Mensaje de los Obispos de la CECS para la LVI Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales

Se comunica de verdad cuando se escucha de corazón

En la solemnidad de la Ascensión del Señor, al final del tiempo de Pascua, resuena en el Evangelio una llamada especial para los apóstoles: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16,15). Esas palabras sostienen la celebración anual de la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, en este día en el que la Iglesia destaca el papel imprescindible de la comunicación para la vida plena: Hay una buena noticia que debe ser comunicada y conocida para el bien de todos.

Por eso, en el papel de comunicar estamos todos implicados. Todos compartimos esa misión, de un modo o de otro, porque vivir en relación es vivir en comunicación y es verdad que, solo por estar juntos, ya se produce un caudal de comunicación importante. Sin embargo, el esfuerzo evangelizador necesita una comunicación más profunda, más explícita. Hay que pasar del estar juntos al estar en relación, y eso implica una comunicación de dos direcciones: una de entrada y una de salida. No se comunica quien sólo escucha, ni comunica quien sólo habla. De hecho, se precisan mutuamente: para escuchar es preciso que alguien hable, que alguien transmita, pero para hablar con fundamento es preciso antes haber escuchado. Sólo así se produce el diálogo que vivifica la sociedad y la hace crecer.

El mensaje del Papa Francisco para esta LVI Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales pone la atención en la escucha y propone “escuchar con los oídos del corazón”. Un escuchar que, por un lado, posibilita la comunicación del que habla y un escuchar que, por otro lado, permite luego hablar con razones, hablar con verdad. La comunicación es auténtica, se produce, cuando el otro queda transformado y esto exige esa escucha del corazón, de la que habla el Papa Francisco.

La escucha sinodal, referente para la sociedad

Estamos ahora en tiempos de escucha. La Iglesia en España se encuentra inmersa en la realización de un proceso sinodal que tiene una primera parada en la escucha. No solo la escucha de quienes participan en la vida de la Iglesia, de los que son miembros, o de los que reciben su ayuda sino, más allá, la escucha de todos. Una escucha que suscitará un discernimiento de los caminos por los que debe transitar la Iglesia en su misión evangélica. El proceso que se está llevando a cabo en miles de grupos en toda España y en todo el mundo, en parroquias, comunidades religiosas, grupos de laicos, etc. quiere escuchar con corazón abierto para encontrar en esas palabras los signos de los tiempos y la acción del Espíritu que quiere renovar la faz de la tierra.

Como ocurrió a los de Emaús, esta escucha sinodal hace compañeros de camino, genera preguntas, recoge quejas, abre diálogos, propone conversaciones nuevas y renovadoras, y termina con el encuentro del corazón y la comida fraterna. Por eso, la escucha sinodal que no oculta los problemas, sino que los afronta entre todos, con mirada renovada, es una buena referencia para una Iglesia atenta a los signos de los tiempos.

Pero, no sólo la Iglesia necesita del diálogo, del encuentro, del caminar juntos. Toda la sociedad, las organizaciones políticas y sociales, los debates parlamentarios, las relaciones internacionales pueden aprender de este camino sinodal que hace de la escucha y del discernimiento una cultura nueva para un tiempo nuevo. Porque en la sociedad, fácilmente encontramos discursos que son monólogos, que no buscan escuchar ni entender al otro, sino que son discursos cerrados, sin respeto al que escucha. Llevados al extremo, son discursos del odio, tan frecuentes en las redes sociales, que desprecian a la persona, la deshumanizan y la descartan.

Por el contrario, en este tiempo, la propuesta de la Iglesia es, más que nunca, una escucha con el corazón que cuando habla no insulta, no calumnia, no engaña, no manipula, no viene a imponer ni a traicionar, sino que viene a aportar su grano de arena en la construcción del bien común.

