Homilía de Mons. D. Santos Montoya Torres en la Santa Misa de inicio de su ministerio episcopal como Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

INICIO DEL MINISTERIO EPISCOPAL COMO
OBISPO DE CALAHORRA Y LA CALZADA-LOGROÑO

S.I. Catedral de la Asunción de Nuestra Señora
Calahorra, 5 de marzo de 2022

Queridos todos en Nuestro Señor Jesucristo, los que estáis aquí presentes en esta celebración y los que nos seguís a través de los medios, allá donde os encontréis, especialmente los ancianos, enfermos e impedidos. Agradecemos, los servicios de 13Tv para esta retransmisión y los diferentes medios acreditados para dar a conocer lo que vivimos hoy en esta diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño.

Sed bienvenidos todos y gracias por vuestra presencia, por todo el esfuerzo que supone, en muchos casos, un buen madrugón, y no pocos kilómetros de trayecto. Gracias de corazón.

Estimados Sr. Nuncio, Sres. Cardenales, Arzobispos y Obispos, D. Vicente, Administrador Diocesano hasta este día, Dios te pague este buen servicio a la Diócesis en este tiempo.

Queridos vicarios, miembros de los cabildos, sacerdotes concelebrantes, diáconos, miembros de vida consagrada, seminaristas; los que nos asistís en la liturgia, el orfeón, y todas las personas que habéis participado en la organización de este día; querida familia. Muchas gracias a todos.

Estimadas autoridades: Sr. Presidente del Parlamento de la Rioja, Sra. Consejera del Gobierno de La Rioja, Sra. Alcaldesa de Calahorra y corporación municipal, Sres. Alcaldes, autoridades municipales, civiles y militares. Gracias también por su trabajo de todos ustedes en favor de los demás.

¡Qué espectáculo nos presenta hoy la catedral! No sólo por su estética, su puesta al día, custodiada con verdadero afecto por muchos de vosotros, sino porque hoy se convierte en lugar de comunión, de encuentro de personas venidas de diferentes rincones de La Rioja, y de otros lugares, movidos por la fe, la amistad, la familia, la vida social y política. Es un signo que habla de la misión del obispo como principio de comunión, de comunión eclesial, por supuesto, pero también como deseo de contribuir a la cohesión social, donde podamos mirarnos y tratarnos con dignidad. Comunión en torno a la verdad y a la caridad, a imagen del Buen Pastor.

Vincularse al Buen Pastor, quererse identificar con él, no es una merma para el crecimiento de la persona, ni para la convivencia, ni una amenaza para nadie, sino todo lo contrario, es la garantía de la entrega por todos.

Hemos oído en el evangelio: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Antes del encargo, el Señor busca ganarnos. Es la condición de posibilidad para el envío. Sin una estrecha relación con Jesús, el encargo puede terminar desvirtuándose. Si el corazón no está entregado a Dios, la misión peligra.

«Sí, Señor, tú sabes que te quiero», responde Pedro. La fe no es una idea, es una relación concreta, afectiva, con la persona de Jesucristo, vivo para siempre.

Jesús, entonces, le dice: «Pastorea mis ovejas». El Señor nos recuerda que las personas son suyas, que no somos dueños de la gente, y que, si se nos concede que las tratemos, es para orientarlas al encuentro con él. Pastorear no es forzar sino señalar al Salvador.

La Iglesia en la liturgia nos presenta, con tres signos, lo que espera del obispo tras este encargo pastoral, de modo que quien los vea, se sienta igualmente llamado a vivir con la integridad que estos signos reclaman. Estos signos son las insignias que porta el obispo en la celebración de la Eucaristía, misterio de comunión.

Un día se nos dijo en nuestra ordenación: “Recibe este anillo, signo de fidelidad, y permanece fiel a la Iglesia, Esposa santa de Dios”.

El afecto al Señor es el afecto a la Iglesia. Sin afecto a la Iglesia, no esperemos encontrar al que dio la vida por ella. Y si no somos fieles a la Iglesia, no esperemos que la gente identifique en ella al Señor. Todo cristiano, por tanto, está llamado a vivir según esta fidelidad que hace creíble a la Iglesia.

También se nos dijo: “Recibe la mitra, brille en ti el resplandor de la santidad, para que, cuando aparezca el Príncipe de los pastores, merezcas recibir la corona de gloria que no se marchita”. Sabemos que el Señor nos quiere así, con una conducta digna de él, reflejo de su santidad. Es por otra parte, una llamada a todos los bautizados. Ningún cristiano puede decir que el significado de la mitra, la corona de gloria que no se marchita, no va con él. Toda vida corriente puede estar impregnada de esta verdadera humanidad que conduce a la vida eterna para la que fuimos creados.

Por último, escuchamos: “Recibe el báculo, signo del ministerio pastoral, y cuida de todo el rebaño que el Espíritu Santo te ha encargado guardar, como pastor de la Iglesia de Dios”. La autoridad que se nos confía es para servir mejor a los demás, especialmente a los más débiles y necesitados, a las víctimas. No podemos huir ante el lobo, sea de la especie que sea, para escándalo de los sencillos, sino estar dispuestos a ahogar el mal a base de bien, sin miedo incluso a entregar la propia vida, a imitación del Buen Pastor. Esto es patrimonio de todos los cristianos.

Si obramos todos conforme a estas insignias, estaremos facilitando el terreno para que cada vez sean más los que se dirijan a Dios, de corazón, diciendo con el salmo de hoy: “Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador”.

No nos extrañe, por tanto, que quien vive con esta integridad la relación con Dios, oiga de S. Juan lo que hemos escuchado en la primera lectura: “no necesitáis que nadie os enseñe”; no porque se quiera vivir al margen de lo que dice la Iglesia, que sería un contrasentido, según lo que hemos indicado, sino porque un corazón ganado así por Dios es capaz de responder libremente a las exigencias de cada momento con la creatividad propia del Espíritu.

Santos mártires Emeterio y Celedonio, Sto. Domingo de la Calzada, vosotros que imitasteis a Cristo Buen Pastor, alcanzadnos la gracia del testimonio cristiano para felicidad de todos. Virgen de Valvanera, patrona de La Rioja, ruega por nosotros.

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