Reflexión para el XVI del tiempo ordinario

XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(Año A)

TRES PARÁBOLAS

José María CONGET ARIZALETA (†)
Obispo de Jaca entre 1990 y 2001

Sigue la enseñanza de Jesús con tres parábolas que nos acercan al misterio del Reino. En la historia el bien y el mal caminan juntos. Dios mira el mundo con paciencia y hará justicia al final. Los signos de la presencia de Dios, aunque son pequeños, esconden una gran esperanza. El Reino de Dios sembrado en el mundo es una fuerza transformadora.

  1. Parábola del trigo y la cizaña

El labrador había sembrado buena semilla, pero un enemigo sembró la cizaña. ¿Arrancamos la semilla? Preguntan los labradores. Tened paciencia, dice el amo. Llegará un tiempo en que veremos claro, qué es trigo y cizaña. En el granero de Dios sólo entra la buena semilla.

La parábola nos abre los ojos a la presencia del mal. ¿Qué hacemos?

¿Nos rebelamos? ¿Hacemos la cruzada contra los malos? Como dirá San Pedro: «Resistid firmes en la fe» (1 Ped. 5,9). Seremos pacientes sembradores de bondad, haremos todo el bien que podamos, lucharemos con las armas de la verdad, la alegría, la justicia y el amor. Y siempre miraremos el mundo con el amor y la esperanza de Dios.

No podemos hacer dos mundos: el de los buenos y el de los malos. Menos podemos identificar el bien con ideologías o causas determinadas. El bien y el mal se dan en todos los grupos. El bien y el mal se dan en mi propio corazón.

El juicio definitivo pertenece al Señor. Él sabe distinguir el trigo de la cizaña. Nosotros estaremos alerta a nuestros juicios, porque los ojos están en el corazón y muchas veces las cosas son según el color del cristal con que miramos. Y siempre es buena la paciencia.

Si Dios tolera el mal, nosotros tendremos que ser comprensivos. Sólo nos queda ser humildes, testigos generosos del bien y comprometidos en todas las siembras de bondad.

  1. El pequeño grano de mostaza.

Dice la parábola que es la más pequeña de las semillas y se convertirá, pasado el tiempo, en un árbol gigante, en el que aniden los pájaros. Y a ese grano compara el Señor el Reino de Dios.

A veces hemos visto en ese grano a la Iglesia. Pequeña en los comienzos, extendida hoy por todo el mundo y con mucha capacidad de bien.

A veces hemos visto en ese grano que crece, todas las semillas del Reino, –la verdad, el amor, la justicia–, que en la Historia de la Humanidad son fruto de la Pascua de Jesús. El Reino va más allá de las fronteras de la Iglesia.

Hoy nos podemos fijar en todas las cosas pequeñas, que son semilla del Reino: la Palabra que se predica, el consejo que se da, la Eucaristía, que se recibe, la religiosidad de tanta gente, la devoción a la Virgen, el amor, el ejemplo callado, la paciencia en las dificultades, la acogida serena de la muerte, el perdón… Todo es pequeño. Todo puede pasar desapercibido, pero todo se convierte en grano de mostaza, que hace el árbol grande la Comunión de los Santos. Hay un dinamismo en las pequeñas cosas, llenas de fe, que no es nuestro, sino de Dios.

  1. La levadura que transforma la masa

La mujer que amasa confía en que la levadura, con tiempo oportuno, cambiará toda la masa. No tiene prisa. La energía escondida en la levadura no puede fallar.

A veces nos llevamos las manos a la cabeza. ¿Por qué las cosas no van mejor? ¿Por qué la Iglesia no avanza más? ¿Por qué no se ve con claridad toda su fuerza de bien? Y nos desalentamos y tiramos la toalla.

Y la parábola sobre el misterio del Reino, nos pide confianza en esa levadura sembrada en el mundo, que es la fuerza de Dios.

Seguimos predicando, porque Dios nos ha dejado su Palabra. Seguimos queriendo despertar vocaciones laicales, porque el mundo necesita testigos del Dios vivo. Seguimos incansables pidiendo vocaciones consagradas, porque Él nos dijo: «Rogad al dueño de la mies que envíe operarios». Seguimos queriendo ser buena gente, aunque en el mundo no es rentable, porque eso es lo bueno a los ojos de Dios. Y seguimos creyendo que la fe, la esperanza y el amor, con todo lo que entrañan, son la buena levadura que cambiará este mundo. Oímos, una vez más, la palabra del Señor: «Hombres de poca fe. ¿Por qué teméis?» (Mt 8, 26)

Dios camina con nosotros. Y hoy nos dice, por boca de San Pablo: «El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad… el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables». Y si el Espíritu hizo maravillas en María, también las hará en la Iglesia de hoy.

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