A quién escuchar

En la vida de la Iglesia la propuesta de escuchar con el corazón tiene dos lugares imprescindibles: la escucha de Dios y la escucha de los tiempos, de la sociedad en que vivimos. La escucha de Dios es imprescindible antes de cualquier otra conversación. En ese diálogo, al que llamamos oración, y del que estamos todos necesitados, descubrimos la voluntad de Dios para nuestra vida y el lugar que Dios nos asigna en la construcción del bien común. Su querer es infalible, es el querer de un Padre que es amor entregado por cada uno y que quiere una relación personal de amor.

La escucha de Dios no solo sostiene la vida personal, la ilumina, le da horizonte y sentido, la llena de esperanza y de futuro. Del mismo modo que ocurre en la vida personal, la escucha de Dios sostiene también la vida de la Iglesia: la Palabra de Dios, la celebración litúrgica, son lugares de escucha de la voz de Dios que edifica la Iglesia.

A veces, en no pocas ocasiones, Dios habla a través de los signos de los tiempos. Los acontecimientos entre los que se mueve nuestra jornada deben ser también atendidos y entendidos. La situación de guerra, esa tercera guerra mundial por partes de la que habla Francisco, las sucesivas crisis económicas, sociales y sanitarias, los desgarros de la humanidad entre el hambre, las catástrofes climáticas y las ideologías antihumanas, llaman también nuestra atención. Mirar el mundo, escucharlo con los oídos del corazón, lleva inevitablemente a poner en el centro a los que sufren, a quienes están solos, a los enfermos, a los tristes. Una escucha con el corazón no puede dejar pasar el dolor humano, lo acoge y lo acompaña. En el mundo de la comunicación esta escucha se hace muy importante. Los comunicadores tienen como misión dar a conocer el sufrimiento para que pueda ser atendido. Por eso su lugar está tantas veces con los desfavorecidos y, en algunos casos, eso cuesta la vida.

Una escucha agradecida

Agradecemos con el corazón la escucha de aquellos comunicadores que, en el ejercicio de la profesión, también han escuchado con el corazón. Son aquellos que ofrecen un periodismo sin prejuicios, un periodismo que escucha con sinceridad la verdad, que se asoma a la vida cotidiana de las personas, que escucha la voz de la justicia que se hace presente en tantos acontecimientos y que, a través de ellos, es ofrecida y conocida. El trabajo del comunicador, bien realizado, ayuda a discernir el tiempo presente y a vislumbrar los caminos que se abren en las situaciones de dificultad para poder hacer un mejor servicio a la sociedad.

También es tiempo de recordar, con igual agradecimiento a todos aquellos muertos por comunicar, por ejercer la noble e imprescindible profesión del periodista, en Ucrania, en México y en los muchos conflictos olvidados de este mundo. Sus voces ya no alcanzan a nuestros oídos, pero la entrega a su vocación periodística seguirá latiendo en nuestra memoria.

La celebración de esta Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales en este año nos recuerda que no se comunica si antes no se ha escuchado, y que no se hace buen periodismo sin una profunda capacidad de escuchar, de escuchar con el corazón. Desde la Comisión Episcopal para las Comunicaciones sociales deseamos que este tiempo convulso y con carencias en la escucha dé paso a una sociedad mejor comunicada con una escucha atenta y recíproca.

Que la Virgen María acompañe a los comunicadores en su misión de escuchar con los oídos y el corazón el latir de nuestro tiempo, contribuyendo con la verdad a la paz y a la justicia, ayudando al crecimiento de las personas y al desarrollo de sociedades libres.

✠ José Manuel Lorca Planes
Obispo de Cartagena, Presidente

✠ Salvador Giménez Valls
Obispo de Lérida

✠ Sebastià Taltavull Anglada
Obispo de Mallorca

✠ José Ignacio Munilla Aguirre
Obispo de Orihuela-Alicante

✠ Antonio Gómez Cantero
Obispo de Almería

✠ Francisco José Prieto Fernández
Obispo auxiliar de Santiago de Compostela

✠ Cristóbal Déniz Hernández
Obispo auxiliar de Canarias

✠ Joan Piris Frígola
Obispo emérito de Lérida

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