Videomensaje del Santo Padre para el II Día Internacional de la Fraternidad Humana

Queridos hermanos y hermanas

Permítanme, antes de nada, saludar con afecto y estima al Gran Imán Ahmed Al-Tayyeb con quien, hace exactamente tres años en Abu Dabi, firmé el Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común. En estos años hemos caminado como hermanos conscientes de que, respetando nuestra respectivas culturas y tradiciones, estamos llamados a construir la fraternidad como una defensa contra el odio, la violencia y la injusticia.

Agradezco a todos aquellos que nos han acompañado en este camino: a Su Alteza el Jeque Mohamed bin Zayed Al-Nahyan por su constante compromiso en esa dirección, al Alto Comité para la Fraternidad Humana por las distintas iniciativas promovidas en distintas partes del mundo y a la Asamblea General de las Naciones Unidas porque con la resolución de diciembre de 2020 ha permitido celebrar hoy el Segundo Día Internacional de la Fraternidad Humana. Y la gratitud se extiende a todas las instituciones civiles y religiosas que sostienen esta noble causa.

La fraternidad es uno de los valores humanos y universales que debería estar en la base de las relaciones entre los pueblos, de manera que cuantos sufren o son desfavorecidos no se sientan excluidos y olvidados, sino acogidos, sostenidos como parte de la única familia humana. ¡Somos hermanos!

Todos, en nuestro compartir sentimientos de fraternidad los unos por los otros, debemos hacernos promotores de una cultura de la paz, que anime el desarrollo sostenible, la tolerancia, la inclusión, la compresión recíproca y la solidaridad.

Todos vivimos bajo el mismo cielo, independientemente de dónde y de cómo vivimos, del color de la piel, de la religión, de la clase social, del sexo, de la edad, de las condiciones de salud y de las económicas. Somos todos distintos y, al mismo tiempo, iguales, y este periodo de pandemia nos lo ha demostrado. Lo repito una vez más: solos no nos salvamos.

Vivimos todos bajo el mismo cielo, y en el nombre de Dios, nosotros que somos sus criaturas, debemos reconocernos hermanos y hermanas. Como creyentes, pertenecientes a distintas tradiciones religiosas, tenemos un papel que cumplir. ¿Cuál sería? Ayudar a nuestros hermanos y hermanas a elevar su mirada y su oración al Cielo. Levantemos los ojos al Cielo, porque quien adora a Dios con un corazón sincero ama también al prójimo. La fraternidad nos lleva a abrirnos al Padre de todos y a ver en el otro un hermano, una hermana, a compartir la vida, a sostenernos recíprocamente, a amar y conocer a los demás.

Vivimos todos bajo el mismo cielo. Hoy es el tiempo oportuno para caminar juntos. No lo dejemos para mañana o para un futuro que no sabemos si llegará; hoy es el tiempo oportuno para caminar juntos, los creyentes y todas las personas de buena voluntad, juntos. Es un día propicio para darse la mano, para celebrar nuestra unidad en la diversidad ―unidad no uniformidad, unidad en la diversidad―, para decir a las comunidades y a las sociedades en las que vivimos que ha llegado el tiempo de la fraternidad. Todos juntos, porque es fundamental ser solidarios los unos con los otros. Y por eso hoy, lo repito, no es tiempo para la indiferencia, o somos hermanos o todo se derrumba. Y no se trata absolutamente de una expresión literaria de tragedia, no, sino de la verdad. O somos hermanos o todo se derrumba. Lo constatamos en las pequeñas guerras actuales, en esta tercera guerra mundial en pedazos. Cómo se destruyen los pueblos, cuánta hambre pasan los niños, cómo se derrumba la educación. Es una destrucción. O somos hermanos o todo se derrumba.

No es momento para olvidar. Debemos recordar cada día lo que Dios le dijo a Abrahán: que cuando levantara la mirada hacia las estrellas del cielo, vería la promesa de su descendencia, es decir a nosotros (cf. Encuentro interreligioso a Ur, 6 marzo 2021). Una promesa que, de hecho, se ha cumplido también en nuestras vidas; la promesa de una fraternidad amplia y luminosa como las estrellas del cielo.

Queridas hermanas y queridos hermanos, querido hermano Gran Imán.

El camino de la fraternidad es largo, difícil, pero es ancla de salvación para la humanidad. A las muchas señales de amenaza, a los tiempos oscuros, a la lógica del conflicto opongamos el signo de la fraternidad que, acogiendo al otro y respetando su identidad, lo impulsa a recorrer un camino común. No iguales, no; hermanos, pero cada uno con la propia personalidad, con la propia singularidad.

Gracias a todos los que trabajan con la convicción de que se puede vivir en paz y armonía, conscientes de la necesidad de un mundo más fraterno porque todos somos criaturas de Dios, hermanos y hermanas.

Gracias a los que se unirán a nuestro camino de fraternidad. Animo a todos a comprometerse con la causa de la paz y responder a los problemas y a las necesidades concretas de los últimos, de los pobres, de los indefensos. La propuesta es la de caminar el uno al lado del otro, “hermanos todos”, para ser concretamente constructores de paz y de justicia, en la armonía de las diferencias y en el respeto de la identidad de cada uno. Hermanas y hermanos, vayamos adelante juntos por este camino de la fraternidad. Muchas gracias.

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