lo que no tengamos percepción ni confirmación.

Desgraciadamente, así es como se nos lleva a pensar. Sí, en el bautismo nos hemos convertido en hijos de Dios, miembros de Cristo, el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones…, pero todo esto por fe, sin que nada se mueva dentro de nosotros. Creído con la mente, pero no vivido con el corazón. ¿Cómo cambiar esta situación? El Apóstol nos dio la respuesta: ¡El Espíritu Santo! No sólo el Espíritu Santo que hemos recibido en el bautismo, sino el que debemos pedir y recibir siempre de manera nueva. El Espíritu «testimonia» que somos hijos de Dios; ahora testimonia, no «testimonió», se entiende de una vez por todas en el bautismo.

Por lo tanto tratemos de entender cómo el Espíritu Santo obra este milagro de abrir nuestros ojos a la realidad que llevamos dentro. La mejor descripción de cómo el Espíritu Santo lleva a cabo esta operación en el creyente la he encontrado en un discurso para el Pentecostés de Lutero. (Seguimos, con él, el criterio paulino de «examinarlo todo y quedarnos con lo bueno»).

Mientras el hombre viva en el régimen del pecado, bajo la ley, Dios se le aparece como un dueño severo, uno que opone a la satisfacción de sus deseos terrenales con eso perentorios suyos: «Debes…, no debes». No tienes que desear las cosas de los demás, la mujer de los demás… En este estado, el hombre acumula en lo más profundo de su corazón un resentimiento sordo contra Dios, lo ve como un adversario de su felicidad, hasta el punto de que, si dependiera de él, sería muy feliz si no existiera [4].

Si todo esto nos parece una reconstrucción exagerada, como grandes pecadores, que no nos concierne de cerca, miremos dentro de nosotros mismos y observemos lo que sale del fondo oscuro de nuestro corazón ante una voluntad de Dios, o una obediencia que atraviesa nuestros planes. En las tandas de Ejercicios Espirituales que tengo ocasión de predicar suelo proponer a los participantes que se sometan a una prueba psicológica por su cuenta para descubrir qué idea de Dios prevalece en ellos. Invito a que se pregunten: ¿qué sentimientos, qué asociaciones de ideas surgen espontáneamente en mí, antes de cualquier reflexión, cuando, recitando el Padre Nuestro, llego a las palabras: «Hágase tu voluntad»?

No es difícil darse cuenta de que inconscientemente la voluntad de Dios está conectada con todo lo que es desagradable, doloroso y todo lo que constituye una prueba, una exigencia de renuncia, un sacrificio de todo aquello, resumidaente, que puede verse como que mutilan nuestra libertad y desarrollo individual. Pensamos en Dios como si fuera esencialmente el enemigo de toda fiesta, alegría, placer. Si en ese momento pudiéramos mirar nuestra alma como en el espejo, nos veríamos como personas que inclinan la cabeza, resignadas, murmurando entre los dientes: «Si realmente no se puede prescindir… pues bien, hágase tu voluntad».

Veamos qué hace el Espíritu Santo para sanarnos de este terrible engaño heredado de Adán. Al entrar en nosotros, en el bautismo y luego en todos los demás medios de santificación, comienza mostrándonos un rostro diferente de Dios, el rostro que Jesús nos reveló en el Evangelio. Nos lo descubre como un aliado de nuestra alegría, como aquel que por nosotros «ahorró a su propio Hijo» (Rom 8, 32).

Poco a poco florece el sentimiento filial, que se traduce espontáneamente en el grito:¡Abba, Padre! Estamos listos a decir como Job al final de su historia: “De oídas había oído hablar de ti, pero ahora te veo con mis propios ojos. (Jb 42, 5). El hijo ha tomado el lugar del esclavo y el amor el del miedo! El hombre deja de ser el antagonista de Dios y se convierte en su aliado. El pacto con Dios ya no es solo una estructura religiosa en la que se nace, sino un descubrimiento, una elección, una fuente de seguridad inquebrantable: «Si Dios está con nosotros, es nuestro aliado, ¿quién estará en contra de nosotros?» (cf. Rom 8, 31).

La oración de los hijos

El lugar privilegiado en el que el Espíritu Santo obra siempre de nuevo el milagro de hacernos sentir hijos de Dios es la oración. El Espíritu no da un ley de oración, sino una gracia de oración. La oración no viene a nosotros, principalmente, por el aprendizaje externo y analítico, sino que viene a nosotros por infusión, como don. ¡Esta es la «buena noticia» sobre la oración cristiana! La fuente misma de la oración viene a nosotros y consiste en el hecho de que «Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!» (Gál 4,6).

El grito del creyente ¡Abba! muestra, por sí solo, que quien ora en nosotros, a través del Espíritu, es Jesús, el Hijo unigénito de Dios. Por sí mismo, de hecho, el Espíritu Santo no podía dirigirse a Dios, llamándolo Abbá, porque no es «engendrado», sino que solo «procede» del Padre. Lo puede hacer porque es el Espíritu del Hijo unigénito que continúa la oración de la cabeza en los miembros.

Por tanto, es el Espíritu Santo quien infunde, en el corazón, el sentimiento de la filiación divina, que nos hace sentirnos (no sólo ¡sabernos!) hijos de Dios. A veces esta operación fundamental del Espíritu se lleva a cabo repentina e intensamente, en la vida de una persona, y entonces uno puede contemplar todo su esplendor. Con ocasión de un retiro, de un sacramento recibido con disposiciones especiales, de una palabra de Dios escuchada con un corazón dispuesto, o con ocasión de la oración para la efusión del Espíritu (el llamado «bautismo en el Espíritu»), el alma se inunda con una nueva luz, en la que Dios se revela a ella, de una manera nueva, como Padre. Experimentamos lo que realmente significa la paternidad de Dios; el corazón se enternece y la persona tiene la sensación de renacer de esta experiencia. Dentro de ella aparece una gran confianza y un sentido nunca experimentado de la condescendencia de Dios.

En otras ocasiones, sin embargo, esta revelación del Padre va acompañada de tal sentimiento de la majestad y trascendencia de Dios que el alma está como abrumada y se calla. (¡No estoy describiendo mis experiencias, sino las de los santos!) Se entiende por qué algunos santos empezaban el «Padre Nuestro» y, después de horas, todavía estaban parados en estas primeras palabras. De santa Catalina de Siena, su confesor y biógrafo, el beato Raimundo de Capua, escribe que «difícilmente terminaba el “Padre Nuestro”, sin estar ya en éxtasis» [5].

Esta forma vívida de conocer al Padre generalmente no dura mucho, ni siquiera en los santos. Vuelve pronto el momento en que el creyente dice «¡Abba!», sin sentir nada, y continúa repitiéndolo solo en la palabra de Jesús. Es el momento, entonces, de recordar que cuanto menos feliz hace ese clamor a quien lo pronuncia, tanto más feliz es el Padre que lo escucha, porque está hecho de pura fe y abandono.

Somos, entonces, como aquel famoso músico (hablo de Beethoven) que, habiéndose quedado sordo, siguió componiendo e interpretando espléndidas sinfonías para deleite de quien escuchaba, sin que él pudiera saborear una sola nota. Hasta el punto de que cuando el público, tras escuchar una de sus obras (la famosa Novena Sinfonía) explotó en un huracán de aplausos, tuvieron que tirar de la solapa de su traje para que se diera cuenta de ello y se girara para dar las gracias. La sordera, en lugar de apagar su música, la hizo más pura y también lo hace la aridez con nuestra oración si perseveramos en ella.

Cuando se habla de la exclamación «¡Abbá Padre!», solemos pensar solo en lo que esta palabra significa para quien la pronuncian, en lo que nos concierne. Uno casi nunca piensa en lo que significa para Dios que la escucha y lo que produce en él. En definitiva, no se piensa en la alegría de Dios por sentirse llamado papá. Pero es Padre, sabe lo que se experimenta al ser llamado así con el inconfundible timbre de voz del propio hijo o hija. Es como convertirse en padre cada vez, porque cada vez ese llanto te recuerda y te hace darte cuenta de que lo eres; llama a la existencia a la parte más recóndita de ti mismo.

Jesús sabía esto, por eso llamó a Dios tan a menudo. ¡Abbá! y nos enseñó a hacer lo mismo. Le damos a Dios una alegría simple y única al llamarlo papá: la alegría de la paternidad. Su corazón «se conmueve» dentro de él, sus entrañas «se estremecen de compasión», al sentirse llamado así (cf. Os 11, 8). Y todo esto dije que lo podemos hacer incluso cuando no «sentimos» nada.

Precisamente en este tiempo de aparente lejanía de Dios y aridez descubrimos toda la importancia del Espíritu Santo para nuestra vida de oración. Él —a quien no hemos visto y oído—, «viene en ayuda de nuestra debilidad», llena nuestras palabras y nuestros gemidos de deseo de Dios, de humildad y de amor, «y quien escudriña los corazones y sabe cuáles son los deseos del Espíritu» (cf. Rom 8, 26-27). El Espíritu se convierte, entonces, en la fuerza de nuestra oración «débil», en la luz de nuestra oración apagada; en una palabra, en el alma de nuestra oración. Realmente, «riega lo que está árido», como decimos en la secuencia en su honor.

Todo esto sucede por fe. Basta con que yo diga o piense: «Padre, me has dado el Espíritu de Jesús tu Hijo; formando así «un solo espíritu con él» (1 Cor 6,17), recito este salmo, celebro esta Santa Misa, o simplemente estoy en silencio, aquí en tu presencia. Quiero darte esa gloria y esa alegría que Jesús te daría, si fuera él quien te rezara de nuevo desde la tierra».

Lo que el Espíritu le dice a la Iglesia

Antes de concluir, quisiera aludir a una aplicación pastoral de esta reflexión sobre el papel del Espíritu Santo. He citado en otras ocasiones las palabras que el metropolita ortodoxo Ignacio de Latakia pronunció en una solemne reunión ecuménica en 1968, pero vale la pena escucharlas de nuevo aquí:

«Sin el Espíritu Santo:
Dios está muy lejos,
Cristo permanece en el pasado,
el Evangelio es letra muerta,
la Iglesia, una organización sencilla,
la autoridad una dominación,
la misión una propaganda,
el culto una evocación,
el obrar cristiano una moral de esclavos.

Pero, con el Espíritu Santo:
el cosmos se levanta y gime en el nacimiento del reino,
el hombre lucha contra la carne,
Cristo está presente,
el evangelio es el potencia de vida,
la Iglesia, signo de la comunión trinitaria,
la autoridad servicio liberador,
la misión un Pentecostés,
la liturgia memorial y anticipación,
el obrar humano es divinizado» [6].

Debemos basar todo en el Espíritu Santo. No basta con recitar un Padrenuestro, Avemaría y Gloria, al comienzo de nuestras reuniones pastorales, para luego pasar rápidamente al orden del día. Cuando las circunstancias lo permiten, hay que permanecer expuestos al Espíritu Santo durante un tiempo, darle tiempo para manifestarse. Sintonizarse con él.

Sin estas premisas, las resoluciones y los documentos siguen siendo palabras que se añaden a palabras. Sucede como en el sacrificio de Elías en el Carmelo. Elías recogió la madera, la mojó siete veces; hizo todo lo que podía; luego oró al Señor para que hiciera bajar el fuego del cielo y consumara el sacrificio. Sin ese fuego de lo alto, todo habría quedado solo en madera húmeda (cf. 1 Re 18,20s.).

Estas son cosas que, sin aspavientos, comienzan a realizarse en la Iglesia. Este año recibí una carta del párroco de una diócesis francesa. Dijo: «Desde hace casi tres años, nuestro arzobispo nos ha lanzado a todos a la aventura misionera y ha constituido una fraternidad de misioneros diocesanos. Nos hemos propuesto vivir un ciclo de preparación para el bautismo en el Espíritu. Fue una experiencia muy hermosa con 300 cristianos de toda la diócesis, junto con el Arzobispo. Poco después, las 28 clarisas de un monasterio cercano pidieron hacer la misma experiencia».

No se deben esperar respuestas inmediatas y espectaculares. La nuestra no es una danza del fuego, como la de los sacerdotes de Baal en el Carmelo. Los tiempos y los caminos son conocidos por Dios. Recordemos la palabra de Cristo a sus apóstoles: «No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha reservado para su poder, sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1,7-8). Lo importante es pedir y recibir fuerza de lo alto; la forma de manifestarse debe dejarse a Dios.

Esta necesidad se impone de modo particular en el momento en que la Iglesia se lanza a la aventura sinodal. Sobre este punto sólo queda releer y meditar las palabras pronunciadas por el Santo Padre en la homilía para la apertura del Sínodo del pasado 10 de octubre. En ella exhortaba a tomar «un tiempo para dar espacio a la oración, a la adoración, a lo que el Espíritu quiere decir a la Iglesia».

Me pregunto si, al menos en las asambleas plenarias de cada circunscripción, local o universal, es posible designar a un animador espiritual para organizar tiempos de oración y de escucha de la Palabra, al margen de las reuniones. «El testimonio de Jesús es el espíritu de profecía», dice el libro del Apocalipsis (Ap 19,10). El espíritu de profecía se manifiesta preferentemente en un contexto de oración comunitaria.

Tenemos un ejemplo maravilloso de todo esto con ocasión de la primera crisis que la Iglesia tuvo que afrontar en su misión de proclamar el Evangelio. Pedro y Juan son arrestados y encarcelados por haber «anunciado en Jesús la resurrección de los muertos». Son liberados por el Sanedrín con el mandato de «no hablar en modo alguno ni enseñar en el nombre de Jesús». Los apóstoles se encuentran ante una situación que se repetirá muchas veces a lo largo de la historia: callar, fallando al mandato de Jesús, o hablar con el riesgo de una intervención brutal de la autoridad que ponga fin a todo.

¿Qué hacen los apóstoles? Van a la comunidad. Esta reza. Uno proclama el versículo del salmo: «Los reyes de la tierra se levantaron, y los príncipes se aliaron contra el Señor y contra su Cristo» (Sal 2, 2). Otro lo aplica a lo que sucedió en la alianza entre Herodes y Poncio Pilato respecto de Jesús. «Cuando terminaron la oración —se lee—, el lugar donde estaban reunidos tembló y todos fueron llenados del Espíritu Santo y proclamaban la palabra de Dios con franqueza (parrhesia)» (cf. Hch 4, 1-31). Pablo muestra que esta praxis no quedó aislada en la Iglesia: «Cuando os reunís —escribe a los Corintios—, uno tiene un salmo, otro tiene una enseñanza; uno tiene una revelación, uno tiene el don de lenguas, otro tiene el don de interpretarlas» (1 Cor 14, 26).

Lo ideal para cualquier resolución sinodal sería poderla anunciar —al menos idealmente— a la Iglesia con las palabras de su primer concilio. «Nos ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros…» (Hch 15, 28). El Espíritu Santo es el único que abre nuevos caminos, sin negar nunca los antiguos. ¡No hace cosas nuevas, sino que hace nuevas las cosas! Es decir, no crea nuevas doctrinas o nuevas instituciones, sino que renueva y vivifica las que Jesús ha instituido. Sin él, siempre llegaremos tarde a la historia. «El Espíritu Santo —decía el Santo Padre en la homilía recordada— sopla de manera siempre sorprendente, para sugerir nuevos itinerarios y lenguajes». Él —añado yo—, es el maestro de ese aggiornamento que san Juan XXIII planteó como objetivo del Concilio. ¡El Concilio debía llevar a cabo un nuevo Pentecostés y el nuevo Pentecostés debe ahora llevar a cabo el Concilio!

La Iglesia latina posee un tesoro para este fin: el himno Veni Creador Spiritus. Desde que fue compuesto en el siglo IX, ha resonado incesantemente en la cristiandad, como una epíclesis prolongada sobre toda la creación y sobre la Iglesia. Desde los primeros años del segundo milenio, cada nuevo año, cada siglo, cada cónclave, cada concilio ecuménico, cada sínodo, cada ordenación sacerdotal o episcopal, cada encuentro importante en la vida de la Iglesia se han abierto con el canto de este himno. Recuerdo que con un solemne canto del mismo, san Juan Pablo II abrió el nuevo milenio en San Pedro. Se ha llenado de toda la fe, la devoción y el ardiente deseo del Espíritu de las generaciones que lo han cantado antes que nosotros. Y ahora, cuando es cantado, incluso por el coro más modesto de fieles, Dios lo escucha de esta manera, con esta inmensa «orquestación» que es la comunión de los santos.

Os pido la caridad, venerados Padres, hermanos y hermanas, de que os levantéis y lo cantéis conmigo para invocar una renovada efusión del Espíritu sobre nosotros y sobre toda la Iglesia.


[1] En Enchiridion Fontium Historiae Ecclesiasticae Antiquae (Herder 1965) 92-94.

[2] Cf. H.U. VON BALTHASAR, «Casta meretrix», en Sponsa Christi (Morcelliana, Brescia 1969).

[3] BUENAVENTURA, Itinerario de la mente a Dios 7,4.

[4] Cf. LUTERO, Sermón de Pentecostés (WA, 12, 568s.).

[5] RAIMUNDO DE CAPUA, Leyenda mayor, 113.

[6] METROPOLITA IGNACIO DE LATAKIA, en The Uppsala Report Ginebra 1969, p. 298.

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